Cuando Cartagena ascendió a la modernidad, el panorama comercial de Cartagena de Indias no siempre lució el esplendor y la infraestructura que exhibe en la actualidad. Antes de la irrupción de los modernos centros comerciales, con sus escaleras eléctricas relucientes, fuentes de agua cristalina y expansivas zonas de juego, la dinámica de consumo en la ciudad caribeña se regía por lógicas distintas. Los habitantes realizaban sus compras en las tradicionales tiendas de barrio o en almacenes que, con esfuerzo y visión, se expandían progresivamente entre las angostas y laberínticas calles del centro histórico y sus alrededores.
En este escenario de un comercio en evolución, emergió un establecimiento que dejaría una huella imborrable en la memoria colectiva cartagenera: Magali París. Aquellos que tuvieron la oportunidad de conocerlo lo recuerdan como el primer almacén en Cartagena en instalar escaleras eléctricas. Para muchos, fue la primera vez que experimentaron la curiosidad, y quizás un ligero vértigo, de ascender mecánicamente sin esfuerzo propio. Algunos relatos populares sugieren que su particular nombre surgió de una popular colonia francesa de alhucema que estaba de moda en aquellos años, evocando un aire de sofisticación y novedad.
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Magali París nació modestamente en la calle del Candilejo, precisamente en el mismo local que ocupaba la Droguería Bustamante. Sin embargo, su visión trascendió la farmacia. Poco a poco, el negocio fue absorbiendo los locales vecinos, expandiéndose de forma orgánica hasta transformarse en un gran almacén multifacético, estructurado en varias secciones y distribuidas en tres pisos, rebosante de vida y actividad. Era una empresa genuinamente cartagenera, forjada con manos locales y empapada del alma de la ciudad, al igual que otros íconos regionales como la célebre Cola Román. Este crecimiento inicial sentó las bases para lo que se convertiría en un referente comercial y cultural.
El proyecto de Magali París cobró vida gracias a la iniciativa de don Abraham Ibarra Samudio, quien se asoció con don Lácides Segovia de Lavalle y don Antonio de Lavalle Gastelbondo. Su actividad comercial se inició como una combinación de droguería y miscelánea en un pequeño local dentro del centro amurallado, el corazón histórico de la ciudad. Sorprendentemente, en menos de tres años, ya se había transformado en un pasaje comercial que conectaba directamente con el icónico Portal de los Dulces, demostrando una rápida expansión y una clara visión estratégica.
El hito de la primera escalera eléctrica en Cartagena se materializó en la tienda Magali París ubicada en el barrio de La Matuna, durante la década de 1990. Este no era solo un avance técnico; era un símbolo de modernidad y progreso que abría una ventana a un futuro de consumo diferente para la ciudad.
Con la llegada de los años 90, la visión de Magali París se amplió aún más. Los almacenes originales se expandieron y evolucionaron, dando origen a tres nuevos «superalmacenes». Un ejemplo notable de esta expansión fue la restauración, en 1993, de “Villa Susana”, una hermosa mansión de arquitectura republicana situada en el residencial barrio de Manga. Esta joya arquitectónica fue cuidadosamente convertida en un novedoso supermercado, demostrando la capacidad de la empresa para diversificar su oferta y adaptarse a las nuevas tendencias del comercio minorista.
Testimonios de una Época: La Memoria Viva de Magali París
Para comprender verdaderamente el significado de Magali París en la historia de Cartagena, es fundamental escuchar las voces de quienes fueron parte de ella. Guillermo Aguilar, quien trabajó durante varios años en el desaparecido almacén, es uno de esos cartageneros que recuerdan el lugar con profunda nostalgia. En su memoria, aún perviven vívidas las jornadas laborales, las rutinas diarias y, sobre todo, las personas que conoció mientras formaba parte de lo que en su momento fue uno de los referentes comerciales más importantes de la ciudad.
“El horario empezaba muy temprano. A eso de las siete de la mañana ya estábamos en el almacén”, relata Guillermo, pintando un cuadro de la disciplina y el compromiso que caracterizaban la operación del negocio. Las labores se dividían en dos jornadas: una primera parte que se extendía hasta el mediodía, y una segunda en la tarde, hasta las cinco o seis. Guillermo, específicamente, trabajaba en el tercer piso, en el área de moda, conocida internamente como “Moda 3”. Esta sección estaba dedicada exclusivamente a la venta de ropa para hombres, mujeres, jóvenes y niños, reflejando la amplitud de la oferta del almacén.
Su ingreso a Magali París fue posible gracias a un contacto que su madre tenía en el área de recursos humanos. “Ella conocía a alguien y le entregó mi hoja de vida. Fue una palanca, como se decía antes”, relata sin rodeos, ofreciendo una visión honesta de cómo funcionaban las oportunidades laborales en la época.
