La yerba mate frente al cambio climático: Amenazas, oportunidades y adaptación
La yerba mate (Ilex paraguariensis) no es solo una infusión popular en el Cono Sur de América, sino un cultivo con profundas raíces históricas, culturales y económicas. Sin embargo, este cultivo emblemático está ahora ante un reto mayúsculo: el cambio climático. Un estudio reciente de científicos brasileños alerta que, bajo distintos escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero, las zonas aptas para el cultivo podrían desplazarse, disminuir o expandirse según el país, mientras que los productores comenzarán a sentirse presionados por el clima, el suelo degradado y las exigencias de adaptación.
A continuación hago un recorrido por los hallazgos más importantes del estudio, los desafíos que enfrentan las regiones productoras, las oportunidades emergentes y las estrategias de adaptación que podrían marcar la diferencia en el futuro próximo.
1. Panorama actual: producción, consumo y relevancia económica
Hoy, Argentina es el principal productor de yerba mate, con cerca de 982.000 toneladas, seguido por Brasil (~ 736.000 toneladas) y Paraguay (~ 160.000 toneladas).
Uruguay, aunque no produce en grandes cantidades, es el mayor consumidor per cápita: se estima que cada uruguayo consume en promedio 10 kilos al año, abasteciéndose a través de importaciones de sus países vecinos.
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La industria de la yerba mate no es solo un mercado tradicional, sino un emprendimiento que ha crecido en diversidad: desde bebidas energéticas y suplementos, hasta cosméticos, helados o barras con extractos de yerba.
Ese dinamismo eleva su valor económico: la producción y procesamiento de la yerba son una fuente importante de ingresos y empleo en áreas rurales.
Diferencias regionales también se manifiestan en la forma en que se procesa y consume: en Argentina y Paraguay muchas versiones contienen “el palo” (ramas) y molienda más gruesa, mientras que en Uruguay predominan las yerbas finas, casi polvo. Brasil adopta una versión aún más pulverizada.
2. Proyecciones climáticas: desplazamiento de zonas cultivables
El estudio en cuestión considera cuatro escenarios climáticos, con diferentes niveles de mitigación de emisiones, proyectados en periodos de 20 años entre 2020 y 2100. En todos esos escenarios, las zonas aptas para cultivar yerba mate tienden a desplazarse espacialmente (hacia suroeste) o cambiar en extensión.
Algunas conclusiones clave:
En Paraguay y Brasil, las áreas favorables podrían reducirse sensiblemente, sobre todo bajo escenarios extremos de cambio climático.
En Argentina, se espera una reorganización: algunas zonas dejarán de ser ideales, pero otras podrían volverse aptas si se manejan bien los suelos y las condiciones hídricas.
En Uruguay, pese a que actualmente no es un gran productor, las proyecciones apuntan a que ciertas zonas —especialmente al sur del departamento de Río Negro— podrían convertirse en territorios potencialmente favorables para el cultivo de yerba mate.
Según estos modelos, para fines del siglo XXI el mapa de producción podría tener solo “islas favorables” en algunas partes de Argentina, Brasil y Uruguay; mientras que la mayoría del Paraguay tradicionalmente yerbatero sufriría pérdidas de potencial competitivo.
Los estudios manejan criterios climáticos como temperatura entre 15 °C y 22 °C (óptimo entre 20–23 °C) y precipitaciones mínimas de 1.200 mm durante el ciclo. Zonas que superen esos rangos o queden por debajo pasarían a ser “relativamente desfavorables” o directamente no aptas.
3. Factores que agravan la vulnerabilidad: degradación del suelo y patrones pluviométricos extremos
Para muchos productores, los efectos del cambio climático no son algo del futuro: ya se han percibido en sequías recientes (2021–2022) y en lluvias más intensas y concentradas que generan erosión.
Un dato revelador: en Argentina, cerca del 80 % de los suelos en áreas yerbateras muestran signos de degradación física —compactación, pérdida de cobertura, sobrelaboreo— lo que impide que buena parte del agua realmente llegue a las raíces de las plantas.
En muchos casos, menos del 60 % de la lluvia incide en el sistema radicular.
Por lo tanto, aunque las precipitaciones totales sean adecuadas, si los suelos están en malas condiciones, la eficiencia hídrica se reduce drásticamente. En ese escenario, cultivar yerba mate como antes ya no será viable.
4. Casos de innovación y regeneración: Uruguay como experimento emergente
Aunque Uruguay históricamente no ha sido un actor central en la producción a escala, hoy surgen ejemplos interesantes de pequeña escala, silvicultura interpretativa y restauración ecológica que buscan demostrar que la yerba mate puede insertarse en paisajes naturales con estrategias más resilientes.
Una de esas iniciativas es el proyecto Ambá, en el este de Uruguay, que trabaja en regeneración de bosques nativos con árboles de yerba mate entre los ecosistemas nativos. En un predio de poco más de siete hectáreas, ya han plantado alrededor de mil árboles.
En lugar de tratar el cultivo como monocultivo limpio, se apuesta por mezclas con cobertura arbórea y prácticas ecológicas que favorezcan la biodiversidad.
También sobresalen pequeños viveros como “Vivero I Porá” en Maldonado y emprendimientos en Quebrada de los Cuervos. Estos proyectos demuestran que la dispersión natural de semillas (por aves) y el manejo bajo sombra pueden ayudar a consolidar nuevos parches de yerba dentro de sistemas más integrados.
