El desempleo juvenil supera el 24 por ciento en abril en Uruguay
El desempleo juvenil volvió a ubicarse como uno de los grandes desafíos del mercado laboral uruguayo. Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE), correspondiente al mes de abril, la tasa de desempleo entre jóvenes de 14 a 24 años alcanzó el 24%. Esta cifra no solo representa un leve aumento respecto al mes anterior, sino que también refleja una brecha significativa en comparación con el promedio nacional de desempleo, que se sitúa en el 8%.
Este dato revela una situación estructural preocupante que afecta de forma desproporcionada a los jóvenes, con implicancias económicas, sociales y políticas. Si bien este grupo etario presenta históricamente tasas de desempleo más elevadas, la actual diferencia —tres veces el promedio nacional— vuelve a poner en primer plano la necesidad de políticas públicas más específicas y sostenidas para facilitar su acceso al mercado de trabajo.
Juventud en situación crítica: actividad, empleo y desempleo
Los jóvenes de entre 14 y 24 años tienen una tasa de actividad del 43,8%, lo que indica que poco menos de la mitad de esta población está participando activamente en el mercado laboral, ya sea trabajando o buscando empleo. Sin embargo, la tasa de empleo para este grupo se ubica en apenas 33,3%, lo cual evidencia que una parte importante de quienes buscan trabajo no logra conseguirlo.
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Estas cifras no solo implican una elevada exclusión del sistema productivo, sino que también generan consecuencias a largo plazo. Los jóvenes que no logran insertarse laboralmente de forma temprana tienden a enfrentar trayectorias más inestables, menor acumulación de experiencia y mayor vulnerabilidad en el futuro.
Además, cuando se observa la evolución de otras franjas etarias, se constata que el desempleo decrece a medida que aumenta la edad. Por ejemplo, entre los jóvenes de 25 a 29 años, la tasa de desempleo es del 10,4%, todavía superior al promedio general. A partir de los 30 años, los porcentajes comienzan a descender: 6,8% entre 30 y 34 años, 5,4% entre 35 y 44, y por debajo del 4,1% para quienes tienen entre 45 y 64 años.
Este patrón confirma que la inserción laboral se vuelve más estable con el tiempo, pero también plantea una interrogante: ¿cómo lograr que los jóvenes no queden atrapados en una etapa inicial marcada por la exclusión o la informalidad?
Las mujeres jóvenes enfrentan mayores obstáculos
Otro dato relevante del informe del INE es la creciente brecha de género en el mercado laboral. La tasa de desempleo femenina es del 9,6%, tres puntos porcentuales por encima de la masculina, que se sitúa en el 6,6%. Esta diferencia se agrava aún más entre los sectores más vulnerables, como las mujeres jóvenes y las madres solteras.
La tasa de actividad entre los hombres alcanza el 72,8%, mientras que entre las mujeres apenas llega al 57,1%. Esta diferencia también se traslada a la tasa de empleo: 68% para los hombres y 51,6% para las mujeres. Es decir, mientras siete de cada diez hombres están empleados, apenas lo están cinco de cada diez mujeres.
La informalidad laboral también golpea más fuerte a las mujeres: el 22,5% de ellas trabaja en condiciones informales, una cifra apenas superior al 22,2% que se registra entre los hombres. Sin embargo, cuando se considera el subempleo —personas que trabajan menos horas de las que desearían o que no aprovechan todo su potencial—, la diferencia es aún más notoria: el 12,6% de las mujeres está subempleada, frente al 7,2% de los hombres.
Este panorama sugiere que la situación de las mujeres jóvenes en el mercado laboral es doblemente precaria: no solo enfrentan barreras para acceder al empleo, sino que, una vez dentro, las condiciones suelen ser más frágiles.
Impacto estructural y políticas públicas necesarias
El desempleo juvenil no es simplemente un problema coyuntural, sino un fenómeno estructural que tiene múltiples causas. Por un lado, la falta de experiencia previa, la escasa formación técnica o profesional, y la desconexión entre el sistema educativo y las demandas del mercado de trabajo limitan las oportunidades para este grupo. Por otro, muchas empresas siguen mostrando reticencias a contratar jóvenes, especialmente en cargos de responsabilidad o en sectores de alta productividad.
Para revertir esta situación se requieren políticas específicas y sostenidas en el tiempo. Algunas estrategias que podrían contribuir a mitigar el desempleo juvenil incluyen:
Programas de formación dual, que combinen teoría y práctica mediante pasantías o aprendizajes remunerados.
Incentivos fiscales a las empresas que contraten jóvenes, especialmente en su primer empleo formal.
Fomento del emprendedurismo juvenil, brindando asesoramiento, financiamiento y redes de apoyo para proyectos liderados por jóvenes.
Fortalecimiento de las políticas de orientación vocacional y laboral desde la educación media.
Ampliación del acceso a programas de capacitación digital y tecnológica, con foco en habilidades con alta demanda en el mercado.
Asimismo, es fundamental que estas políticas consideren la dimensión de género, ya que las jóvenes enfrentan barreras adicionales y requieren apoyos diferenciados. El cuidado de hijos, las tareas domésticas no remuneradas y los estereotipos de género siguen siendo obstáculos importantes para su plena inclusión.
El rol de la informalidad y el subempleo
El informe del INE también evidencia que, más allá del desempleo abierto, existen formas de precariedad laboral que afectan especialmente a los jóvenes. La informalidad —trabajo sin aportes a la seguridad social ni protección legal— es más común entre los jóvenes que en otras franjas etarias. Esto implica menor estabilidad, menores ingresos y mayor exposición a situaciones de vulnerabilidad.
El subempleo, por su parte, también es frecuente entre los jóvenes que, aun teniendo empleo, no alcanzan una jornada laboral completa o realizan tareas por debajo de su nivel de calificación. Esta situación suele generar frustración, pérdida de motivación y un uso ineficiente del capital humano disponible.
Combatir estas formas de exclusión parcial también debe ser parte del enfoque integral de las políticas públicas, para evitar que el acceso al trabajo se limite a ocupaciones de baja calidad o inestabilidad permanente.
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El desempleo juvenil en Uruguay es una señal de alerta que no puede ser ignorada. Si bien el contexto económico y las transformaciones del mercado laboral juegan un rol importante, también lo hacen las decisiones de política pública, la articulación entre educación y empleo, y la capacidad de generar oportunidades para quienes recién comienzan su vida laboral.
El desafío es doble: ofrecer a los jóvenes herramientas reales para insertarse de forma digna en el mercado de trabajo, y garantizar que esa inserción no sea precaria ni transitoria. La inversión en empleo juvenil no solo es una cuestión de justicia social, sino también de sostenibilidad económica a largo plazo.
