La industria textil Argentina en su peor momento: Caída productiva, empleo en retroceso y presión importadora
La industria textil argentina atraviesa uno de los períodos más críticos de las últimas décadas. Lejos de mostrar señales de recuperación, el sector profundizó su deterioro hacia fines de 2025, con una fuerte contracción de la actividad, una pérdida sostenida de empleo y un desequilibrio comercial cada vez más pronunciado. Los indicadores productivos y laborales reflejan un escenario comparable al de los momentos más duros de la pandemia, aunque en un contexto económico completamente distinto.
En octubre de 2025, la actividad textil registró una caída interanual del 24%, un desplome que marca el peor desempeño para ese mes en al menos diez años. El dato resulta aún más alarmante cuando se lo compara con el comportamiento del conjunto de la industria manufacturera, que en el mismo período mostró una contracción mucho más moderada. Esta divergencia confirma que la crisis textil no responde únicamente al ciclo económico general, sino que tiene causas estructurales propias.
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El contraste entre la industria textil y el resto del entramado industrial es uno de los rasgos más preocupantes del escenario actual. Mientras el total de la industria acumuló un crecimiento superior al 3% entre enero y octubre de 2025, el sector textil exhibió una contracción cercana al 3,5% en ese mismo período. Esto implica una pérdida de participación relativa dentro del tejido productivo nacional, una tendencia que se viene profundizando desde hace varios años.
La caída no solo afecta a las grandes empresas, sino también a talleres medianos y pequeños, que enfrentan mayores dificultades para sostener sus costos fijos en un contexto de menor demanda, alta competencia importada y márgenes cada vez más estrechos. Para muchas de estas unidades productivas, la reducción del nivel de actividad implica trabajar por debajo del umbral de rentabilidad o directamente suspender operaciones.
Uno de los indicadores que mejor sintetiza la gravedad de la situación es el uso de la capacidad instalada. En octubre, la industria textil operó apenas al 32,5% de su potencial productivo, el nivel más bajo desde 2020. Este porcentaje no solo se ubica muy por debajo del promedio industrial, sino que además representa una caída significativa respecto del mes anterior y del mismo mes del año previo.
Trabajar con menos de un tercio de la capacidad instalada implica una estructura productiva sobredimensionada para el nivel de actividad real. Esto genera ineficiencias, eleva los costos unitarios y limita las posibilidades de inversión, retroalimentando el círculo negativo. Además, cuando la capacidad ociosa se prolonga en el tiempo, muchas empresas optan por cerrar líneas de producción o directamente abandonar el mercado.
La crisis productiva tiene una consecuencia inmediata y visible: la destrucción de puestos de trabajo. Entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025, el empleo formal en los sectores textil, de la confección, cuero y calzado se redujo de manera sostenida. Solo en el último año se perdieron alrededor de 8.000 puestos, mientras que desde fines de 2023 la cifra supera los 16.000 empleos eliminados.
Este ajuste no se distribuye de manera homogénea. Los segmentos más afectados son la confección y la producción de bienes finales, actividades intensivas en mano de obra y especialmente sensibles a la competencia externa. La pérdida de empleo no solo impacta en los trabajadores directamente desvinculados, sino también en las economías regionales donde la actividad textil cumple un rol clave como generadora de ingresos.
Además, la reducción del empleo formal suele venir acompañada por un aumento de la informalidad, ya que muchos trabajadores buscan alternativas en talleres no registrados o emprendimientos de subsistencia. Esto debilita aún más la base contributiva del sistema y deteriora las condiciones laborales del sector.
Importaciones en fuerte expansión
Uno de los factores centrales que explica el deterioro del sector es el crecimiento acelerado de las importaciones textiles. Entre enero y noviembre de 2025, el ingreso de productos textiles al país creció más del 90% en volumen respecto al mismo período del año anterior, mientras que el valor importado aumentó alrededor del 50%.
El impacto es particularmente fuerte en los bienes finales. Las importaciones de confecciones y prendas terminadas se dispararon, desplazando a la producción local en el mercado interno. Esta dinámica genera una presión competitiva difícil de absorber para las empresas nacionales, que enfrentan costos laborales, logísticos e impositivos significativamente más altos que los de muchos países exportadores.
En términos comparativos, el desequilibrio es contundente: por cada tonelada de textiles exportada, ingresan al país más de veinte toneladas de productos importados. Las exportaciones, en cambio, mostraron una caída tanto en volumen como en valor, reflejando la pérdida de competitividad externa del sector argentino.
Inversión que resiste, pero no alcanza
A pesar del contexto adverso, el sector textil no detuvo por completo sus inversiones. Durante 2025 se registró un incremento en la importación de maquinaria, especialmente en áreas vinculadas a la modernización de procesos como hilatura, costura y lavado. Este comportamiento sugiere que parte del entramado productivo apuesta a ganar eficiencia y mejorar su posicionamiento a largo plazo.
Sin embargo, el nivel de inversión actual sigue siendo inferior al observado en los años previos, cuando la actividad mostraba mayor dinamismo. Además, la inversión se concentra en segmentos específicos, mientras que otros, como los telares planos y los equipos auxiliares, registraron retrocesos. Esto indica una estrategia defensiva más que expansiva, orientada a sobrevivir antes que a crecer.
El diagnóstico del sector converge en un punto clave: la necesidad de mejorar la competitividad sistémica. Más allá del ciclo económico, la industria textil arrastra problemas estructurales vinculados al costo laboral, la carga impositiva, la falta de previsibilidad y las asimetrías frente a la competencia internacional.
En este contexto, se han presentado propuestas orientadas a reducir el peso de los impuestos al trabajo sin afectar los ingresos de los trabajadores, buscando incentivar la formalización y aliviar los costos empresariales. La discusión gira en torno a cómo equilibrar la protección del empleo local con la apertura comercial y la necesidad de integrarse a cadenas globales de valor.
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La industria textil argentina se encuentra en una encrucijada. La profundización de la crisis expone los límites del modelo actual y obliga a repensar estrategias de mediano y largo plazo. Sin cambios que apunten a mejorar la competitividad, ordenar el comercio exterior y fomentar la inversión productiva, el riesgo es que la pérdida de capacidad industrial y empleo se vuelva permanente.
El desafío no es menor: se trata de un sector históricamente relevante, tanto por su aporte al empleo como por su capilaridad territorial. La evolución de los próximos meses será clave para determinar si la industria textil logra frenar su caída o si continúa deslizándose hacia un proceso de achicamiento estructural con consecuencias sociales profundas.
Fuente: Forbes Argentina


