Quito se educa por convertirse en una ciudad pet friendly
En los últimos años, Quito ha experimentado un cambio silencioso pero profundo: cada vez hay más mascotas y, con ellas, una transformación en la forma de entender la familia, la ciudad y la convivencia. Perros y gatos han pasado de ser simples compañeros domésticos a ocupar un lugar central en la vida emocional, económica y social de miles de quiteños. Sin embargo, este auge pet friendly aún no se acompaña de la infraestructura, las leyes y la educación necesarias para sostenerlo de manera responsable.
Para muchas personas, los animales se han convertido en el núcleo afectivo del hogar. Es el caso de Salomé Barahona, quien adoptó a su perrita Mimi durante el paro nacional de 2019, en medio de una etapa emocional difícil. Lo que comenzó como un acto de compasión terminó convirtiéndose en un vínculo esencial. Hoy convive con dos perros, ambos con problemas de salud, y destina cerca de 150 dólares mensuales a su cuidado. “No reemplazan a un hijo humano, pero sí representan una nueva forma de familia”, comenta, reflejando una tendencia que se repite en numerosos hogares urbanos.
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Salomé vive en un edificio que permite mascotas y ha logrado integrarlas incluso a su rutina laboral. Sin embargo, la convivencia no siempre es sencilla. Las tensiones con vecinos o la falta de empatía en espacios públicos muestran que la ciudad aún no se adapta por completo a esta nueva realidad. Su experiencia con la justicia también evidencia vacíos: tras una mala praxis veterinaria, su caso lleva más de un año sin resolución, a pesar de la intervención de la Unidad de Bienestar Animal (UBA).
Adopciones, aprendizaje y responsabilidad
Historias como la de Daniela Barona reflejan otro aspecto de esta transformación social: el aprendizaje que implica tener un animal. Ella adoptó a su perrita sin mucha preparación y tuvo que adaptarse sobre la marcha. “Fue un proceso duro, pero aprendí a ser constante”, reconoce. Su experiencia la llevó a modificar rutinas y hábitos, y a entender la importancia de la higiene y el respeto por el espacio público. “Recojo siempre sus desechos, porque tener una mascota también significa cuidar la ciudad”, afirma.
Estos testimonios retratan una realidad extendida: Quito se está llenando de mascotas, pero las normas, la planificación y la cultura ciudadana todavía no avanzan al mismo ritmo.
El arquitecto Esteban Najas explica que el incremento en la tenencia de animales responde a una transformación demográfica y cultural. La baja natalidad, el encarecimiento del costo de vida y la reducción del tamaño de las viviendas han hecho que los animales de compañía sean una forma de llenar vacíos afectivos y estructurar nuevas formas de familia. Pero, advierte, Quito no cuenta con una planificación adecuada para afrontar este fenómeno.
Aunque la ciudad cuenta desde 2023 con el Registro Metropolitano de Fauna Urbana (Remetfu), obligatorio desde 2024, su aplicación ha sido limitada: apenas unos cientos de animales registrados. Najas considera urgente realizar un censo nacional de mascotas que permita diseñar políticas públicas basadas en datos reales.
Otro vacío importante es la ausencia de un manual técnico nacional para espacios pet friendly. En Quito, muchos parques carecen de áreas caninas adecuadas, bebederos, drenajes o señalización, y no existen estándares mínimos para garantizar la seguridad tanto de los animales como de las personas. Además, la ley de propiedad horizontal no contempla aún reglas claras para la convivencia en edificios, lo que genera conflictos por ruidos, olores o uso de espacios comunes.
Vínculos emocionales y nuevas dinámicas sociales
Desde la psicología, la presencia de animales en los hogares se asocia a la búsqueda de compañía, estabilidad y afecto. La psicóloga Cristina Cordovez explica que los animales ofrecen un soporte emocional real, especialmente en contextos de duelo, separación o soledad. En niños, ayudan a canalizar el amor y la empatía; en adultos mayores, fomentan la actividad y reducen el aislamiento. Para los jóvenes, tener una mascota suele representar un acto de independencia o el primer paso hacia la construcción de un hogar.
