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Home Paises Colombia

La historia oculta de grandes malls colombianos

by katherine.palacios
junio 23, 2025
in Colombia, Colombia, Innovacion, Sostenibilidad
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La historia oculta de grandes malls colombianos, continuando con la fascinante exploración de los orígenes de los centros comerciales más icónicos de Colombia, esta segunda entrega nos sumerge en las transformaciones territoriales que precedieron a la edificación de cuatro de los más grandes y emblemáticos complejos comerciales del país. Más allá de su brillo actual, estos gigantes del comercio se asientan sobre terrenos con historias ricas y cambiantes, que reflejan la evolución urbana, económica y social de sus respectivas ciudades. Desde antiguas fábricas industriales y potreros ganaderos, pasando por aeródromos y hipódromos, hasta reservas mineras, estos predios han sido testigos y protagonistas de la incesante metamorfosis del paisaje colombiano.

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El valor de esta revisión histórica radica en comprender cómo la visión empresarial, la planeación urbana y, en ocasiones, las contingencias económicas y naturales, han moldeado la faz de las ciudades colombianas, convirtiendo espacios con vocaciones diversas en modernos nodos de consumo, entretenimiento y servicios. Cada uno de estos centros comerciales no es solo una estructura de cemento y acero, sino un eslabón tangible en la cadena de desarrollo urbano, un símbolo de cómo la periferia rural o industrial se integra y se reinterpreta en el tejido de la urbe contemporánea.

Titán Plaza, Bogotá: De la Industria al Consumo Masivo

El Centro Comercial Titán Plaza, hoy un coloso del comercio en el noroccidente de Bogotá, se erige sobre un predio con una marcada herencia industrial. Situado estratégicamente en la esquina de la Avenida Boyacá con la Carrera 80, en la vasta localidad de Engativá, esta zona de la capital se caracterizó, hasta bien entrado el siglo XX, por su vocación manufacturera y la presencia de una significativa población obrera. Era un sector donde el rugir de las máquinas y el humo de las chimeneas dominaban el paisaje, lejos de la efervescencia comercial que lo define en la actualidad.

Precisamente, sobre ese mismo lote, desde el lejano año de 1938, funcionó una de las insignias de la producción nacional: Manufacturas de Cementos Titán S.A. Esta fábrica, dedicada a la producción de cemento y prefabricados, operó ininterrumpidamente durante décadas, marcando la identidad industrial del área hasta finales del siglo XX. El nombre del centro comercial es, de hecho, un claro homenaje a esta poderosa herencia manufacturera, un recordatorio del pasado fabril que yace bajo sus modernas estructuras.

Avanzada la década de 1990, específicamente en 1993, dos pesos pesados del sector constructor colombiano, Cusezar S.A. y Ospinas & Cía., demostraron una visión estratégica al identificar el enorme potencial comercial y de negocios que encerraba ese predio. La localización, con su creciente conectividad y la expansión urbana de Bogotá hacia el occidente, lo hacía ideal para un gran desarrollo. Curiosamente, en lugar de enfrascarse en una competencia por la adquisición del terreno que hubiera podido disparar su precio y complicar el proyecto, ambas constructoras optaron por una asociación estratégica. Esta decisión no solo les permitió evitar la sobrevaloración del precio de compra, sino que también les permitió unir esfuerzos, experticia y capital en el desarrollo de un megaproyecto.

La adquisición del lote, cuya parte principal aún pertenecía a la fábrica Cementos Titán, se concretó en 1994. Sin embargo, el camino hacia la materialización de Titán Plaza no fue lineal. La crisis económica que azotó a Colombia en 1995 y que se extendió por varios años, impactó severamente al sector de la construcción y el comercio, obligando a retrasar la implementación del proyecto por casi dos décadas. Esta pausa forzada es un testimonio de la resiliencia del sector inmobiliario frente a los ciclos económicos.

No fue sino hasta enero de 2010 cuando finalmente se dio el inicio formal de las obras de construcción. El diseño, a cargo de la reconocida firma Tamayo + Montilla Arquitectos, contempló una estructura moderna y ambiciosa. Entre sus características destacadas se encuentran los techos de membrana ETFE (etileno-tetrafluoroetileno) distribuidos sobre amplios espacios comerciales y de oficinas, una solución arquitectónica que permite el paso de luz natural y crea ambientes luminosos y agradables, optimizando la eficiencia energética y la experiencia del visitante.