Además, la silvicultura (plantaciones de especies forestales como eucalipto y pino) representa hoy un 6 % del territorio en Uruguay. Esa presión de uso del suelo compite con áreas potenciales de producción de yerba y debe considerarse cuidadosamente.
5. Retos estructurales: institucionalidad y visión de largo plazo
Una de las voces que emergen con particular relevancia es la de la subgerente técnica del Instituto Argentino de la Yerba Mate (INYM), Verónica Scalerandi. Ella señala que para que la producción sobreviva al cambio climático no basta con aumentar la superficie, sino con cambiar el paradigma productivo: construir sistemas resilientes, recuperar la salud del suelo, mantener cobertura viva, reducir la erosión y fortalecer la institucionalidad agraria.
Un punto crítico es la fragmentación institucional: los productores deben coordinarse con las políticas estatales, investigación agronómica, mecanismos de financiamiento y acceso tecnológico. Si las acciones quedan aisladas, las inversiones pueden no dar resultados.
Scalerandi insiste en que la competencia entre producción intensiva —con monocultivos y laboreo intensivo— y sistemas más orgánicos o agronómicamente integrados debe resolverse a favor de la sostenibilidad si se quiere garantizar la continuidad del cultivo frente al clima cambiante.
6. Estrategias de adaptación: hacia sistemas más resilientes
Frente a estas amenazas, el estudio y los actores del sector coinciden en algunas líneas estratégicas prioritarias:
Mejora de suelos degradados
Recuperar la estructura del suelo, evitar la compactación, restablecer la cobertura vegetal, y aplicar técnicas de manejo conservacionista para que el agua se infiltre mejor.
Sistemas agroforestales y sombra
En lugar de monocultivos abiertos, integrar la yerba mate en sistemas bajo sombra —con árboles nativos u otras especies—, lo cual reduce el estrés térmico y protege la humedad.
Diversificación genética y variedades tolerantes
Investigar y seleccionar genotipos más resistentes a variaciones térmicas o sequías, y adaptarlos localmente.
Manejo del agua y captación
Construir zanjas, terrazas, barreras vivas, sistemas de captación de lluvia, y técnicas que optimicen el recurso hídrico.
Monitoreo climático y alerta temprana
Establecer redes de estaciones meteorológicas locales, sistemas de previsión de sequías, e integrar datos en toma de decisiones.
Planificación de zonificación dinámica
Reacomodar gradualmente los mapas de cultivo hacia las zonas que climáticamente continúen siendo aptas, anticipándose a los cambios.
Fortalecimiento institucional e incentivos públicos
Políticas agrícolas que fomenten el uso de prácticas sostenibles, subsidios para mejoras de suelo, créditos blandos para innovación y respaldo técnico especializado.
Educación y capacitación
Acompañar a los productores con formación técnica ambiental, asesoría agronómica y talleres sobre manejo adaptativo.
7. Interpretación crítica y lecciones para el futuro
Este estudio pone de relieve una realidad que muchas economías rurales ya han vivido: el cambio climático no solo remodela zonas cultivables, sino que exige una transformación profunda en la forma de producir. La yerba mate no es una excepción.
No todo está perdido: algunas regiones podrían ganar relevancia productiva si se adaptan con visión ecológica y manejo inteligente del suelo. Uruguay, aunque distante en la producción actual, podría posicionarse estratégicamente si actúa con antelación.
La resiliencia será la clave: la productividad futura no dependerá exclusivamente de factores climáticos exteriores, sino del grado en que los sistemas productivos incorporen resiliencia interna contra variaciones extremas.
No hay soluciones universales: lo que funcione en Misiones (Argentina) puede no ser aplicable en Mato Grosso do Sul (Brasil) o las Sierras orientales de Uruguay. Las condiciones locales (suelo, microclima, institución, tradición agraria) importan tanto como los escenarios globales.
Tiempo crítico de acción: muchas de las medidas requieren inversión, investigación y coordinación — y esas transformaciones no son inmediatas. Retrasarse puede implicar pérdidas irreversibles de potencial productivo.
Visión regional integrada: la yerba mate es una “planta fronteriza” en términos agroecológicos; por lo tanto, los países de la cuenca deberían colaborar en políticas regionales de adaptación, investigación compartida y mecanismos de comercio que mitiguen impactos asimétricos.
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La yerba mate enfrenta un futuro incierto, pero no exento de oportunidades. El cambio climático obligará a replantear mapas de cultivo, técnicas agronómicas y modelos de negocio en los grandes productores históricos (Argentina, Brasil, Paraguay). Sin embargo, localidades olvidadas o de bajo cultivo, como ciertas zonas de Uruguay, podrían emerger como nuevos focos, siempre y cuando adopten un enfoque proactivo de restauración, manejo ecológico y resiliencia.
Para que esa transición sea viable, será indispensable articular políticas estatales con productores, investigación agronómica, infraestructura hídrica, capacitación y mecanismos de financiamiento. Solo así podrá la planta que acompaña charlas, jornadas de trabajo y encuentros sociales seguir siendo parte esencial del paisaje cultural sudamericano en medio de un clima que, inevitablmente, está cambiando.