Sin embargo, Cordovez advierte sobre la humanización excesiva de los animales, una tendencia creciente en las ciudades. Tratar a las mascotas como bebés —con cochecitos, ropa o alimentación humana— puede alterar su comportamiento y reflejar vacíos emocionales no resueltos. “A veces se idealiza tanto a los animales que se los coloca por encima de otras realidades sociales vulnerables, como la niñez o la vejez desatendida”, señala.
Bienestar y salud pública: una relación inseparable
El bienestar animal también tiene un componente sanitario. El veterinario Diego Luna recuerda que los animales deben vivir en condiciones adecuadas, con espacio, socialización y paseos diarios. Tener un perro en un departamento pequeño sin estímulos puede derivar en estrés, agresividad o enfermedades. Además, el contacto estrecho entre humanos y animales requiere medidas de higiene, vacunación y control veterinario.
Luna alerta sobre el riesgo de zoonosis —enfermedades transmitidas de animales a humanos— como la leptospirosis, los hongos cutáneos o los parásitos intestinales. Mantener una tenencia responsable implica respetar la ordenanza municipal que exige paseos con correa, uso de bozal en razas grandes y recolección obligatoria de desechos. “No se puede tener un perro encerrado en cinco metros cuadrados. También necesita dignidad”, enfatiza.
Más mascotas que niños: una realidad demográfica sorprendente
Los datos del Censo 2022 muestran el alcance de este fenómeno: en Ecuador, más de dos millones de niños viven en hogares con perros o gatos. Solo un 32% de las familias no tienen mascotas. En la provincia de Pichincha se contabilizaron más de 1,3 millones de animales de compañía, de los cuales más de un millón están en Quito. En la capital hay, incluso, más mascotas que menores de edad.
Esto revela que las generaciones jóvenes y adultas están priorizando el vínculo emocional con los animales, una tendencia que también se refleja en el auge del mercado pet friendly. Los mileniales, la generación Z y los adultos mayores son los grupos que más buscan compañía emocional a través de sus mascotas, y en algunos casos incluso solicitan certificados médicos para justificar su papel terapéutico.
A pesar del entusiasmo ciudadano, activistas y expertos coinciden en que Quito aún no tiene una conciencia animalista sólida. El empresario y defensor de animales Stalin Males considera que las normas municipales se aplican sin una estrategia integral y sin participación de los sectores involucrados. “El 90% de los ciudadanos no conoce la ordenanza de tenencia responsable”, denuncia.
Males propone una reforma profunda que no solo proteja a los animales, sino también a quienes los defienden. Sugiere campañas educativas en colegios, control de precios de productos veterinarios, regulación ética del mercado y garantías para los denunciantes de maltrato. “El sistema actual deja desprotegidos tanto a los animales como a sus tutores”, afirma.
El crecimiento del sector también tiene una dimensión económica. Marjorie Pabón, fundadora de Doggi’es Bakery & Pet Home, explica que su negocio evolucionó de una pastelería canina a una guardería integral con servicios veterinarios y peluquería. “Los perros son parte de la familia. Vienen con su propio almuerzo, protector solar y hasta gafas para el sol”, comenta entre risas.
Según proyecciones privadas, el mercado ecuatoriano de productos y servicios para mascotas alcanzará los 59,5 millones de dólares en 2025 y los 72 millones en 2030, con un crecimiento anual cercano al 4%. Este dinamismo refleja el cambio cultural, pero también plantea nuevos desafíos de convivencia en espacios públicos, restaurantes, parques y edificios.
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Quito vive una transformación cultural que exige respuestas rápidas y sostenibles. El amor por las mascotas crece más rápido que la capacidad institucional para regularlo. Se necesita fortalecer el Remetfu, impulsar un manual urbano pet friendly, integrar la educación sobre tenencia responsable en escuelas y universidades, y adaptar la ley de propiedad horizontal a la nueva realidad.
También es fundamental proteger a los denunciantes de maltrato, sancionar con transparencia y fomentar una conciencia colectiva basada en la empatía y la corresponsabilidad. Tener una mascota no puede ser una moda pasajera, sino un compromiso ético con la vida y la comunidad.
El desafío está en construir una ciudad donde humanos y animales puedan coexistir en armonía. No se trata solo de permitir perros en parques o cafés, sino de comprender que el bienestar animal forma parte del bienestar urbano. Quito ya está llena de mascotas; ahora le toca aprender a convivir con ellas.


