Durante años, junio se llenaba de arcoíris. Desde packaging hasta posteos institucionales, las marcas se volcaban al Día del Orgullo LGTB+ con campañas, declaraciones de apoyo y logos coloridos. Algunos lo llamaban oportunismo, otros lo veían como un avance: al menos, se hablaba. Hoy, en cambio, el volumen bajó. Hay menos publicaciones, menos campañas, menos exposición. Y eso abre una pregunta incómoda: ¿hablar menos es un signo de madurez o de miedo?
La respuesta no es simple. En los últimos años, los públicos han afinado el radar: ya no alcanza con subir un post con la bandera LGTB+ si no hay acciones reales detrás. Las audiencias piden coherencia, no cosmética. En ese contexto, muchas marcas optaron por el silencio. Pero cuidado: el silencio también comunica.
En una época donde el marketing está cada vez más atravesado por el propósito, llama la atención que algunas empresas, que antes se colgaban del calendario con entusiasmo, hoy elijan desaparecer de la conversación. ¿Es una reacción al backlash conservador? ¿Es miedo al escrutinio? ¿Es una reevaluación estratégica?
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Lo cierto es que el propósito no puede ser estacional. Y si una marca alguna vez dijo estar del lado del Orgullo, este no es el momento de bajar el volumen. No se trata de hacer grandes campañas todos los años, pero sí de sostener un mensaje. De mostrar con acciones internas políticas de diversidad, espacios seguros, representación real, lo que quizás ya no se dice con posteos.
En un contexto de polarización, donde algunos discursos retroceden en cuanto a derechos conquistados tras largos años de discusión y debate, el marketing no puede mirar para otro lado. Las marcas que eligen el silencio, incluso desde una buena intención, corren el riesgo de parecer cómplices por omisión.
Hoy más que nunca, necesitamos marcas con voz. No para hablar más fuerte, sino para hablar más claro.
