Victoria’s Secret ha vuelto a situarse en el centro de atención mediática con un regreso a las pasarelas que muchos observadores interpretan como un indicio claro de la marca de querer redefinir su identidad en un entorno de consumo cada vez más exigente y consciente. Este desfile, programado para celebrarse en Nueva York, no es solamente un escaparate de moda; es un movimiento estratégico con el objetivo de consolidar una nueva narrativa de marca que pueda coexistir con su legado histórico sin ignorar las críticas que durante años la persiguieron. En este sentido, la relevancia del evento no puede entenderse sin considerar tres planos entrelazados: la renovación creativa, la estrategia de posicionamiento y la recepción del público actual, que ha evolucionado en cuanto a valores, diversidad y representación.
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En primer lugar, la designación de Adam Selman como vicepresidente sénior y director creativo ejecutivo marca un giro claro en la dirección artística y operativa de la casa. La elección de un creador claramente ligado a una estética contemporánea y a una visión que, en ciertos momentos, ha desbordado los convencionalismos, sugiere una intención de actualizar la personalidad de Victoria’s Secret sin desarraigar por completo su legado. Este movimiento no es meramente cosmético; implica una reconfiguración de procesos creativos, criterios de casting, producción de vestuario y concepción de un desfile que, históricamente, ha sido objeto de críticas por promover estereotipos de belleza irreal. En la era actual, donde la autenticidad y la diversidad se han convertido en criterios de valoración para marcas de moda y de lujo, la llegada de Selman podría facilitar la generación de una propuesta que combine el lujo aspiracional con una representación más amplia y plural de cuerpos, edades y estilos. De hecho, la frase “renovación creativa” que acompaña la noticia revela una intención explícita de abandonar viejos esquemas para abrazar un lenguaje más dinámico y, a la vez, funcional para las plataformas contemporáneas.
En segundo lugar, la decisión de vincular la pasarela con una estrategia de marketing global que incluye la presencia de figuras y artistas de alcance internacional refuerza la idea de que Victoria’s Secret busca ampliar su alcance y densidad de audiencia más allá de su público tradicional. Al invitar a artistas de renombre mundial como Cher y a representantes del K-pop como Lisa de Blackpink, la marca apunta a cruzar fronteras culturales y demográficas, aprovechando el poder de las fandoms para generar conversación, engagement y, en última instancia, ventas transnacionales. Esta táctica no es ajena a otras marcas de moda que han utilizado los escenarios musicales y las colaboraciones con artistas para renovar su relevancia ante consumidores más jóvenes, que no solo consumen una prenda, sino una experiencia mediática integrada. La inclusión de Tyla, una figura reveladora de la escena juvenil, también apunta a una democratización de la visibilidad, donde la moda de Victoria’s Secret busca dialogar con audiencias que exigen contenido más diverso y representativo. En suma, el desfile funciona como una plataforma de branding que transforma el evento en un vector de identidad corporativa: cada elección de casting, cada colección presentada, cada pieza de vestuario que pisa la pasarela se convierte en una declaración pública sobre los valores y la dirección estratégica de la marca en el corto, medio y largo plazo.
En tercer lugar, la relevancia del desfile no puede evaluarse sin considerar las respuestas y expectativas del público, así como el contexto de críticas que han condicionado la relación de Victoria’s Secret con su audiencia durante años. La marca ha sido objeto de debates intensos sobre diversidad, sexualización y un estándar de belleza percibido como inalcanzable o excluyente. El hecho de que el desfile sea descrito como un esfuerzo por reinventar la imagen sugiere que la dirección quiere responder a estas críticas mediante una representación más amplia de cuerpos y estilos, así como mediante una narrativa que priorice el empoderamiento y la diversidad funcional de sus modelos. Este giro tiene consecuencias tangibles: podría favorecer una mayor aceptación por parte de segmentos de consumidores que hasta ahora habían mirado con escepticismo a la casa, pero también implica un reto significativo. Victoria’s Secret debe mantener la coherencia entre lo que muestra en la pasarela y lo que comunica en sus campañas, tiendas y plataformas digitales. No basta con presentar una diversidad visible en el casting si, en la experiencia del cliente, los mensajes, la calidad de los productos y el trato al cliente no acompañan esa narrativa. En otras palabras, la reconstrucción de la marca debe ser holística: el desfile es el escenario público de una transformación que debe sentirse con consistencia en cada punto de contacto con el consumidor.
