Dólar en tensión, señales del fin de la estabilidad cambiaria en Colombia, el mercado cambiario colombiano comenzó la semana del 23 de febrero de 2026 con un mensaje claro: la calma reciente podría estar llegando a su fin. La combinación de un choque externo derivado de nuevas medidas arancelarias en Estados Unidos y un entorno interno marcado por mayor endeudamiento y ruido electoral está reconfigurando las expectativas sobre la tasa de cambio.
Con una TRM en COP $3.691 y una apertura en $3.718, el dólar evidenció desde temprano un fuerte sesgo comprador, alejándose de los mínimos observados semanas atrás y superando niveles técnicos relevantes. Más que un movimiento puntual, el comportamiento de la divisa refleja una recomposición estructural de riesgos que empieza a trasladarse a precios.
Iván Torroledo, cofundador de Littio y economista, analiza los detonantes del movimiento y advierte que las presiones actuales podrían anticipar un ciclo cambiario más volátil en los próximos meses.
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El frente internacional: aranceles y desaceleración en EE. UU.
El primer catalizador proviene del entorno global. El índice dólar (DXY) se mantiene fuerte en la zona de 97.8, apoyado en dos factores determinantes: un crecimiento económico en Estados Unidos inferior al esperado y un giro en la política comercial.
El PIB estadounidense registró una expansión de apenas 1.4 %, muy por debajo del 2.8 % proyectado. Esta desaceleración confirma que la economía más grande del mundo pierde impulso en un momento en el que los mercados esperaban señales de resiliencia.
A esto se suma el anuncio del presidente Donald Trump de imponer aranceles globales del 15 % durante 150 días bajo la sección 122. La medida introduce un componente adicional de incertidumbre para las economías exportadoras, incluida Colombia, cuyo principal socio comercial es precisamente Estados Unidos.
Según Torroledo, la afectación será directa para sectores exportadores que deberán asumir este nuevo impuesto para mantener su acceso al mercado estadounidense. El impacto no se limita al comercio exterior: también puede trasladarse a precios internos.
Un arancel de esta magnitud tiende a generar presiones inflacionarias, ya sea por mayores costos de insumos importados o por ajustes en cadenas de suministro. Si a esto se suman incrementos recientes del salario mínimo en Colombia, el resultado puede ser un entorno inflacionario más persistente.
En ese escenario, el Banco de la República podría verse obligado a mantener o incluso aumentar tasas de interés para contener el costo de vida. Paradójicamente, aunque tasas más altas suelen respaldar la moneda local, la combinación de incertidumbre externa y percepción de riesgo interno puede terminar favoreciendo al dólar como activo refugio.
El mercado de deuda: termómetro del riesgo país
El segundo foco de presión se encuentra en el frente interno, particularmente en el mercado de deuda pública.
Los TES a 10 años superan la barrera del 13 %, ubicándose alrededor de 13.16 %, niveles que reflejan una prima de riesgo más elevada. Esta dinámica responde, en parte, a la reciente emisión de deuda por parte del Gobierno a tasas superiores a las vigentes en el mercado secundario, lo que generó una corrección en precios.
Cuando el costo de financiamiento aumenta, el mensaje es claro: los inversionistas exigen mayor rentabilidad para asumir riesgo colombiano. Esto tiene efectos en cadena.
Primero, encarece el servicio de la deuda pública. Segundo, eleva el costo del crédito para empresas y hogares. Y tercero, incrementa la vulnerabilidad cambiaria si parte de ese endeudamiento está denominado en moneda extranjera.
Torroledo advierte un punto crítico: en un horizonte de seis meses a un año, el Gobierno deberá salir al mercado a comprar dólares para pagar intereses de deuda externa. Esa demanda adicional de divisas podría convertirse en un factor estructural de presión alcista.
Cuando un actor de gran tamaño entra como comprador relevante en el mercado cambiario, la dinámica de oferta y demanda se altera. Si coincide con episodios de volatilidad internacional o salidas de capital, el efecto puede amplificarse.
El factor electoral: volatilidad anticipada
A las variables macroeconómicas se suma un componente político.
Colombia se aproxima a un nuevo ciclo electoral, y las encuestas comenzarán a cobrar protagonismo entre abril y mayo. Históricamente, los procesos electorales generan volatilidad cambiaria, especialmente cuando existe incertidumbre sobre el rumbo económico futuro.
