El efecto mascota en pandemia: Realidad, mitos y consecuencias psicológicas
Durante años, hemos escuchado —y repetido— que tener un perro es casi una receta infalible para la felicidad. La idea es seductora: un compañero fiel que alivia la soledad, reduce el estrés y aporta alegría diaria. Este concepto, conocido como el efecto mascota, se ha convertido en una especie de verdad popular incuestionable. Sin embargo, un nuevo estudio de la Universidad Eötvös Loránd, en Hungría, viene a matizar ese relato, especialmente en el contexto de la pandemia de COVID-19, cuando miles de personas decidieron adoptar un animal para sobrellevar el confinamiento.
La investigación revela algo que, para muchos, resultará contraintuitivo: adquirir un perro en ese periodo no tuvo un impacto significativo y duradero en el bienestar emocional, e incluso, en algunos casos, generó más ansiedad.
Un estudio que rompe la narrativa
El trabajo, publicado en Scientific Reports, es uno de los análisis más robustos sobre el tema. A diferencia de otras investigaciones centradas en personas con fuerte afinidad hacia los animales o en cuidadores ya comprometidos, este estudio partió de una muestra aleatoria de 2.783 individuos, representativa en términos de edad, género, nivel educativo y lugar de residencia.
Vea también: Grain free en debate: Advertencias de la industria europea de mascotas
Durante varios meses de 2020, el equipo dirigido por la etóloga Eniko Kubinyi registró cambios en el bienestar emocional de los participantes. Entre ellos, 65 personas adoptaron una mascota (mayoritariamente perros) y 75 experimentaron la pérdida de la suya, ya fuera por fallecimiento o separación.
Los hallazgos fueron reveladores: quienes adoptaron un perro mostraron una ligera mejora anímica durante los primeros 1 a 4 meses, pero este efecto se desvaneció rápidamente. A medio plazo, indicadores como satisfacción con la vida, sensación de calma, alegría y energía incluso disminuyeron.
En contraste, la pérdida de un animal no tuvo un impacto estadísticamente relevante en el bienestar de quienes lo compartían, probablemente porque en muchos casos no eran los cuidadores principales. Este dato pone en duda la representatividad de estudios anteriores que, al centrarse en perfiles con vínculos fuertes, podrían haber sobreestimado los beneficios emocionales de la convivencia con animales.
Uno de los resultados más llamativos del estudio fue que, lejos de disminuir la ansiedad, la adopción de un perro durante la pandemia la incrementó en algunos participantes. Esto tiene una explicación práctica: un cachorro requiere tiempo, paciencia, recursos económicos y energía, elementos que durante un confinamiento podían ser escasos. Paseos obligatorios, cuidados veterinarios, adaptación a rutinas nuevas y posibles destrozos en el hogar generaron un nivel adicional de presión para personas que ya lidiaban con un contexto de incertidumbre y estrés.
La analista de datos Judit Mokos, coautora del estudio, señaló que lo más sorprendente fue que la adopción no redujo la sensación de soledad. Aunque muchas campañas promueven a los perros como remedio contra el aislamiento, los datos muestran que este efecto no se produjo de forma generalizada.
Esto plantea un dilema ético y social: ¿estamos proyectando en los animales expectativas emocionales que no les corresponden? Convertirlos en “antídotos” contra la tristeza no solo es injusto para ellos, sino que puede llevar a decepción y abandono cuando la realidad no coincide con las expectativas.
Un fenómeno social amplificado por la pandemia
En 2020, las restricciones de movilidad y el trabajo remoto provocaron un aumento sin precedentes en las adopciones y compras de mascotas. Muchas personas veían en un perro no solo compañía, sino también un propósito diario. Sin embargo, el estudio sugiere que, sin una preparación emocional y logística adecuada, esa decisión puede derivar en una carga más que en un alivio.
La pandemia actuó como catalizador para un fenómeno que ya existía: la idealización de la vida con un animal. Redes sociales repletas de videos tiernos y campañas de adopción emotivas reforzaron la idea de que cualquier persona podía —y debía— acoger un perro para mejorar su calidad de vida.
Más allá de los titulares optimistas
El estudio húngaro no niega que las mascotas puedan ser una fuente de apoyo emocional; lo que señala es que este beneficio no es automático ni universal. En realidad, parece depender de varios factores:
Tipo de vínculo: las relaciones profundas y sostenidas, con un compromiso real de cuidado, son las que más probablemente generen bienestar duradero.
Contexto personal: personas con experiencia previa, tiempo disponible y recursos adecuados están mejor preparadas para afrontar las demandas de un animal.
Expectativas realistas: quienes ven a su perro como un compañero y no como una “solución” para problemas emocionales tienden a experimentar relaciones más equilibradas.
Implicaciones para la salud mental y el bienestar animal
Estos hallazgos tienen consecuencias importantes, tanto para la salud mental humana como para la protección de los animales. En el plano personal, recuerdan que el bienestar emocional no se puede delegar en un ser vivo. En el plano animal, invitan a reflexionar sobre la responsabilidad que implica la tenencia: un perro no es un recurso terapéutico de “usar y devolver”, sino un compañero que requiere atención constante durante toda su vida.
El riesgo de no considerar esto es doble: frustración para el humano y sufrimiento para el animal. No son pocos los casos de “cachorros pandémicos” que, una vez pasada la novedad o reanudadas las rutinas presenciales, fueron abandonados o reubicados.
Hacia una narrativa más honesta
La conclusión central del estudio de la Universidad Eötvös Loránd es clara: el efecto mascota existe, pero no es universal ni garantizado. La convivencia con un perro puede ser enriquecedora, pero también exigente, y su impacto en el bienestar depende tanto de la disposición del cuidador como de las circunstancias de la relación.
En lugar de promover mensajes simplistas que prometen felicidad inmediata, tal vez sea momento de fomentar campañas que preparen a las personas para las responsabilidades reales de la tenencia responsable. Esto no solo beneficiaría a los futuros cuidadores, sino que también reduciría el abandono y mejoraría la calidad de vida de los animales.
Vea también: Cuenca impulsa una revolución postbiótica para el bienestar de mascotas
El confinamiento global de 2020 fue una experiencia inédita que puso a prueba nuestras formas de buscar consuelo y conexión. Para algunos, un perro fue un apoyo invaluable. Para otros, una carga inesperada. Lo que el estudio deja claro es que la felicidad que proyectamos en la figura de una mascota no se materializa por arte de magia; es el resultado de un vínculo genuino, trabajo constante y expectativas realistas.
En tiempos donde el bienestar se mide en fórmulas rápidas y soluciones instantáneas, recordar que los lazos más valiosos —incluidos los que establecemos con los animales— requieren compromiso y cuidado mutuo, es quizás la lección más importante que deja esta investigación.


