Matthieu Blazy marca un hito en Chanel con su primera colección Métiers d’Art, dando un giro concreto a la visión de la casa sobre el lujo y la artesanía. En lugar de situarse en una torre de marfil, el joven director creativo traslada la esencia de Chanel a un escenario tan icónico como democrático: la ciudad de Nueva York y, en particular, una estación de metro abandonada que funciona como pasarela inesperada. Con este traslado, Blazy propone una lectura más terrenal de la firma, manteniendo la riqueza de oficio que caracteriza a las ateliers que colaboran con Chanel, pero mostrándola desde la perspectiva de un entorno urbano y diverso.
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La elección del lugar no es casual. 168 Bowery, una estación de metro desierta, sirve como envoltorio escénico para un desfile que quiere invitar a todo tipo de públicos a reconocer a Chanel fuera de los cánones tradicionales. Blazy ha explicado que la metrópolis es, en su opinión, la única ciudad donde todos los estratos sociales comparten un mismo ritmo de vida. “Es un lugar donde no hay jerarquía”, afirmó el diseñador, recordando sus años de trabajo en Nueva York durante su etapa en Calvin Klein. Esta visión de democratización del lujo se materializa en una propuesta que, a la vez que rinde homenaje a la historia de Chanel, propone una ruptura con la solemnidad clásica de la marca.
La inauguración del desfile recibió una atención de alfombra roja muy neoyorquina: los asistentes estaban rodeados de detalles que evocan la gran ciudad. Parte de la experiencia de invitación incluyó un pequeño metro en miniatura con cadena y un periódico, La Gazette, fechado para el dos de diciembre. Dentro de ese soporte, se proponían mini-actividades lúdicas como unir puntos para dibujar una camelia o completar un crucigrama; los huecos formaban el logotipo de la casa. Este tono lúdico se prolonga en la secuencia de looks, que recorre una serie de arquetipos que han definido la energía de Nueva York a lo largo de décadas.
Entre los elementos distintivos de la colección destacan guiños a la década de los años 30 y a la era dorada del cine estadounidense. Blazy parece rendir tributo a ese periodo en el que Gabrielle Chanel trabajaba a distancia para vestir a actrices de Hollywood, una relación histórica que dejó huella en la estética de la casa. Un claro ejemplo es una chaqueta impresa con el título de una película reconocible de la época, que convive con piezas contemporáneas. Otros guiños más ligeros llegan de la cultura popular: camisetas con el lema “I love New York” y un top de punto que se asoma bajo un traje de colores que recuerdan a la estética de Superman, recursos que conectan con iconos icónicos de la ciudad.
El desfile también se apoya en la exploración de arquetipos femeninos que han sido emblemáticos de la moda neoyorquina. Blazy despliega looks que evocan la figura de la mujer de negocios de los años 80, así como la estética de las flappers de los años 20 y 30, creando una cartografía de estilos que dialogan entre sí. Esta revisión de la historia de Chanel no busca la nostalgia, sino una relectura de aquello que ha definido la marca a lo largo de su siglo, con un énfasis en la versatilidad y la accesibilidad del vestuario.
Otra dimensión relevante de la colección es la reinterpretación de los trabajos artesanales que han caracterizado a Chanel desde siempre. La colaboración con talleres y casas de artesanía emerge como un hilo conductor que conecta el pasado con un presente más experimentsl y urbano. En ese marco, Lesage aporta sus bordados trabajados a mano con motivos animales, dotando a las piezas de una riqueza textural que a la vez se integra con la estética street. La técnica de los bordados no se reserva a la alta costura de salón; Blazy propone que esas labores se integren en prendas que pueden acompañar el día a día sin perder su sofisticación. El bordado deja de ser un detalle decorativo para convertirse en un recurso con función expresiva dentro del conjunto.
La propuesta también destaca por la presencia de otras especialidades que sostienen el universo Chanel. Lemarié se encarga de los acabados con plumas, mientras que Massaro aporta los zapatos con un archivo propio que, según críticas y comentarios de la prensa especializada, recoge diseños que no se habían visto con anterioridad en la casa. Este encuentro de savoir-faire refuerza la idea de que Chanel, bajo Blazy, sigue atesorando su ritual de artesanía, pero lo recontextualiza para un público contemporáneo que busca un estilo más directo y menos solemne.
En su conjunto, la colección se sitúa en un punto medio entre la sofisticación atemporal y una actitud más desinhibida. Blazy no busca presentar únicamente prendas de gala o looks rígidamente formales; propone un guardarropa que puede atravesar distintos momentos del día. En la práctica, eso se traduce en una mezcla de trajes estructurados y siluetas más sueltas, que permiten movilidad y expresión. La idea es demostrar que Chanel no se reduce a un traje de tweed clásico, sino que puede abrazar la libertad de movimiento y la ligereza de las prendas cotidianas sin perder su identidad.
La coreografía de la pasarela, en sintonía con el concepto de la ciudad que la inspira, transmite una sensación de espontaneidad. Las modelos se mueven con un dinamismo que recuerda a la improvisación de un espectáculo de calle, más que a la rigidez de una pasarela tradicional. Este enfoque coincide con una ética de la casa que valora la artesanía de alto nivel, pero que quiere que estas técnicas se materialicen en looks que cualquier persona podría incorporar a su propio guardarropa. En ese sentido, el cierre del desfile funciona como un tributo a la fundadora de la maison. Blazy, al igual que otros grandes visionarios, entiende que la memoria de una marca se forja también a través de la capacidad de reinventarse sin perder su alma.
Las referencias de 30s y la nostalgia de Hollywood conviven con una mirada contemporánea hacia el lujo accesible. No es casual que la colección exhiba piezas en tonos y texturas que permiten combinarse fácilmente con otras prendas, así como detalles que aluden a conceptos pop y culturales que atraviesan generaciones. Este delicado equilibrio entre historia y modernidad es, para Blazy, la clave para comunicar que Chanel no sólo recuerda su pasado, sino que lo reinterpreta para el presente y el futuro.
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En síntesis, el debut de Matthieu Blazy en Chanel Métiers d’Art propone una revisión radical de los arquetipos neoyorquinos, en la que la ciudad funciona como un escenario para una colección que mezcla artesanía excepcional, referencias culturales y una actitud de inclusión. La estación de metro abandonada de Nueva York no es solo un telón de fondo; es un mensaje sobre la accesibilidad del lujo, sobre la posibilidad de que las técnicas más finas convivan con la vida cotidiana y sobre una forma de entender la moda que invita a todos a participar en su lenguaje. Con este lanzamiento, Blazy establece una conversación entre el legado de Chanel y una ciudad que, por su diversidad y su energía, se ha convertido en un símbolo de la modernidad. Y en ese diálogo, la casa parece encontrar un nuevo pulso, más cercano a los ritmos de la calle y a la mirada de una audiencia global que no se limita a mirar, sino a vivir la moda.


