«Gugol, nuestro antihéroe cotidiano» es el tema que propone Eduardo Moraga, Strategic Trade Marketing Leader | Business Intelligence and Data Science Consultant.
Digamos que en los últimos 10 años se ha producido probablemente más información que en toda la historia precedente; sin embargo, no todo lo que se produce merece ser leído. Hoy existen toneladas de manuales sobre cómo dirigir la vida. Basta con que algún autor crea que su subjetividad es válida como paradigma para transformar su experiencia en conocimiento masivo. Las redes sociales, naturalmente, multiplican esto de forma exponencial.
Desde esta humilde trinchera, creo que no es menor el desafío de plantear ideas que contribuyan a la discusión. Sin embargo, dependiendo del medio, puede resultar terriblemente aburrido caer en excesivos academicismos o sofisticaciones. Tampoco es mi intención parecerme a esos manuales de comunicación efectiva —los que leen ejecutivos en aviones o en salas de espera de empresas. Me parece más interesante contar historias sobre gente «real», en situaciones comunes, para conectar mejor con los conceptos. Así que, en un arrebato de creatividad (o quizás aburrimiento creativo), he decidido inventar un personaje completamente ficticio para hablar precisamente de lo más real: las decisiones cotidianas, esas pequeñas tragedias disfrazadas de trivialidades.
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Este personaje se llama Gugol, en honor al número absurdamente grande que explicaba uno de mis ídolos, Carl Sagan. También nos recuerda sutilmente a ese buscador omnipresente que usamos todos para fingir que sabemos lo que hacemos. A través de Gugol exploraremos juntos —con humor, ironía y algo de crueldad— cómo operan los sesgos cognitivos, cómo tomamos (malas) decisiones y cómo perseguimos la felicidad, esa extraña criatura que se escapa justo cuando creemos haberla atrapado.
Gugol será una suerte de antihéroe cotidiano, alguien que intenta hacerlo todo bien pero frecuentemente termina mal, permitiéndonos fingir que aprendemos algo nuevo.
Comencemos…
Capítulo 1: Gugol va al supermercado (o la tragedia cotidiana del libre albedrío)
Gugol entró al supermercado como quien entra en un templo (digamos que aún no tiene internalizada la compra online): lleno de fe y sin ninguna certeza más que su inútil y estéril lista de compras en el teléfono, que sabía perfectamente que no iba a respetar. Digámoslo claramente: ¿Quién respeta listas cuando hay promociones que gritan la buena noticia con letras grandes y rojas? ¿Quién mantiene disciplina cuando hay yogures que prometen longevidad y bebidas que aseguran felicidad inmediata? Gugol, por supuesto, no.
Frente a la góndola de las leches, comenzó la tragedia. El Sistema 1 —esa parte del cerebro que actúa rápida, automáticamente y sin complicaciones morales— gritaba que eligiera lo de siempre: la leche entera, la clásica, la que evoca tardes de infancia con cereales azucarados hasta el exceso. Pero el Sistema 2, lento, dubitativo y con voz de nutricionista dogmática, contraatacaba recordando el imperio del mal llamado colesterol, las grasas saturadas y esas charlas tediosas sobre salud preventiva.
Gugol quedó paralizado frente al dilema existencial, sosteniendo en cada mano dos cajas idénticas, excepto por el color.
Yo, su conciencia (con un doctorado imaginario en psicología conductual), observaba divertida la escena desde la prudente distancia de mi ironía y confort.
Gugol finalmente optó por una tercera opción: leche de almendra orgánica, sin azúcar añadida y enriquecida con calcio de procedencia inorgánica. Tres veces más cara, adquirida solo por un comentario casual escuchado un día antes sobre sus supuestos beneficios.
A medida que avanzaba por los pasillos, sus decisiones empeoraban. Gugol activaba todos los sesgos imaginables. El de disponibilidad, comprando atún enlatado porque vio una noticia sobre omega-3 esa misma mañana; el de anclaje, pagando demasiado por un vino mediocre solo porque la etiqueta prometía un descuento del 40% sobre un precio evidentemente inflado; y el infaltable sesgo de confirmación, cargando orgulloso su carro con productos «sanos» para mantener la ilusión de que se cuida, cuando en realidad…
La verdadera crisis llegó frente al estante del café; Gugol es un verdadero fanático, o eso dice ser. Allí, el libre albedrío colapsó por completo. ¿Arábica, colombiano o italiano? Como una relación indisociable, como la vida y la muerte, como la causa y el efecto, el mercado ofrecía una variedad angustiosamente infinita y Gugol sentía que solo le podía ofrecer, más allá de su restricción presupuestaria, ansiedad ilimitada. Finalmente, vencido por la fatiga de la decisión, tomó tres paquetes de cápsulas surtidas con la esperanza de poder volver luego por más.
En la caja, Gugol observó cómo la cifra del total escalaba obscenamente. Frente a él, un gran cartel preguntaba: «¿Encontraste todo lo que buscas?» Gugol miró y, en esos segundos que parecieron minutos, pensó: «No, busco tranquilidad, propósito, algo que dure más que la felicidad momentánea de encontrar en oferta productos que eventualmente no necesito». Pero en vez de eso, solo asintió, pagando obedientemente y acumulando puntos en una tarjeta de fidelidad que probablemente usará en cosas que, en un bucle sin fin, tampoco necesitará.
Al salir, cargado con bolsas llenas y existencialmente confundido, Gugol no lo sabía, pero había protagonizado la pequeña tragedia cotidiana del consumidor contemporáneo: la ilusión de libertad que se paga con cuotas de ansiedad.
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Desde mi tribuna privilegiada de conciencia sarcástica, no pude evitar sonreír. Gugol había hecho exactamente lo que se esperaba de él: creer que elegía libremente, cuando en realidad sus decisiones habían sido tomadas mucho antes de entrar al supermercado.