Guillermo subraya que, en aquellos años, Magali París era mucho más que un simple almacén. “No existían centros comerciales como los de ahora. Ir a Magali era como ir hoy al Caribe Plaza o a La Castellana. Era un centro comercial en sí mismo”, afirma, destacando su rol como un destino de compras y esparcimiento central para la comunidad. Los precios, según recuerda, eran accesibles, y la variedad de productos lo convertía en un lugar de constante afluencia. Esta combinación de amplitud de oferta y precios competitivos era una de las claves de su éxito y popularidad. En el primer piso, los clientes podían encontrar una vasta selección de alimentos de todas las marcas y comestibles de calidad. El segundo piso estaba dedicado a ferretería y artículos varios, mientras que el tercer piso albergaba la mencionada sección de ropa, ofreciendo una experiencia de compra integral bajo un mismo techo.
Guillermo también evoca un ambiente de trabajo particular. Compartió su espacio en “Moda 3” con muchas mujeres. “Era raro ver hombres en esa sección. Yo era joven y era el único varón allí”, recuerda con una sonrisa, ilustrando la composición del personal en ese entonces. El ambiente era de gran cercanía, y a pesar de que han transcurrido décadas, aún conserva los rostros de sus compañeros en la memoria. Hace unos años, por ejemplo, se reencontró fortuitamente con una antigua cajera en una tienda Olímpica. “No recuerdo su nombre, pero fue lindo volver a verla”, comenta, reflejando la perdurabilidad de esos lazos laborales. También recuerda con cariño a la señora Manola, una supervisora con la que se volvió a cruzar tiempo después, cuando su propia esposa, quien también había trabajado en el área de «carruajes» (probablemente refiriéndose a la logística de carritos o la atención al cliente en el almacén), se desempeñaba en otro lugar donde la Sra. Manola también estaba.
Un Símbolo de Época y una Ventana al Futuro
Aunque el almacén Magali París cerró sus puertas hace 26 años, para Guillermo Aguilar y muchos otros cartageneros, su recuerdo permanece vivo. Es más que un simple establecimiento comercial; es el símbolo de una época dorada del comercio local y de una forma de comprar y relacionarse que hoy parece lejana.
La historia de Magali París adquiere una relevancia particular en el contexto actual de Cartagena. Hoy, con la llegada y el anuncio de ambiciosos proyectos como Kristal Malls y otros complejos modernos, la ciudad parece adentrarse en una nueva etapa de consumo, caracterizada por la sofisticación y la globalización de la oferta. En este panorama de constante evolución, es fundamental recordar que el camino hacia la modernidad no siempre fue lineal. Magali París, con sus innovaciones como las escaleras eléctricas y su modelo de «todo en uno», fue una ventana al futuro en una ciudad que apenas comenzaba a imaginar lo que sería el comercio minorista de gran formato.
Su legado no se mide únicamente por los productos que vendía, sino por lo que representó: un pionero que abrió la mente de los cartageneros a nuevas experiencias de consumo, a la comodidad de un espacio comercial amplio y diversificado, y a la fascinación por tecnologías que hoy damos por sentadas. Magali París fue un catalizador de modernidad, un lugar donde la ciudad no solo compraba, sino que también soñaba y se proyectaba hacia un futuro más conectado con las tendencias globales.
El cierre de Magali París, si bien marcó el fin de una era, no borró su influencia. Su memoria persiste como un testimonio de la capacidad emprendedora local, de la adaptación a los tiempos y de cómo un negocio puede trascender su función meramente comercial para convertirse en un hito cultural y social. Es un recordatorio de que las grandes transformaciones a menudo tienen sus raíces en innovaciones aparentemente pequeñas, como la primera escalera eléctrica en una ciudad que, poco a poco, iba descubriendo el vértigo y la emoción de ascender hacia un nuevo horizonte comercial.
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La historia de Magali París es, en esencia, una narrativa sobre la evolución del comercio minorista en una ciudad clave de Colombia. Refleja cómo la visión de unos emprendedores, combinada con la creciente demanda de los consumidores, puede transformar el paisaje urbano y las costumbres de una comunidad. Al mirar hacia el futuro con proyectos como Kristal Malls, es crucial reconocer y valorar el camino recorrido, y el papel fundamental que jugaron pioneros como Magali París en la construcción de la cultura de consumo actual en Cartagena. Su legado no es solo un recuerdo; es una inspiración para las generaciones futuras de comerciantes y desarrolladores que buscan dejar su propia huella en la vibrante historia comercial de la ciudad. Según publica Mall & Retail