El Centro Comercial Titán Plaza abrió sus puertas al público el 26 de julio de 2012. La inversión, que ascendió a aproximadamente 780,000 millones de pesos colombianos (alrededor de 400 millones de dólares en su momento), lo consolidó como uno de los megaproyectos por metro cuadrado más destacados del país. Con una impresionante área construida de 237,500 m² que incluye 54,000 m² de zona comercial, 13,000 m² de áreas de negocio y un total de 170,000 m² combinados para diversos usos, Titán Plaza se integró además de manera estratégica con la infraestructura de transporte público de Bogotá, al contar con una conexión directa a la estación Boyacá del sistema TransMilenio. Esta integración potenció su accesibilidad, su integración con el espacio público y la movilidad urbana de miles de bogotanos, convirtiéndolo en un verdadero polo de desarrollo en la ciudad.

Plaza de las Américas, Bogotá: Del Pastoreo a la Ciudadela Comercial

El predio donde hoy se asienta el Centro Comercial Plaza de las Américas, entre la concurrida Avenida de las Américas y la Carrera 71 D en el suroccidente de Bogotá, es un claro ejemplo de la profunda transformación que ha experimentado la sabana capitalina a lo largo de un siglo. Su historia revela tres grandes ciclos de uso, cada uno reflejando una etapa distinta en el crecimiento de la ciudad.

El primer ciclo abarca todo el periodo de la Colonia y una parte considerable del siglo XIX. Durante este tiempo, el terreno era un vasto potrero de labor que formaba parte de la antigua hacienda San Isidro. Esta hacienda se dedicaba principalmente a la siembra de cultivos como la cebada y la papa, y al pastoreo lechero en la extensa y plana llanura occidental de Bogotá. Su carácter eminentemente rural explica por qué, cuando la Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos buscaba un terreno plano y despejado para construir un aeródromo a principios del siglo XX, señaló precisamente estos campos como “la hacienda de Techo”, un nombre que aún resuena en el barrio vecino y en la memoria colectiva de la ciudad.

El segundo ciclo comenzó en 1930, cuando, junto al borde norte del predio, entró en operación el Aeropuerto de Techo, el primer terminal aéreo de la capital colombiana. Durante dos décadas, la modernidad de la pista y los hangares convivió con la tradición de los cultivos agrícolas que aún ocupaban el resto de la finca. La visión de la aviación se superpuso a la vocación agropecuaria. Sin embargo, esta era llegó a su fin en 1959 con la inauguración del Aeropuerto Internacional El Dorado, que sustituyó a Techo, dejando la zona disponible para nuevos usos y una nueva fase de desarrollo urbano.

La tercera gran transformación del predio se inició en 1954, cuando sobre parte de esas antiguas pistas y potreros se levantó el Hipódromo de Techo, popularmente conocido como “Hipotecho”. Este imponente escenario hípico se convirtió en el epicentro de las carreras de caballos y las apuestas en el país, congregando multitudes en su óvalo de grama de 1,650 metros y sus tribunas monumentales. Las carreras y el glamour de la hípica definieron la identidad del lugar por casi tres décadas, hasta que las deudas fiscales forzaron su clausura el 3 de julio de 1982. A partir de ese momento, las aproximadamente 40 hectáreas del hipódromo quedaron semivacías y en un estado de deterioro, un vasto espacio a la espera de su siguiente capítulo.

Fue en 1987 cuando la firma Ospinas & Cía., visionaria en el desarrollo urbano, adquirió 12 hectáreas del antiguo óvalo específicamente el costado oriental, contiguo a la Avenida de las Américas. La ambición era construir una “ciudadela comercial” que sirviera como un polo urbano de desarrollo para la creciente población del suroccidente bogotano. Las obras arrancaron en 1989, y el 20 de noviembre de 1991, el entonces presidente César Gaviria inauguró el Centro Comercial Plaza de las Américas. Este proyecto inicial contaba con 42,579 m² de área arrendable, 341 locales comerciales y 1,484 parqueaderos, representando una de las mayores apuestas comerciales de la capital en su momento.

El proyecto de Plaza de las Américas, además, tuvo la sensibilidad de conservar la memoria del sitio; de hecho, el barrio vecino aún lleva el nombre de Hipódromo. El resto del predio que una vez fue el Hipotecho se destinó a otros usos de recreación y deporte, como el Parque Mundo Aventura y el Estadio Metropolitano de Techo, que curiosamente ocupa la antigua recta principal de la pista del hipódromo. En síntesis, el terreno pasó de una hacienda agrícola a un aeropuerto pionero, de allí al gran hipódromo capitalino, y finalmente al centro comercial que hoy concentra el mayor flujo de visitantes del sur-occidente de Bogotá, un testimonio vivo de la sucesiva y dinámica transformación de la sabana en una pujante ciudad.

