La noticia ha sacudido los cimientos de la moda. Pieter Mulier, el arquitecto silencioso de la estética limpia en Alaïa, tomará las riendas creativas de Versace en julio, un diseñador minimalista al frente del templo del exceso, la paradoja es tan fascinante que obliga a mirar atrás, porque antes de especular sobre el futuro, conviene detenerse en los ocho momentos que explican por qué Versace no es una marca, sino un estado de ánimo irrenunciable.
Las supermodelos desfilan al son de Freedom! ’90 y el mundo se detiene. Naomi Campbell, Linda Evangelista, Christy Turlington y Cindy Crawford caminan juntas, cogidas del hombro, con una complicidad que jamás se había visto en una pasarela, no eran solo maniquíes; eran estrellas de rock con vestidos de oro, Versace entendió antes que nadie que la modelo es también la protagonista, no el perchero, ese desfile no vendió ropa. Vendió una idea de hermandad poderosa que aún hoy nos emociona.
La colección Otoño-Invierno 1992 pasó a la historia como el momento bondage. Gianni Versace tomó los códigos del fetichismo, los despojó de su clandestinidad y los convirtió en alta costura, cuero, hebillas, recortes estratégicos, la moda dejaba de ser únicamente seducción implícita para volverse explícita, casi desafiante, nadie volvió a ver un imperdible de la misma manera, treinta años después, cada vez que una celebridad arriesga con un escote imposible, le debe algo a aquella pasarela.
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Una joven Elizabeth Hurley acompaña a Hugh Grant a la premier de Cuatro bodas y un funeral, lleva un vestido negro sujeto por enormes imperdibles dorados, no tiene nombre oficial en la colección; la prensa lo bautizará como «that dress», Hurley no era una actriz consagrada ni una it girl fabricada, pero esa noche se convirtió en ambas cosas, el vestido contenía apenas suficiente tela para no ser ilegal y la dosis exacta de audacia para volverse inmortal, Versace entendió que el escándalo bien gestionado es la mejor campaña de publicidad.
La princesa Diana vistiendo Versace contradice todo lo que creíamos saber sobre la familia real británica, ella, que durante años soportó el corsé estilístico de Buckingham, encontró en Gianni una vía de liberación silenciosa. Trajes de chaqueta ceñidos, vestidos de seda con estampado barroco, carteras de medusa, Diana no solo compraba ropa; reconfiguraba su identidad pública a golpe de costura, cada aparición con la firma italiana era una declaración de independencia, Versace vistió a la princesa que se atrevió a ser ella misma.
Jennifer López acude a los Grammy con un vestido verde de chiffon estampado con una selva tropical, el escote cae más allá de lo razonable, horas después, Google registra un volumen de búsquedas sin precedentes, nace Google Imágenes, y el Jungle Dress se convierte en el primer vestido viral de la historia, Donatella, que ya dirigía la casa, demostró que entendía la era digital antes de que existiera el término, el vestido no solo cubría; generaba tráfico, la moda y la tecnología se daban la mano por primera vez.
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El asesinato de Gianni Versace en 1997 podría haber sido el final, la familia decide que Donatella asuma el legado creativo, su primer desfile en solitario es un funeral y una fiesta simultáneamente, las lágrimas se mezclan con el oro, la tristeza con la exuberancia, Donatella no intenta imitar a su hermano; encuentra su propio lenguaje dentro del diccionario familiar, ese homenaje permanente, esa colección tras otra manteniendo vivo el espíritu sin caer en la nostalgia, es quizá su mayor logro.
Lady Gaga llega a los Oscars con un vestido negro de archivo, directamente extraído de la colección Primavera-Verano 1996, el gesto es doblemente significativo, Gaga, que ha construido su carrera sobre la reinvención constante, elige el pasado para proyectarse al futuro y Versace demuestra que su archivo no es un museo polvoriento, sino un arsenal de ideas perfectamente vigentes, la moda circular no es solo sostenibilidad; es también inteligencia emocional.
La Met Gala ha sido durante décadas el escaparate definitivo del exceso versaciano, cada edición reserva al menos un momento en que una celebridad cruza la alfombra roja envuelta en malla dorada, estampado barroco o drapeados imposibles, la casa italiana no diseña para el museo; diseña para la escena y la escalinata del Metropolitan es el escenario donde sus vestidos representan su función más auténtica: ser vistos, admirados, fotografiados, la moda como espectáculo total.
Ahora llega Pieter Mulier con su sensibilidad depurada, algunos temen que apague las luces de neón, otros confían en que su mirada externa descubra rincones del archivo que ni siquiera los versacianos más fieles han explorado, lo único seguro es que estos ocho momentos ya no dependen de quién ocupe el estudio de Via Gesù, pertenecen al imaginario colectivo, a la historia cultural del lujo, a ese lugar intangible donde la ropa deja de ser tela y se convierte en memoria, eso, ni el mejor diseñador puede cambiarlo, afortunadamente.
Fuente: Glamour España


