Unicenter pierde ventas frente a Shein, Temu y el comercio digital global
El shopping Unicenter, ícono del consumo de las clases medias y altas del norte del conurbano bonaerense, atraviesa uno de los momentos más desafiantes desde su apertura en 1988. Lo que hasta hace poco era un emblema de modernidad y prosperidad, hoy refleja los efectos de un modelo económico que ha modificado profundamente los hábitos de consumo de los argentinos y ha puesto en jaque al comercio físico.
El fenómeno tiene varios responsables, pero uno destaca por encima de los demás: la explosión del sistema puerta a puerta, que permite comprar productos en el exterior con entrega directa en el hogar. En apenas seis meses, estas operaciones crecieron 258%, alcanzando los 408 millones de dólares, según cifras oficiales. A esto se suma el auge de las plataformas de moda ultrarrápida, como Shein y Temu, que se han convertido en verdaderos gigantes del e-commerce internacional.
La combinación de un dólar atrasado, precios locales poco competitivos y la eliminación de aranceles a ciertos rubros ha generado un cóctel perfecto para que miles de consumidores argentinos vuelvan su mirada al exterior. El resultado: menos ventas en los centros comerciales, locales vacíos y, en algunos casos, despidos en tiendas históricas.
Una economía en desequilibrio: el dólar barato y su impacto en el consumo interno
El economista Carlos Melconian advirtió a comienzos de año que “el ahorro se gasta fuera del país para aprovechar precios más bajos”. Y no se equivocó. El atraso cambiario desincentivó la producción y el consumo interno, favoreciendo las compras internacionales. Quien tiene recursos viaja para comprar ropa, tecnología o artículos de lujo a menor precio; y quien no, recurre al e-commerce internacional.
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En el caso del sector textil, los números son contundentes. La Cámara de la Indumentaria y Prendas de Vestir de Argentina informó que las importaciones del rubro superaron los 400 millones de dólares en los primeros ocho meses de 2025, el doble que en el mismo período del año anterior.
Hoy, siete de cada diez prendas vendidas en el país son importadas, y la mayoría proviene de Asia. China, Vietnam y Camboya concentran más del 60% de las compras del sector, lo que ha desplazado la producción local y generado un fuerte impacto en la industria nacional.
El e-Commerce gana terreno y redefine el mapa comercial
El comercio electrónico ya no es una alternativa: es el nuevo centro del consumo. De acuerdo con la Cámara Argentina de Comercio Electrónico (CACE), las ventas online crecieron un 79% en el primer semestre de 2025, y ya representan una cuarta parte del total de la facturación minorista.
Las categorías más dinámicas fueron electrodomésticos, herramientas, construcción y accesorios para vehículos, muchas de ellas dominadas por productos importados. Según el informe, nueve de cada diez argentinos realizaron al menos una compra online, y el 8% lo hizo por primera vez en sitios internacionales durante 2025.
Las razones son evidentes: mejores precios, mayor variedad y mejor calidad percibida. Además, el 63% de los usuarios paga con tarjeta de crédito, lo que facilita las transacciones en dólares o en moneda extranjera. El consumidor argentino aprendió a navegar entre plataformas globales, comparar precios y esperar el envío directo desde Asia o Europa.
La crisis llega al templo del consumo: Unicenter en problemas
La transformación del consumo digital se siente con especial fuerza en Unicenter, el shopping más grande de Argentina. Con una superficie total de 239.000 metros cuadrados (de los cuales 95.000 son comerciales) y 6.500 plazas de estacionamiento, el complejo fue durante décadas un símbolo del poder adquisitivo del norte del Gran Buenos Aires.
Sin embargo, su esplendor comienza a resquebrajarse. Recientemente, una cadena de electrodomésticos y electrónica despidió a parte de su personal y los trabajadores realizaron una protesta dentro del centro comercial, sorprendiendo a los clientes y revelando una situación que ya no se puede ocultar: las ventas caen, los costos se disparan y los márgenes se achican.
Los locales pagan alquileres dolarizados, deben afrontar sueldos altos en comparación con otros sectores y compiten con una avalancha de productos importados vendidos online a precios imposibles de igualar. En este contexto, mantener un local físico en funcionamiento se ha convertido en un desafío casi heroico.
La política de importaciones y el nuevo modelo económico
El gobierno nacional adoptó una política de apertura comercial sin precedentes, eliminando en noviembre de 2024 los impuestos a la importación de tecnología y textiles. Según el discurso oficial, se trataba de una medida para “democratizar el acceso a precios bajos” y evitar que solo quienes viajan al exterior se beneficien de los mercados internacionales.
El problema, sin embargo, es que la liberalización abrupta del comercio exterior dejó sin protección a los productores locales. Las empresas argentinas deben cubrir costos en dólares, afrontar cargas impositivas y sostener plantillas laborales, mientras compiten con productos asiáticos de bajo costo y producción automatizada.
China concentra actualmente el 43% de las importaciones argentinas, seguida de Vietnam y Camboya, países que multiplicaron su participación en el último año. El resultado ha sido una pérdida acelerada de empleos industriales y el cierre de comercios minoristas, especialmente en grandes ciudades.
El fenómeno no se limita a los shoppings. Los principales corredores comerciales de Buenos Aires —avenidas Santa Fe, Cabildo, Córdoba, Rivadavia y Florida— muestran una tasa de vacancia del 8%, el doble que en 2024. En algunas zonas emblemáticas, como la calle Florida, la proporción de locales vacíos llega al 14%, una cifra inédita.
En palabras de la Cámara Argentina de Comercio, esto refleja “una reconfiguración estructural del consumo urbano” en la que la experiencia digital supera a la física. Los consumidores prefieren comodidad, variedad y precios bajos, aunque eso implique un golpe directo al comercio local.
La situación argentina contrasta con lo que ocurre en otros países. Estados Unidos, bajo la consigna “Make America Great Again”, impulsa políticas proteccionistas para fortalecer la producción nacional. El presidente norteamericano Donald Trump elevó los aranceles de importación para defender el empleo interno, mientras que Brasil y México ya aplican impuestos del 20% a las compras internacionales de bajo valor.
En Europa, el debate se centra en el impacto ambiental. Francia, por ejemplo, estableció un impuesto ecológico de hasta 5 euros por prenda para las marcas de ultra fast fashion, con el fin de desalentar el consumo desechable y promover la sostenibilidad. Además, se prohíbe la publicidad de este tipo de productos y se sanciona a los influencers que los promocionan.
En cambio, Argentina mantiene un esquema de libre importación casi total, con el argumento de fomentar la competencia y contener los precios. Sin embargo, el costo social es alto: despidos, cierres de fábricas y una creciente dependencia de los bienes extranjeros.
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Mientras en otros países se refuerzan las políticas industriales, Argentina parece avanzar en sentido contrario. La apertura comercial indiscriminada y la falta de incentivos para la producción nacional debilitan el entramado económico local, generando una estructura cada vez más dependiente del consumo externo.
El caso de Unicenter resume esta paradoja. Un centro comercial que alguna vez fue símbolo de modernidad y desarrollo, hoy lucha por sostener su relevancia en un escenario dominado por plataformas globales y precios que ningún comercio físico puede igualar.
Detrás de cada promoción irresistible en línea hay una fábrica local cerrada, un comercio vacío o un trabajador despedido. El desafío, quizás, esté en encontrar un equilibrio entre la libertad de consumo y la protección del empleo nacional, un debate que Argentina parece haber postergado demasiado.