El Tesoro, Medellín: De Finca Cafetera a Parque Comercial Integral

El predio donde hoy se levanta el Parque Comercial El Tesoro, un referente de sofisticación y servicios en la parte alta de El Poblado, Medellín, posee una historia que se remonta a una marcada vocación rural y agropastoril durante buena parte del siglo XX. Esta zona, enclavada en la ladera suroriental del Valle de Aburrá, era parte del paisaje tradicional antioqueño, caracterizado por fincas, potreros y los caminos de arriería que conectaban la floreciente ciudad de Medellín con la vasta región del Oriente antioqueño. Durante décadas, El Poblado experimentó un desarrollo pausado pero constante, donde las propiedades productivas se entrelazaban con los espacios de descanso y veraneo de las élites locales, reflejando una forma de vida más tranquila y ligada a la tierra.

Uno de esos predios era la finca El Tesoro, propiedad de Rudesindo Echavarría. Este nombre, cargado de historia local, eventualmente daría identidad tanto al próspero barrio que se formaría a su alrededor como al propio centro comercial que hoy lo domina. La finca fue concebida y utilizada como un terreno de uso familiar, dedicado al cultivo (probablemente café y otros productos agrícolas), al esparcimiento y al descanso de la familia Echavarría.

Según fuentes orales y registros locales, Rudesindo vendió la finca a un ciudadano alemán poco después de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, este propietario alemán cedió la finca a una comunidad religiosa con la condición específica de que el terreno se utilizara exclusivamente con fines educativos. Esta estipulación impuso al lote una restricción de uso significativa durante varios años, lo que limitó su desarrollo urbano inmediato, a pesar de la expansión progresiva del sector de El Poblado, que comenzaba a consolidarse como una zona residencial de alto valor.

No fue sino hasta la segunda mitad de la década de los noventa cuando un grupo de empresarios visionarios, provenientes del sector comercial e inmobiliario de Medellín, identificó en ese lugar una oportunidad de proporciones extraordinarias. Vieron el potencial para crear un gran parque comercial en una zona que ya mostraba una creciente valorización residencial y un alto poder adquisitivo. El proyecto fue concebido con una ambición singular: no solo un centro comercial, sino una propuesta urbana integral que fusionara comercio, cultura, entretenimiento y servicios, incluyendo el sector de la salud.

Así nació el Parque Comercial El Tesoro, cuya primera fase se inauguró en noviembre de 1999. Inicialmente, el complejo contaba con 174 locales y un concepto que lo distinguía notablemente de los centros comerciales tradicionales de la época. Su enfoque en la experiencia del visitante, los espacios abiertos y la integración con el entorno natural lo posicionaron rápidamente como un referente en Medellín.

Desde su apertura, El Tesoro ha experimentado un crecimiento sostenido y meticulosamente planificado, reflejando la visión a largo plazo de sus desarrolladores. En 2006, se lanzó la segunda etapa, que añadió más de 180 nuevos locales comerciales y, crucialmente, la inclusión de un centro de eventos, diversificando su oferta más allá del retail. En 2011, se completó la tercera etapa, sumando 80 puntos de venta adicionales, nuevos parqueaderos para satisfacer la creciente demanda, y la innovadora apertura de la primera torre médica, integrando servicios de salud en un complejo comercial.

Entre 2013 y 2020, el Parque Comercial El Tesoro continuó su expansión con la incorporación de infraestructuras de gran envergadura y valor añadido. Se construyó el hotel Novotel, la segunda torre médica, varios parques temáticos y zonas de recreación familiar que lo convirtieron en un destino para el ocio de todas las edades, y el teatro al aire libre, conocido hoy como el Teatro El Tesoro, que se consolidó como un espacio cultural y de espectáculos de primer nivel.

De este modo, el predio que durante décadas fue una tranquila finca de labor, una zona de descanso y un espacio sujeto a usos restringidos por una condición religiosa, se transformó progresivamente en uno de los centros urbanos más dinámicos y completos del suroriente de Medellín. El Parque Comercial El Tesoro no solo es un motor económico, sino que también representa hoy un modelo ejemplar de renovación urbana, que logra conservar el legado de su origen rural y la belleza del paisaje, al tiempo que se proyecta como una plataforma de servicios, cultura y comercio, perfectamente integrada al desarrollo contemporáneo y la identidad de la ciudad de Medellín. Su evolución es un microcosmos de la transformación de las laderas paisas.

