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Home Secciones Innovacion

Labubu, el peluche viral que explica cómo nacen (y se evaporan) las tendencias

Labubu, el peluche que irrumpió en la conversación global como un objeto de deseo, no es solo un juguete de vinilo con orejas puntiagudas y una sonrisa afilada.

by España-Moda-Opinion
septiembre 9, 2025
in Innovacion, Marketing, Moda
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Labubu: una tendencia de moda fugaz

Labubu: una tendencia de moda fugaz

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Labubu, el peluche que irrumpió en la conversación global como un objeto de deseo, no es solo un juguete de vinilo con orejas puntiagudas y una sonrisa afilada. Es, como señala la argumentación que vertebra este análisis, un símbolo que encapsula una lógica de contagio de ideas que trasciende lo particular de su diseño. Su tránsito desde un objeto de nicho en el universo “art toy” hasta convertirse en un fenómeno mediático global ilustra, de forma tangible y extensible, cómo funcionan las dinámicas de las tendencias en el siglo XXI. Este recorrido, que empieza en el residual, en lo que podríamos llamar lo sólido de la novedad, y que transita hacia lo gaseoso de la viralidad, es una microhistoria sobre la moda contemporánea como un estado de la materia social: una sustancia que, dependiendo de la temperatura cultural y de la presión de las fuerzas sociales, cambia de forma, densidad y comportamiento, pero que siempre conserva su esencia de generar deseo, pertenencia y discurso. Puedes leer el artículo de Sandra Bravo Durán, PhD original aquí.

Vea también: Skims llega a México: inclusividad en lencería y moda para hombres

La trayectoria de Labubu se entiende mejor si la leemos como un ejemplo de cómo la innovación se organiza en tres fases análogas a estados físicos. En la fase de novedad, Labubu residía en una esfera relativamente restringida, sostenida por comunidades de coleccionistas y aficionados a las artes de diseño. Este estado sólido, con su forma definida y su valor simbólico, es un núcleo que no ha logrado aún una difusión masiva; es una propuesta que, por su calidad intrínseca, puede ser apreciada como una promesa, un rumor de posibilidad que no ha conquistado aún la arena pública mayoritaria. Esta etapa, de acuerdo con Rogers y su difusión de innovaciones, corresponde a los innovadores: individuos que aceptan el riesgo de lo nuevo y que, a menudo, se convierten en agentes de legitimación futura. En Labubu, esa fase inicial se nutre de una economía de lo exclusivo, de ediciones limitadas y de un valor simbólico que reside más en la idea de pertenecer a un círculo que en la mera posesión de un objeto.

Cuando la novedad empieza a difundirse y a cruzar fronteras de comunidad, Labubu transita hacia la fase de tendencia, el estado líquido. En este punto, el objeto deja de ser una rareza para convertirse en un catalizador de conversación y en un marcador de identidad compartida. Es aquí donde emergen los early adopters, aquellos que traducen la novedad en práctica social: la gente empieza a coleccionarlo, a exhibirlo en redes, a crear microcomunidades alrededor de la estética que propone. En una economía de la visibilidad y del rendimiento continuo, la fase líquida de Labubu se beneficia de la movilidad de las plataformas digitales: TikTok, Instagram, YouTube y otras permiten que gestos, imágenes y narrativas se dispersen con una velocidad sin precedentes. Este periodo es, de hecho, el que convierte una pieza de diseño en un lenguaje: el objeto deja de ser una cosa para ser una señal que dice algo sobre el yo, su gusto, su capacidad de pertenencia a una tendencia, su habilidad para estar a la vanguardia de una cultura que está siempre en tránsito.

El momento de la gran viralidad llega cuando Labubu atraviesa el abismo, ese obstáculo crítico que, en la teoría de adopción, separa a la mayoría temprana de la mayoría tardía. Aquí el objeto ya ha demostrado, a través de pruebas sociales y de validaciones por parte de figuras influyentes, su capacidad de sostenerse frente al escrutinio y la competencia. La marca Pop Mart, al adquirir derechos y escalar la distribución en cajas cerradas (blind boxes), genera una experiencia de compra que añade una dimensión emocional. El azar se convierte en un componente clave de la experiencia: la posibilidad de no saber cuál Labubu te tocará añade tensión, deseo y un ritual de espera que amplifica el valor percibido del objeto. Esta experiencia está profundamente enraizada en la lógica de la modernidad líquida, donde la experiencia de consumo ya no es solo obtener un producto, sino participar en una narrativa que depende de la emoción, el misterio y la anticipación compartida.

