Tengo una lista de tiendas habituales. Hay tiendas en las que entro, cojo lo que quiero, pago y me largo; son las que llamo “el plan B del comercio electrónico”. No hay nada de emoción, compromiso, simplemente se trata de una transacción: ellos cumplen su parte del acuerdo, me dan las cosas a un precio correcto, y yo cumplo mi parte: pago.
Todavía no entiendo cómo existen tiendas donde no me sonríen, o no me tratan bien, o no intenten hacerme sentir especial, y en paralelo se quejen de que cada vez va menos gente a verles.
Voy a muchas tiendas, y también compro mucho online, soy la definición exacta de un “consumidor híbrido”. En internet busco sobre todo conveniencia, y ahorrar tiempo. En el mundo físico busco muchas cosas, resolver mis necesidades al instante y ese factor humano.
Una vez, en un viaje hace años, cuando era insultantemente joven, entré en una pequeña tienda de un pequeño pueblo en las Highlands escocesas. Era otoño y llovía a mares. Entré empapado. La chica me sonrió. Estuve viendo las botellas de whisky, los souvenirs, quesos locales, pero no tenía mucho dinero y en verdad estaba allí cubriéndome de la lluvia. Y creo que se me notaba. Cuando pasó un tiempo, y parecía que amainaba la lluvia, decidí salir. Antes, compré una pequeña postal del pueblo, por comprar algo.
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Cuando fui a pagar, la chica me miró, sonrió, y me dijo: “Muchas gracias por comprar en nuestra tienda y por hacer realidad nuestro sueño”.
No supe qué decir…
«Gracias por hacer realidad nuestro sueño.»…y eso cómo lo réplicas en el mundo digital?
No puede haber nada tan honesto, bello y confortable que dar las gracias a los que hacen que tu sueño sea una realidad.

