Empresas bajo presión digital, el auge invisible de las identidades no humanas, en el panorama empresarial de América Latina, la transformación digital dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad operativa que redefine todos los niveles de las organizaciones. Sin embargo, junto con los avances en automatización, inteligencia artificial y sistemas interconectados, ha surgido un fenómeno que crece silenciosamente y que hoy representa uno de los mayores desafíos en materia de ciberseguridad: la proliferación de identidades no humanas.
Durante años, la gestión de accesos en las empresas estuvo centrada casi exclusivamente en los usuarios humanos: empleados, proveedores, clientes y aliados estratégicos. Las políticas de seguridad, los controles de autenticación y las auditorías estaban diseñadas para supervisar a personas. No obstante, ese paradigma ha cambiado radicalmente. Hoy, bots, aplicaciones, servicios automatizados, interfaces de programación (APIs) y sistemas basados en inteligencia artificial interactúan constantemente con la infraestructura tecnológica de las organizaciones, accediendo a información crítica y ejecutando procesos clave.
Según datos recientes de la compañía One Identity, estas identidades no humanas ya superan a los usuarios tradicionales en proporciones que pueden alcanzar 50 a 1 dentro de algunas empresas. Es decir, por cada persona con acceso a sistemas corporativos, pueden existir hasta cincuenta entidades automatizadas operando en segundo plano. Esta relación evidencia un cambio estructural profundo que no solo transforma la arquitectura tecnológica, sino también el enfoque de la seguridad empresarial.
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Un crecimiento acelerado y poco visible
El crecimiento de las identidades no humanas está directamente relacionado con la necesidad de las empresas de operar con mayor eficiencia, rapidez y escalabilidad. Cada vez que una organización implementa un nuevo sistema automatizado, despliega un servicio en la nube o integra una herramienta de inteligencia artificial, es probable que cree múltiples identidades digitales que requieren acceso a datos y aplicaciones.
A diferencia de los usuarios humanos, estas identidades no pasan por procesos formales de incorporación o desvinculación. No firman contratos, no participan en capacitaciones de seguridad y, en muchos casos, ni siquiera son registradas de forma centralizada. Se crean para cumplir una función específica como procesar transacciones, gestionar inventarios o analizar datos y permanecen activas incluso después de haber cumplido su propósito inicial.
Este comportamiento genera lo que los expertos denominan “acumulación silenciosa de accesos”. Con el tiempo, las organizaciones terminan con miles o incluso millones de identidades no humanas con permisos activos, muchas de ellas innecesarias o redundantes. El problema no es solo la cantidad, sino la falta de visibilidad y control sobre estas entidades.
Alan Radford, estratega global de One Identity, advierte que este fenómeno está creciendo más rápido de lo que las empresas pueden gestionar. En sus palabras, las organizaciones están creando identidades para responder a las demandas del negocio, pero sin implementar mecanismos adecuados para administrarlas. El resultado es un ecosistema digital cada vez más complejo y difícil de supervisar.
El riesgo de perder el control
En el entorno digital actual, el acceso equivale a poder. Quien o lo que tiene acceso a un sistema puede leer información, modificar datos, ejecutar procesos o incluso interrumpir operaciones. Por eso, la gestión de identidades es uno de los pilares fundamentales de la ciberseguridad.
Cuando las empresas pierden visibilidad sobre sus identidades no humanas, también pierden control sobre lo que ocurre dentro de sus sistemas. Esto abre la puerta a múltiples riesgos, desde errores operativos hasta ataques cibernéticos sofisticados.
Uno de los principales problemas es la falta de trazabilidad. En un entorno donde múltiples sistemas interactúan automáticamente, puede resultar difícil determinar qué entidad ejecutó una acción específica. Si ocurre una falla o una brecha de seguridad, identificar al responsable se convierte en un desafío complejo.
Además, muchas identidades no humanas operan con privilegios elevados, ya que necesitan acceder a múltiples sistemas para cumplir su función. Esto las convierte en objetivos atractivos para los ciberdelincuentes. Si una de estas identidades es comprometida, el atacante podría obtener acceso a información crítica sin necesidad de vulnerar las credenciales de un usuario humano.
Inteligencia artificial y nuevos niveles de complejidad
La adopción de inteligencia artificial está acelerando aún más este fenómeno. Los sistemas ya no se limitan a ejecutar tareas predefinidas; ahora pueden tomar decisiones, aprender de los datos y activar procesos de forma autónoma. Esto implica que las identidades no humanas no solo acceden a información, sino que también influyen en el funcionamiento del negocio.
En este contexto, el vínculo entre acción y responsabilidad comienza a diluirse. Si un sistema automatizado toma una decisión incorrecta o genera un impacto negativo, ¿quién es responsable? ¿El desarrollador, el administrador del sistema o la empresa en su conjunto?