Una vez que el fenómeno alcanza una presencia masiva, entra en la fase gaseosa: el objeto se masifica, se vuelve omnipresente y, paradójicamente, empieza a perder densidad emocional. La visibilidad masiva, la saturación y la proliferación de variantes y copias generan una inflación de oferta que puede diluir el aura de unicidad que alimentaba el deseo original. En esa fase, la dinámica del mercado se parece al desplazamiento descrito por Arquímedes: un objeto que desplaza otros signos estéticos en el mismo espacio cultural se revela como un elemento que, al crecer su masa social, desplaza a otros objetos y narrativas de menor o igual peso simbólico. Labubu, al convertirse en un accesorio de lujo, en una señal de estatus o en un simple elemento decorativo en bolsos de alta gama, inscrita en el paisaje visual de la cultura de consumo, se mantiene como una pieza de conversación, pero su densidad emocional y su capacidad de generar deseo puro comienzan a depender menos de su propiedad física y más de la historia que se teje en torno a él: la inclusión en un discurso de pertenencia generacional, la nostalgia estética y la posibilidad de que el objeto sea sustituido por una versión más “nueva” o más “exótica”.

Este marco de lectura, que se apoya en la idea de que la innovación es la materia de la moda, ofrece una forma de entender por qué Labubu no es solo un producto, sino una estructura social capaz de activar comportamientos colectivos, rituales de consumo y estrategias de marketing que aprovechan la movilidad de audiencia. En este sentido, la temperatura cultural y la presión simbólica son conceptos que convienen con la teoría de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman: la sociedad contemporánea favorece la flexibilidad, la adaptabilidad y la capacidad de los sujetos para reconfigurarse a partir de las imágenes y narrativas disponibles. La visibilidad se convierte en una mercancía y, en tanto tal, se negocia en un circuito de valor que depende de la capacidad para generar resonancia en una red de relaciones que trasciende lo particular para volverse común.

La parte más interesante de este análisis, sin embargo, radica en descentrar la idea de que las tendencias son meras modas pasajeras impulsadas por caprichos de consumidores o por algoritmos que gobiernan el deseo. Aquí se propone que las modas operan como procesos estructurados: no son accidentes, sino resultados de una interacción entre lo externo (campañas, lanzamientos, presencia mediática) y lo interno (deseo colectivo, identidad personal, pertenencia). En Labubu, esa interacción se manifiesta en tres vectores de empuje: marcas, algoritmos e influencers. Las campañas y lanzamientos generan un marco de referencia que orienta la atención, el algoritmo amplifica ciertas narrativas y contenidos, y los influencers, con su autoridad simbólica, legitiman la utilidad y el valor del objeto en determinados grupos. Este triángulo de fuerzas convierte la tendencia en una corriente que, para mantenerse, necesita de un terreno fértil de deseo compartido. Las comunidades que se crean alrededor del objeto funcionan como laboratorios sociales donde se negocian identidades, se prueban límites estéticos y se forja una memoria colectiva que, a su vez, alimenta nuevas variaciones y líneas de productos. De esta manera, Labubu no es un fin en sí mismo, sino un nodo en una red de significados que se reconfigura conforme cambian las condiciones del ecosistema cultural y de consumo.

Otra dimensión crucial es el papel del yo en la modernidad tardía, tal como lo discuten pensadores como Anthony Giddens. En este marco, la identidad personal se construye mediante elecciones, imágenes y narrativas disponibles en la cultura mediática. Labubu funciona como un espejo de este proceso: al convertirse en un objeto que se lleva en bolsos de lujo o que se exhibe en publicaciones, el peluche se transforma en una declaración performativa de pertenencia, de estilo y de afinidad generacional. El yo ya no es una entidad estática sino un proyecto reflexivo que se moldea a partir de lo que se comparte, de lo que se ve y de lo que se desea mostrar a otros. Este fenómeno, que Byung-Chul Han describe como recompensa de la visibilidad y de la productividad constante, sugiere que cada tendencia no es solamente una estética, sino una máscara provisional que permite a los individuos posicionarse, experimentar y comunicarse en una cultura saturada de estímulos. En este sentido, Labubu se convierte en una especie de idioma visual que facilita la pertenencia a una comunidad de gustos, de narrativas y de experiencias compartidas, aun cuando esa pertenencia sea efímera o transitoria.

