La inflación en Uruguay cerró 2025 en mínimos históricos y abre un nuevo escenario monetario
El cierre de 2025 dejó una señal contundente para la economía uruguaya: la inflación anual se ubicó en 3,65%, el registro más bajo de los últimos 24 años y uno de los hitos más relevantes de la política económica reciente. El dato no solo marca un quiebre respecto a la dinámica inflacionaria de la última década, sino que además se posiciona por debajo de la meta oficial del Banco Central, inaugurando un escenario poco habitual para la conducción monetaria del país.
Este desempeño consolida un proceso de desinflación sostenido que se viene observando desde mediados de 2023 y que, mes a mes, fue ganando consistencia. En términos comparativos, la inflación de 2025 se redujo en casi dos puntos porcentuales respecto al año anterior, cuando había cerrado en 5,49%, reflejando un cambio estructural en la evolución de los precios internos.
Un dato que desafía la meta oficial
La meta de inflación definida por el Banco Central se sitúa en 4,5%, con un rango de tolerancia que va del 3% al 6%. Si bien el resultado de 2025 se mantiene dentro de ese margen, el hecho de ubicarse casi un punto por debajo del objetivo central introduce un desafío inédito: el riesgo ya no es un exceso inflacionario, sino una inflación persistentemente baja.
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Este punto fue reconocido públicamente por las autoridades monetarias, que admitieron que el nivel alcanzado se encuentra por debajo de lo previsto en las proyecciones oficiales. En términos técnicos, se trata de una situación poco frecuente para Uruguay, donde históricamente el problema fue contener aumentos de precios elevados y no evitar una desaceleración excesiva.
Diciembre, un mes clave para el resultado anual
El último mes del año tuvo un rol determinante en el cierre inflacionario. En diciembre, el Índice de Precios del Consumo registró una variación negativa de 0,09%, algo poco habitual para un mes caracterizado tradicionalmente por presiones estacionales al alza, asociadas al consumo de fin de año y al turismo.
La caída mensual se explicó, principalmente, por dos factores centrales. Por un lado, una fuerte baja en los precios de frutas y verduras, que mostraron descensos significativos tras varios meses de aumentos. Por otro, la apreciación del peso frente al dólar, con una caída del tipo de cambio superior al 1%, lo que incidió directamente en el costo de los bienes importados.
Este doble efecto permitió compensar aumentos puntuales en otros rubros y consolidar una dinámica de precios más moderada.
La inflación subyacente confirma la tendencia
Más allá de los movimientos estacionales, la inflación subyacente —indicador que excluye precios volátiles y regulados— también cerró el año en niveles históricamente bajos. En diciembre se ubicó en 0,24% y acumuló un 3,66% en el conjunto de 2025, prácticamente en línea con la inflación general.
Este dato es clave para el análisis monetario, ya que refleja la tendencia estructural de los precios, sin distorsiones temporales. El hecho de que ambos indicadores converjan refuerza la lectura de que la desaceleración inflacionaria no responde únicamente a factores transitorios, sino a un proceso más profundo de anclaje de expectativas.
Un giro en la política monetaria
La inflación por debajo de la meta obligó al Banco Central a recalibrar su estrategia. En el último tramo del año, la autoridad monetaria decidió reducir la tasa de interés de referencia al 7,5%, marcando el inicio de una fase expansiva de la política monetaria en un contexto de normalidad macroeconómica.
Este movimiento resulta especialmente significativo porque rompe con una lógica histórica: por primera vez fuera de un contexto de crisis extraordinaria, como la pandemia, el foco pasa de contener la inflación a evitar que esta se ubique demasiado por debajo del objetivo.
El desafío, ahora, es encontrar el equilibrio entre estimular la actividad económica y preservar la estabilidad de precios, evitando un desanclaje de expectativas en sentido contrario.
El detalle sectorial: qué bajó y qué subió en diciembre
El análisis por divisiones del IPC muestra un comportamiento heterogéneo. El rubro Alimentos y Bebidas no alcohólicas registró una baja mensual cercana al 0,4%, con caídas pronunciadas en hortalizas, tubérculos y legumbres. Productos como tomates, morrones, zapallitos y cebollas mostraron descensos de dos dígitos, reflejando una mejora en la oferta estacional.
En contraste, algunos alimentos básicos presentaron aumentos moderados. Panificados, carnes específicas, huevos y ciertas frutas mantuvieron una tendencia alcista, aunque insuficiente para revertir el impacto de las bajas en verduras.
La división Vivienda, Agua, Electricidad y Gas tuvo una caída relevante, impulsada por la reducción en el costo de la energía eléctrica asociada a programas de incentivos al consumo eficiente. Este factor tuvo un peso considerable en el resultado mensual.
En Transporte, la baja respondió principalmente a la reducción en los pasajes aéreos, mientras que otros servicios vinculados al transporte urbano mostraron aumentos.
Por su parte, los rubros vinculados al ocio y al turismo registraron subas. Los paquetes turísticos al exterior, los servicios gastronómicos y el alojamiento hotelero aumentaron sus precios, reflejando una demanda estacional activa, aunque sin generar presiones inflacionarias generalizadas.
Implicancias para hogares y empresas
Desde la perspectiva de los hogares, una inflación baja mejora el poder adquisitivo y aporta previsibilidad al gasto. Para las empresas, en cambio, el escenario presenta un doble desafío: costos más estables, pero también menor margen para trasladar aumentos de precios, lo que obliga a ganar competitividad por la vía de la eficiencia.
En el plano macroeconómico, la baja inflación facilita la planificación financiera, reduce la incertidumbre y puede contribuir a un entorno más favorable para la inversión. Sin embargo, también plantea interrogantes sobre la velocidad de la recuperación económica y la necesidad de estímulos adicionales.
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El cierre inflacionario de 2025 marca un antes y un después en la historia económica reciente del país. Alcanzar niveles similares a los de comienzos de siglo no solo tiene un valor simbólico, sino que redefine el marco de decisiones de política económica.
El desafío hacia adelante será sostener esta estabilidad sin comprometer el crecimiento, en un contexto regional e internacional aún marcado por la volatilidad. Con expectativas mejor ancladas y una inflación controlada, Uruguay ingresa en una nueva etapa donde la discusión ya no gira en torno a cómo frenar los precios, sino a cómo dinamizar la economía sin perder ese logro.
Fuente: El País


