Costa Rica, un país reconocido por sus avances en bienestar social, enfrenta una realidad persistente que desafía sus indicadores de desarrollo: la desigualdad económica entre hombres y mujeres. A pesar de los esfuerzos institucionales, persisten brechas estructurales que limitan el acceso femenino a recursos financieros vitales, como el crédito, y que castigan severamente a las mujeres al momento de su retiro laboral. Este escenario no solo afecta la estabilidad individual, sino que limita el potencial de crecimiento de toda la economía nacional.
Para entender por qué las mujeres costarricenses enfrentan estas desventajas, es necesario analizar cómo el sistema económico actual aún no logra integrar plenamente la realidad del trabajo femenino, el cual, con frecuencia, está marcado por la intermitencia y la informalidad.
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El acceso al crédito: Un obstáculo para el emprendimiento femenino
El acceso al financiamiento es el motor del emprendimiento y la autonomía económica. Sin embargo, en Costa Rica, las mujeres encuentran barreras invisibles pero efectivas al intentar capitalizar sus ideas. El mercado financiero tradicional, diseñado bajo parámetros que históricamente favorecieron la estabilidad laboral masculina, tiende a ver con cautela el perfil de riesgo de muchas mujeres emprendedoras.
Esta disparidad se manifiesta en dificultades para obtener préstamos destinados a la creación de activos. La falta de garantías reales y la necesidad de mejorar el acceso al crédito para mujeres emprendedoras son puntos críticos que deben abordarse. Sin un respaldo financiero adecuado, las mujeres ven limitada su capacidad de escalar sus negocios, perpetuando un ciclo donde las empresas lideradas por ellas se mantienen, en muchos casos, en niveles de microemprendimiento con escaso margen de maniobra.
Además, los retos se extienden al ámbito laboral formal. A pesar de existir normativas de igualdad, las brechas de género en los salarios más altos del país siguen siendo evidentes. La existencia de techos de cristal no solo impide que las mujeres accedan a posiciones de toma de decisión con alta remuneración, sino que también afecta su capacidad de ahorro desde etapas tempranas de su carrera profesional.
El sistema de pensiones: Un retiro con menos recursos
La desigualdad en la vida activa se traduce inevitablemente en precariedad al llegar a la edad de jubilación. Las mujeres costarricenses, en promedio, se pensionan con montos significativamente menores a los de sus contrapartes masculinas. Esta brecha, que se estima en torno a un 30% menos de ingresos, no es un fenómeno aislado, sino el resultado acumulado de una trayectoria laboral dispar.
Varios factores explican esta realidad:
Trayectorias laborales intermitentes: Debido a la asunción desproporcionada de las labores de cuido, muchas mujeres deben pausar su vida laboral, lo que se traduce en menos cuotas aportadas al sistema de seguridad social.
Brecha salarial: Al percibir, en promedio, menores ingresos durante su vida activa, los aportes realizados a los fondos de pensiones son menores, lo que deriva en una pensión final más reducida.
Informalidad: Una parte importante del trabajo femenino se desarrolla en condiciones de informalidad, donde no existe una contribución regular a los sistemas de pensiones, dejando a estas mujeres en una situación de alta vulnerabilidad económica al alcanzar la vejez.
Hacia un sistema de cuidados más equitativo
Para cerrar estas brechas, no basta con políticas de acceso al crédito aisladas. Es imperativo integrar una visión sistémica que reconozca el trabajo de cuidados como un pilar fundamental de la economía.
La implementación de un sistema nacional de cuidados robusto es la pieza clave para facilitar la integración laboral femenina. Cuando el Estado, el sector privado y las familias asumen de manera más equitativa las tareas de cuidado —ya sea de menores o personas adultas mayores—, las mujeres pueden mantener trayectorias laborales más estables, lo que impacta directamente en su capacidad de cotización y capitalización.
Fortalecer la autonomía económica de las mujeres no es solo un asunto de justicia social, sino una estrategia económica necesaria para Costa Rica. Al eliminar las barreras de entrada al crédito y formalizar las condiciones de trabajo, el país no solo estaría mejorando la calidad de vida de más de la mitad de su población, sino que estaría impulsando la innovación y la productividad nacional.
El camino hacia la equidad exige una reforma en la forma en que el mercado financiero evalúa el riesgo y en cómo la sociedad valora y organiza el tiempo dedicado al cuido. Solo superando estos obstáculos estructurales, las mujeres costarricenses podrán alcanzar una verdadera independencia económica que les permita llegar a la jubilación con la dignidad y seguridad que su aporte al país merece.