Para abordar esta problemática, surge el concepto de “cadena de custodia”, una idea que busca asignar un responsable humano a cada identidad no humana. Según los expertos, toda entidad con acceso a sistemas críticos debe tener una persona encargada de supervisar su uso, gestionar sus permisos y garantizar su correcto funcionamiento.
Sin esta cadena de responsabilidad, las organizaciones enfrentan un escenario de incertidumbre. No solo se dificulta la auditoría de acciones, sino que también se compromete la confianza en los sistemas digitales.
América Latina: transformación acelerada, riesgos crecientes
En América Latina, este desafío adquiere una relevancia particular. La región está experimentando una rápida transformación digital, impulsada por la adopción de tecnologías en sectores como banca, comercio, salud y manufactura. Las empresas están invirtiendo en automatización y digitalización para mejorar su competitividad, pero muchas veces sin contar con estrategias de ciberseguridad suficientemente robustas.
Esto genera una brecha entre el crecimiento tecnológico y la capacidad de gestión de riesgos. Las organizaciones adoptan nuevas herramientas y crean nuevas identidades digitales, pero no siempre implementan controles adecuados para supervisarlas.
El resultado es un entorno donde los riesgos operativos, financieros y reputacionales aumentan de forma silenciosa. Una brecha de seguridad relacionada con identidades no humanas puede tener consecuencias significativas, desde la pérdida de datos hasta la interrupción de operaciones críticas.
Más allá de la tecnología: un cambio de mentalidad
El desafío de las identidades no humanas no es únicamente técnico; también implica un cambio de mentalidad en las organizaciones. Durante años, la seguridad se centró en proteger a los usuarios humanos mediante contraseñas, autenticación multifactor y capacitación. Hoy, ese enfoque debe ampliarse para incluir todas las entidades que interactúan con los sistemas.
Esto requiere una visión integral de la gestión de identidades, que incluya tanto a personas como a máquinas. Las empresas deben adoptar herramientas y procesos que permitan identificar, monitorear y controlar todas las identidades, independientemente de su naturaleza.
También es fundamental establecer políticas claras sobre la creación, uso y eliminación de identidades no humanas. Cada nueva entidad debe tener un propósito definido, permisos limitados y un ciclo de vida gestionado de forma adecuada.
Hacia un nuevo modelo de seguridad
La evolución del entorno digital exige un nuevo modelo de seguridad basado en la visibilidad, el control y la responsabilidad. Las empresas deben ser capaces de responder a preguntas clave: ¿cuántas identidades existen en la organización?, ¿qué accesos tienen?, ¿quién es responsable de ellas?, ¿siguen siendo necesarias?
Responder a estas preguntas no solo permite reducir riesgos, sino también mejorar la eficiencia operativa. Un sistema bien gestionado evita redundancias, optimiza recursos y facilita la toma de decisiones.
En este sentido, la gestión de identidades se convierte en un habilitador estratégico del negocio. No se trata solo de prevenir ataques, sino de garantizar que la infraestructura digital funcione de manera segura y eficiente.
Un punto de inflexión para las empresas
El crecimiento de las identidades no humanas marca un punto de inflexión en la forma en que las organizaciones entienden la seguridad digital. Ya no es suficiente proteger a las personas; es necesario proteger todo el ecosistema tecnológico.
Las empresas que logren adaptarse a este nuevo escenario tendrán una ventaja competitiva significativa. Podrán operar con mayor confianza, aprovechar mejor las oportunidades de la digitalización y reducir su exposición a riesgos.
Por el contrario, aquellas que ignoren este fenómeno podrían enfrentar consecuencias importantes. La falta de control sobre las identidades no humanas no solo compromete la seguridad, sino también la sostenibilidad del negocio en el largo plazo.
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El auge de las identidades no humanas es una de las transformaciones más relevantes y menos visibles del entorno empresarial actual. Impulsado por la automatización y la inteligencia artificial, este fenómeno está redefiniendo la forma en que las organizaciones operan y gestionan su seguridad.
En América Latina, donde la transformación digital avanza a gran velocidad, el desafío es aún mayor. Las empresas deben actuar con rapidez para desarrollar capacidades que les permitan gestionar este nuevo tipo de riesgo.
El futuro de la ciberseguridad no estará definido únicamente por la protección de los usuarios humanos, sino por la capacidad de las organizaciones para entender, controlar y responsabilizar todas las identidades que forman parte de su ecosistema digital. En ese camino, la visibilidad y la gestión inteligente de accesos serán factores determinantes para construir empresas más seguras, resilientes y preparadas para el entorno digital que ya es una realidad.



