El costo de ser clase media en Buenos Aires supera los 1,8 millones
El acceso a una vida digna en la Ciudad de Buenos Aires continúa siendo un desafío para miles de familias. Según el último informe del Instituto de Estadística y Censos porteño (IDECBA), en junio de 2025 una familia tipo —integrada por dos adultos económicamente activos y dos menores— necesitó $1.889.557,40 para ser considerada de clase media. Esta cifra representa un incremento del 1,1% respecto al mes anterior, una variación que, si bien moderada, refleja la persistencia de la inflación en el ámbito urbano.
Pero el dato no se limita al aumento de precios: también revela una transformación estructural en la composición social de la ciudad, en la que el umbral económico para pertenecer a la clase media se aleja cada vez más de los ingresos reales de la mayoría de los hogares.
Qué mide la canasta total y por qué es clave para entender la estructura social
El IDECBA elabora mensualmente distintas canastas que sirven como referencia para clasificar los hogares porteños en función de su poder adquisitivo. La Canasta Total (CT) incluye todos los bienes y servicios necesarios para que una familia cubra sus necesidades básicas y mantenga un nivel de vida acorde a los estándares urbanos: alimentos, transporte, salud, educación, indumentaria, servicios públicos, esparcimiento, entre otros. Sin embargo, no contempla el alquiler, lo cual deja fuera un componente crucial del gasto para la mayoría de los hogares inquilinos.
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Para junio, el valor de esta canasta para una familia tipo fue de $1.511.646, una cifra que delimita la franja del “sector medio frágil”. En tanto, quienes superaron ese monto y alcanzaron los $1.889.557,40 pasaron a integrar la clase media estadística de la ciudad.
El peso del alquiler en la economía doméstica
Si bien el informe oficial no incorpora el alquiler como parte del cálculo de la CT, es imposible analizar la situación socioeconómica porteña sin tenerlo en cuenta. De acuerdo con datos de la plataforma Zonaprop, el alquiler promedio de un departamento de tres ambientes en la Ciudad de Buenos Aires —una vivienda estándar para una familia tipo— alcanzó los $860.664 mensuales en junio. Esta cifra representa casi el 45% del ingreso necesario para ser considerado clase media, lo que evidencia la fuerte presión que ejerce el costo habitacional sobre la economía doméstica.
En consecuencia, muchas familias que superan el umbral teórico de clase media en términos de ingresos reales, no logran sostener ese nivel si deben pagar un alquiler. Esta situación se agrava para quienes tienen contratos nuevos o se enfrentan a renovaciones en un contexto de fuerte dolarización de precios y escasa regulación.
Los otros umbrales: de la indigencia al sector acomodado
El informe del IDECBA también detalla los ingresos mínimos necesarios para no caer por debajo de la línea de pobreza o indigencia. En junio, se necesitaron $1.193.290,96 para superar la línea de pobreza y $639.028,64 para evitar el estado de indigencia.
Con estos valores, la clasificación por estratos sociales quedó estructurada de la siguiente manera:
Indigencia: menos de $639.028,64
Pobreza no indigente: entre $639.028,65 y $1.193.290,96
No pobres vulnerables: entre $1.193.290,97 y $1.511.645,91
Sector medio frágil: entre $1.511.645,92 y $1.889.557,39
Clase media: entre $1.889.557,40 y $6.046.583,67
Sector acomodado: más de $6.046.583,67
Esta segmentación muestra la existencia de una amplia franja intermedia de la población que, aunque no está técnicamente por debajo de la línea de pobreza, tampoco alcanza el umbral de estabilidad económica que caracterizaría a una clase media consolidada. Se trata de hogares que son especialmente sensibles a las variaciones del mercado laboral, los aumentos en servicios públicos y los cambios macroeconómicos.
Entre la estadística y la realidad: la fragilidad de la clase media
En la práctica, la línea que separa a la clase media del sector vulnerable es cada vez más delgada. Los ajustes salariales por debajo de la inflación, la informalidad laboral y la pérdida de poder adquisitivo generan un fenómeno creciente de movilidad descendente. Muchas familias que hasta hace unos años podían acceder a vacaciones, educación privada o servicios de salud complementarios, hoy han tenido que resignar consumos esenciales o recurrir al endeudamiento para sostener su nivel de vida.
La llamada “clase media estadística” no siempre coincide con la “clase media percibida”. Es decir, hay sectores que no se identifican como pobres, pero que enfrentan dificultades para sostener sus gastos mensuales o ahorrar. Esta brecha entre identidad social y situación económica real profundiza la sensación de inseguridad, incluso en aquellos hogares que aún superan los umbrales oficiales.
El informe de junio mostró una suba promedio del 1,1% en la Canasta Total. Si bien este valor representa un freno respecto a los picos inflacionarios de meses anteriores, no alcanza para recuperar la pérdida acumulada del poder de compra. Además, la inflación núcleo —aquella que excluye precios regulados y estacionales— continúa afectando con fuerza rubros como alimentación, educación y salud.
En este marco, los hogares con ingresos fijos, como empleados públicos o jubilados, ven más limitado su margen de maniobra. Por su parte, quienes dependen de ingresos variables o informales enfrentan aún más dificultades para mantenerse dentro de los márgenes estadísticos que delimitan la clase media.
Aunque el informe del IDECBA no hace referencia directa a los efectos pospandemia, es evidente que el mercado laboral aún no se ha recuperado completamente. Muchos empleos formales perdidos durante la crisis sanitaria no se han restituido, y se observa un crecimiento del trabajo autónomo, freelance y por cuenta propia, con ingresos irregulares y sin acceso a derechos laborales plenos.
Esta realidad impacta directamente en la posibilidad de planificar, ahorrar o invertir. Para muchas familias, llegar al umbral de ingresos de la clase media no implica estabilidad, sino una lucha mensual por sostenerse en la superficie.
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En un contexto como el actual, en el que el costo de vida urbano sigue creciendo y las oportunidades económicas son desiguales, resulta urgente repensar qué significa ser clase media en Buenos Aires. ¿Es solo una cuestión de ingresos monetarios? ¿O también implica acceso a vivienda, salud, educación, movilidad y tiempo libre?
Los indicadores económicos permiten trazar líneas, pero la realidad cotidiana de las familias muestra un mapa mucho más complejo. Comprender esa complejidad es esencial para diseñar políticas públicas que no solo contengan a los sectores más vulnerables, sino que también fortalezcan a una clase media en riesgo de fragmentación y retroceso.