Buenavista, Barranquilla: De Reserva Minera a Símbolo de Modernidad

El Centro Comercial Buenavista, ubicado en el vibrante norte de Barranquilla, representa otra historia de profunda transformación territorial, pasando de una vocación industrial a convertirse en un epicentro de la modernidad y el comercio en la capital del Atlántico. La historia del predio donde hoy se levanta Buenavista es anterior a su uso residencial o comercial, anclándose en la estratégica visión de las grandes industrias de mediados del siglo XX.

En las décadas de 1960 y 1970, Cementos del Caribe una de las principales compañías productoras de cemento en Colombia en ese entonces, y que hoy forma parte del conglomerado Argos adquirió extensas extensiones de tierra al norte de Barranquilla. Estos vastos terrenos fueron inicialmente destinados a la explotación de minas de piedra caliza, un componente indispensable y vital para el proceso productivo del cemento. En aquel momento, esa reserva minera amenazaba con convertirse en un gran socavón, un paisaje árido y de uso exclusivamente industrial. La zona no albergaba centros de población ni edificaciones comerciales o residenciales; era un extenso y semiabandonado terreno que constituía uno de los últimos vestigios de la periferia rural de la ciudad, un límite donde la urbe aún no se había expandido.

Sin embargo, el imparable crecimiento urbano de Barranquilla pronto rodeó el terreno, empujando los límites de la ciudad hacia el norte y absorbiendo lo que antes era periferia. Esta expansión urbana modificó drásticamente el valor y el potencial de uso del predio. Un lote específico de aproximadamente 80 hectáreas pasó así de tener una clara vocación minera e industrial a integrarse de lleno en el proceso de expansión urbana de Barranquilla, listo para una nueva vida.

Para materializar esta transformación, dos reconocidas y prominentes familias de la ciudad, los Atique y los Segebre, a través de su firma AS Construcciones, adquirieron el predio. Hasta ese momento, la propiedad seguía perteneciendo a Cementos del Caribe. Con una visión audaz, estas familias proyectaron en ese lugar un ambicioso desarrollo inmobiliario de uso mixto que integraría armónicamente áreas comerciales, de oficinas, hotelería y vivienda. La idea era crear un micro-ciudad dentro de la ciudad, un complejo que satisficiera las crecientes necesidades de la clase media y alta barranquillera.

El resultado fue el diseño de un complejo moderno e innovador para su época, que incorporaba comodidades y estéticas inspiradas en los malls internacionales más vanguardistas. Contaba con aire acondicionado centralizado (un lujo y una necesidad en el clima caribeño), jardines interiores que aportaban frescura y estética, y amplias zonas de circulación diseñadas para la comodidad del visitante. El proyecto fue un éxito rotundo e inmediato: al momento de su apertura, el Centro Comercial Buenavista ya se encontraba completamente ocupado, una respuesta sin precedentes en la ciudad que evidenció el enorme apetito de los barranquilleros por un espacio integral que ofreciera compras, entretenimiento y servicios bajo un mismo techo y con altos estándares de calidad.

Desde su creación, Buenavista se consolidó rápidamente como un símbolo del resurgimiento urbano de Barranquilla. Redefinió por completo el paisaje del norte de la ciudad, transformando lo que antes era una zona minera semiabandonada en un eje de modernidad y vitalidad. Además, su éxito actuó como un potente estímulo para el desarrollo inmobiliario en sus alrededores, atrayendo nuevas inversiones en vivienda, oficinas y otros servicios, creando un efecto multiplicador en la economía local.

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El terreno que hoy ocupa el Centro Comercial Buenavista es un vívido ejemplo de cómo una reserva minera en la periferia urbana puede convertirse en un eje de modernidad, comercio y vida urbana, todo gracias a la visión y el impulso de desarrollo de actores locales. Hoy, en esa misma zona que fue pionera con Buenavista, se proyecta el desarrollo de Ciudadela Marroquín, una iniciativa de renovación urbana que está convirtiendo antiguos suelos industriales en espacios estratégicos para proyectos mixtos de vivienda e inversión, complementando y expandiendo el dinamismo generado por el icónico Centro Comercial Buenavista. Esta continua transformación del norte de Barranquilla es un testimonio de la visión de futuro y la capacidad de reinvención de la ciudad. Según publica Mall & Retail


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Source: Mall & Retail
Tags: ColombiaDesarrollo UrbanoHistoria Centros Comercialesretail inmobiliarioTransformacion Territorial
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