El diseño uruguayo conquista Estados Unidos con autenticidad, identidad y sostenibilidad
En el competitivo universo de la moda global, donde la velocidad y la saturación dominan las pasarelas, un grupo de marcas uruguayas está logrando lo que parecía improbable: abrirse camino en Estados Unidos, uno de los mercados más exigentes del mundo. Su clave no está en la producción masiva ni en seguir tendencias efímeras, sino en ofrecer lo que el consumidor norteamericano comienza a valorar cada vez más: autenticidad, trazabilidad y diseño con alma.
Durante las últimas temporadas, una nueva generación de diseñadoras uruguayas ha comenzado a posicionar el sello “Made in Uruguay” como sinónimo de calidad artesanal, responsabilidad social y creatividad contemporánea. Lo que para un comprador en Nueva York puede parecer una etiqueta exótica, encierra historias de talleres familiares, tradiciones textiles recuperadas y un modo de hacer moda que respeta los tiempos del oficio.
Tres caminos hacia el mercado más competitivo del mundo
El desembarco de las marcas uruguayas en Estados Unidos no ocurre de manera homogénea. Existen tres rutas principales: la participación en ferias internacionales con apoyo institucional, las gestiones independientes de marcas consolidadas y la incursión directa en pasarelas de renombre.
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La primera vía —quizás la más visible— está protagonizada por Uruguay XXI, la agencia gubernamental encargada de promover las exportaciones, inversiones e imagen país. Bajo su paraguas, se conformó el Uruguay Collective, una delegación de diseñadoras que representa el talento y la diversidad de la moda nacional en escenarios internacionales.
La segunda ruta es la de aquellas marcas que, tras recibir acompañamiento inicial, han logrado establecer sus propios vínculos y agentes comerciales en el exterior, operando hoy con autonomía. Finalmente, una tercera alternativa —más selectiva pero altamente simbólica— es la de diseñadoras que alcanzan pasarelas icónicas como la New York Fashion Week, consolidando la presencia uruguaya en el circuito global.
Pese a las diferencias, las tres comparten una meta común: posicionar la moda uruguaya sin renunciar a su identidad local.
Un colectivo que impulsa el diseño nacional
El pasado septiembre, una delegación compuesta por 10 marcas uruguayas desembarcó en Brand Assembly, una de las ferias de moda contemporánea más influyentes de Nueva York. El espacio, respaldado por Uruguay XXI, reunió a firmas como Savia, The Farra, Milagros Bonasso, Celmo, Pastiche, Hand Apparel, Rosa Rosa, Coppelia, Feel Nomade y Milo.
Todas comparten una visión centrada en la producción ética, la revalorización del trabajo artesanal y la sostenibilidad. En el stand nacional, que exhibió bordados a mano, cuero trabajado localmente y tejidos de punto teñidos con pigmentos naturales, las diseñadoras uruguayas presentaron sus colecciones junto a más de 250 marcas internacionales.
Elisa Schroeder, especialista en promoción de exportaciones de Uruguay XXI, destacó que “mostrar una narrativa país bajo una identidad compartida amplifica la visibilidad de cada marca y fortalece la imagen del diseño uruguayo ante compradores y prensa internacional”.
El trabajo de la agencia no se limita a la logística. Incluye mentorías previas, elaboración de catálogos, asesoramiento en precios y storytelling comercial. La idea es que cada marca llegue preparada no solo con un producto atractivo, sino con una historia convincente que conecte emocionalmente con los compradores.
Además, esta edición de Brand Assembly incluyó un encuentro con representantes de la multinacional Urban Outfitters, gestionado en conjunto con el Consulado de Uruguay en Filadelfia. “El feedback fue muy positivo”, afirmó Schroeder. “Destacaron la frescura de las propuestas y la identidad única que distingue a las marcas uruguayas”.
Entre las participantes, Savia y The Farra representan dos ejemplos del potencial exportador del diseño uruguayo. Ambas ya habían mostrado sus colecciones en otras ferias como Coterie y Première Classe (París), y hoy consolidan una estrategia clara de expansión internacional.
Helena Betolaza, fundadora de Savia, subraya que participar en conjunto “permite amplificar la visibilidad de cada marca, algo esencial cuando se busca entrar en un nuevo mercado”. Por su parte, Chiara Defféminis, cofundadora de The Farra, explica que cada edición implica “meses de preparación, reuniones con potenciales compradores y presentaciones personalizadas para generar vínculos comerciales duraderos”.
Ambas coinciden en que las ferias internacionales son tanto una vidriera como un laboratorio. Sirven para comprender mejor qué buscan los compradores, ajustar precios, identificar nuevos socios y reforzar la narrativa de marca. Según Betolaza, en su última participación “se logró vender un 70% más que en la edición anterior y triplicar los contactos comerciales”.
Su objetivo para 2025 es que el 10% de la facturación total provenga del mercado internacional, una meta ambiciosa pero alcanzable dada la respuesta positiva del público estadounidense.
Independencia y visión estratégica
Otro caso emblemático es el de Margara Shaw, firma con una trayectoria sólida en el diseño de autor uruguayo. Su directora, Inés Arrosa, recuerda que fue una convocatoria inicial de Uruguay XXI la que despertó su interés por la internacionalización. Desde entonces, la marca ha participado en diversas ferias neoyorquinas y consolidado un agente comercial permanente en Estados Unidos.
Arrosa destaca que “cada evento genera nuevas conexiones y refuerza vínculos con compradores que buscan piezas únicas y con historia”. No obstante, advierte que el salto internacional exige planificación: definir contratos claros, prever los plazos de entrega y cuidar la cadena de suministros.
“El proceso financiero y logístico es exigente —señala—, pero los beneficios en visibilidad, reputación y volumen de ventas justifican la inversión. Lo importante es prepararse y construir relaciones de largo plazo.”
Una pasarela histórica para el diseño uruguayo
La expansión del talento nacional también llegó a la Fashion Week de Nueva York, donde la diseñadora Yianina Bugani, creadora de la marca Nina B, debutó con su primera colección fuera del mercado local.
Su participación marcó un hito histórico: fue la primera vez que una marca uruguaya de calzado desfiló en la prestigiosa semana de la moda. El proceso de selección fue altamente competitivo e incluyó entrevistas, evaluaciones técnicas y la presentación de muestras físicas.
Bugani explicó que “la organización valoró la identidad estética de la marca, la coherencia entre diseño y concepto, y el trabajo artesanal detrás de cada pieza”. Más allá del desfile, la diseñadora participó en eventos de networking que abrieron puertas a futuras colaboraciones internacionales.
La experiencia, asegura, potenció las ventas locales y posicionó a la marca como referente de diseño autoral en calzado femenino.
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El avance de la moda uruguaya en Estados Unidos no es un fenómeno aislado, sino parte de un proceso más amplio de profesionalización e internacionalización del sector. Las nuevas generaciones de diseñadoras se forman con mentalidad global, manejan conceptos de sostenibilidad, trazabilidad y marketing digital, y entienden que el diferencial está en la autenticidad.
Las ferias internacionales, los vínculos institucionales y las experiencias individuales se complementan como piezas de un mismo engranaje. Y aunque el camino hacia la consolidación internacional es largo, el sello “Made in Uruguay” ya dejó de ser una rareza para transformarse en una promesa con contenido: una moda consciente, femenina y con raíces locales.
Con cada feria, pasarela o showroom, las marcas uruguayas confirman que la identidad puede ser su mejor estrategia de expansión. En un mercado saturado de lo inmediato, lo hecho con alma —y con historia— tiene cada vez más valor.