Desde la Tesorería de Littio señalan que un eventual repunte sorpresivo hacia la izquierda en las encuestas podría detonar episodios de mayor aversión al riesgo. No se trata de una afirmación ideológica, sino de un patrón de comportamiento de mercado: ante la percepción de posibles cambios estructurales en política fiscal o regulatoria, los inversionistas suelen buscar refugio en activos considerados más seguros, como el dólar.
Estos movimientos pueden desencadenar “rallies” abruptos en la cotización, impulsados tanto por flujos institucionales como por decisiones defensivas de agentes locales.
La tasa de cambio, en estos contextos, se convierte en un barómetro de expectativas políticas.
Mercados globales nerviosos: acciones y oro
El entorno internacional refuerza el tono defensivo.
Las acciones en Estados Unidos muestran correcciones a la espera de resultados corporativos, particularmente de grandes tecnológicas como Nvidia. En paralelo, el oro rompió su rango reciente y se ubica cerca de los US $5.182 por onza, con proyecciones que podrían extenderlo hacia US $5.400 o incluso US $5.500.
El repunte del oro suele interpretarse como señal de búsqueda de refugio. Cuando inversionistas incrementan su exposición a metales preciosos, generalmente es porque perciben riesgos elevados en renta variable o en monedas emergentes.
En ese contexto global, las divisas latinoamericanas tienden a mostrar mayor sensibilidad.
Impacto en el bolsillo de los colombianos
Más allá del análisis técnico, el movimiento del dólar tiene implicaciones concretas para hogares y empresas.
Un tipo de cambio más alto encarece productos importados, insumos industriales, tecnología y algunos alimentos. Esto puede traducirse en mayor presión sobre la inflación y, por ende, sobre el poder adquisitivo.
Para las empresas con deuda en dólares, el efecto es doble: aumentan sus obligaciones en pesos y enfrentan mayores costos financieros. Para quienes dependen de materias primas importadas, el impacto se refleja en márgenes más ajustados.
En contrapartida, los exportadores pueden beneficiarse de una tasa de cambio más alta, siempre que la demanda externa no se vea afectada por los aranceles.
La tasa de cambio, por tanto, redistribuye ganadores y perdedores dentro de la economía.
¿Estamos ante el fin de la calma cambiaria?
Durante varios meses, el mercado mostró relativa estabilidad, con el dólar moviéndose en rangos acotados. Sin embargo, la confluencia de factores actuales sugiere que esa etapa podría estar agotándose.
Choque externo por aranceles.
Desaceleración en Estados Unidos.
Mayor prima de riesgo local.
Emisión de deuda a tasas altas.
Ciclo electoral en puerta.
Cada elemento por separado puede ser manejable. En conjunto, configuran un entorno más frágil.
La proyección hacia niveles cercanos a COP $4.000 no es un escenario base inmediato, pero sí una posibilidad que gana probabilidad si las presiones se materializan simultáneamente.
Estrategia de protección: diversificación en moneda fuerte
En este entorno, la diversificación en divisas deja de ser una decisión especulativa para convertirse en una herramienta de gestión patrimonial.
Proteger parte del capital en moneda fuerte permite mitigar riesgos asociados a depreciaciones abruptas y preservar poder adquisitivo frente a choques externos.
Según Torroledo, aprovechar niveles actuales para dolarizar parcialmente portafolios puede resultar estratégico antes de que se consoliden presiones adicionales.
En este marco, plataformas tecnológicas como Littio ofrecen alternativas para mantener dólares digitales y, además, destinar parte del saldo a una “caja de recompensas” que promete beneficios de hasta 12 % efectivo anual sobre activos depositados por un período mínimo de 90 días.
La propuesta busca democratizar instrumentos que históricamente estuvieron reservados para inversionistas de alto patrimonio, permitiendo acceso sin montos mínimos ni requisitos de antigüedad.
Sin embargo, como en toda decisión financiera, la evaluación debe considerar perfil de riesgo, horizonte de inversión y necesidades de liquidez.
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Un mercado que exige anticipación
El 23 de febrero de 2026 podría marcar el inicio de una nueva fase en el mercado cambiario colombiano.
Las señales de tensión no provienen de un único evento aislado, sino de la acumulación de riesgos externos e internos. El dólar vuelve a posicionarse como activo defensivo en un entorno donde la certidumbre es escasa.
Para empresas, implica revisar estructuras de costos y exposición cambiaria. Para inversionistas, evaluar estrategias de cobertura. Para hogares, entender que el comportamiento de la divisa incide directamente en su costo de vida.
La pregunta ya no es si habrá volatilidad, sino qué tan preparados están los distintos actores para enfrentarla.
El mercado envía señales. Ignorarlas suele ser más costoso que anticiparse.