La dinámica entre nostalgia y modernidad que se menciona como característica de años anteriores tampoco debe subestimarse. El regreso de símbolos históricos y la presencia de veteranas del modelaje como Tyra Banks y Adriana Lima, mezcladas con figuras contemporáneas como Gigi Hadid, apunta a una estrategia de puente: mantener el vínculo con los recuerdos del público leal mientras se abren caminos hacia una nueva generación de seguidores. Este equilibrio, si se maneja con habilidad, puede generar un efecto de legitimidad dual: por un lado, la marca conserva su estatus icónico; por otro, demuestra adaptabilidad y sensibilidad hacia las tendencias actuales de inclusión y representación. En ese marco, el desfile funciona como un experimento de branding: se prueba cómo reaccionan distintos públicos ante una composición que intenta conservar el legado sin congelarlo, y ante una narrativa que pretende ser más inclusiva sin perder el aura de lujo y aspiración que siempre ha caracterizado a Victoria’s Secret.
No menos importante es la dimensión de la experiencia del usuario en el nuevo modelo de comunicación de la marca. El desfile no se limita a la exhibición de prendas de lencería; se ha convertido en un evento con alcance multimedia: presencia en redes, cobertura de la prensa internacional, y una experiencia que pretende ser suficiente para generar deseo, conversación y cobertura orgánica entre audiencias globales. La estrategia de marketing, por lo tanto, transciende la pasarela para buscar una resonancia más amplia en las plataformas digitales y en los cultos de fans de la música y la moda. En este sentido, la marca parece entender que su valor ya no depende solo de las prendas que diseña, sino de la capacidad de crear experiencias envolventes que conecten emocionalmente con los consumidores. Este enfoque también plantea preguntas sobre la sostenibilidad y la responsabilidad de la marca: el desbordante valor simbólico de un espectáculo de alto perfil debe ir acompañado de prácticas transparentes y consistentes en la cadena de suministro, las condiciones laborales, la diversidad real dentro de la organización y el compromiso con comunidades diversas. La coherencia entre lo que se promete en la pasarela y lo que se entrega detrás de cámaras será crucial para sostener la credibilidad a largo plazo.
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En definitiva, la relevancia de este desfile para Victoria’s Secret, desde una perspectiva estratégica, puede interpretarse como un intento de reconciliar dos objetivos aparentemente contrastantes: conservar la herencia de un imperio de la moda y, al mismo tiempo, forjar una identidad contemporánea que resulte convincente para un público que evalúa con mayor rigor cada acción de las marcas que consume. Es una dualidad que muchas firmas del sector han enfrentado en los últimos años: la necesidad de honrar el legado mientras se responde a la demanda de diversidad, inclusión y responsabilidad social. Si la ejecución de Selman y el diseño de la producción logran generar un discurso visual y narrativo coherente con estos principios, el desfile podría consolidarse no solo como un regreso oportuno, sino como un hito que permita a Victoria’s Secret recuperar tracción en un mercado que ha cambiado radicalmente desde su apogeo. En ese sentido, la pregunta de fondo no es si el desfile es relevante, sino si la marca puede sostener la promesa que emana de ese regreso: una promesa de modernización que no traicione su historia, una promesa de lujo accesible a una generación que valora tanto la estética como la ética, y una promesa de liderazgo en la industria de la lencería que se rija por criterios de diversidad, creatividad y responsabilidad. En la medida en que se cumplan estas condiciones, el desfile pasará a ser visto no solo como un evento de moda, sino como una declaración de intenciones de una marca que aspira a redefinir su propio lugar en una economía de la moda mucho más plural y demandante que la de décadas pasadas.