La reflexión sobre la volatilidad de estas modas no debe perderse en la fascinación por la novedad. El ciclo de Labubu, desde su surgimiento hasta su popularización y, potencialmente, su evaporación, es un recordatorio de que las tendencias tienen una vida útil y que su poder reside en su capacidad de crear momentos de conexión que luego pueden extenderse a otros formatos o generaciones. El formato de venta por cajas cerradas, el “hype” alrededor de ediciones limitadas y la participación de celebridades no son simplemente estrategias de marketing: son ingredientes que alteran la experiencia de consumo, intensifican la emoción de lo impredecible y, por tanto, sostienen la narrativa de modernidad líquida. En el momento en que esa narrativa se agota, surge la posibilidad de una renovación: nuevas versiones de Labubu, nuevas colaboraciones, o bien la transformación del objeto en un símbolo de nostalgia estética que, paradójicamente, podría reencontrar nuevas formas de valor y relevancia si se recontextualiza de manera inteligente.

Desde la perspectiva de las marcas, el verdadero reto no es detectar lo nuevo en abstracto, sino entender en qué punto del ciclo se encuentra una tendencia para decidir si es oportuno invertir, si conviene reorientar esfuerzos o si conviene, por el contrario, retirar la atención de ese objeto antes de que su valor se disipe. Este es un aprendizaje práctico para el mundo del diseño, la moda y el marketing: conocer el estado de la materia social de una tendencia—si está sólida, si está líquida o si ya es gaseosa— permite prever riesgos y gestionar inversiones de forma más estratégica. En el caso de Labubu, ese conocimiento podría traducirse en estrategias de producto que permitan prolongar su ciclo sin sacrificar su aura de novedad, o en planes de comunicación que capitalicen la narrativa de pertenencia sin caer en la saturación que apaga el deseo. De lo contrario, la historia podría repetirse: una moda que se evapora tan rápido como llegó, dejando detrás pequeñas lecciones sobre la velocidad del cambio y la fragilidad de la atención.

La lección final que emergen de este análisis no es una que reduzca la complejidad de las tendencias a una fórmula simple, sino una invitación a observar con ojo crítico las dinámicas que las sostienen. Labubu nos enseña que la moda es una mercancía de significados tan poderosa como el objeto físico que la impulsa. Su valor reside menos en la forma exacta de su diseño que en la capacidad de activar una red de relaciones sociales, en la posibilidad de que una imagen, un gesto o un accesorio funcione como un lenguaje que articulan identidades, aspiraciones y pertenencias. En un mundo donde la atención es un recurso escaso y la visibilidad se traduce en capital simbólico, lo que comienza como una pieza de colección puede transformarse en un fenómeno social que revela, a la vez, el deseo de individualidad y la necesidad de inmediatez compartida. Y es precisamente esa tensión entre lo singular y lo colectivo, entre lo exclusivo y lo masivo, lo sólido y lo gaseoso, lo que da sustancia al fenómeno Labubu y, en un sentido más amplio, a la manera en que nacen, crecen y se desvanecen las tendencias en la era de la conectividad y la producción de significados en red.

Si miramos hacia el futuro inmediato, es razonable preguntarse qué podría venir después de Labubu en el ciclo de la moda líquida. ¿Qué tipo de objeto podría convertirse en el nuevo símbolo peut-être de pertenencia generacional? ¿Qué alianzas entre marcas, plataformas y creadores podrían forjar el siguiente hito de la cultura de consumo? Y, sobre todo, ¿cómo pueden las marcas y los creadores cultivar una relación sostenible con la novedad sin caer en la tentación de convertir todo en una estrategia de viralidad que se disipe con igual rapidez con que se ha construido? Estas preguntas no buscan negar la aleatoriedad que a veces acompaña a las modas, sino que invitan a una lectura que reconozca la estructura subyacente: que las tendencias, si bien imprevisibles en sus detalles, siguen obedeciendo a principios de organización social que pueden estudiarse, anticiparse y, en cierta medida, gestionar.

Vea también: Canelo Álvarez, embajador de AMIRI: lujo y disciplina en una campaña

Labubu es un caso emblemático de cómo funciona la moda en el siglo XXI cuando se entiende como una materia social en tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Es también una invitación a pensar la cultura de consumo no solo como un catálogo de objetos, sino como un paisaje dinámico de deseos, identidades y rituales que se entrelazan con la tecnología, la economía de plataformas y las aspiraciones personales. Y, en ese paisaje, la innovación ya no es un simple antecedente de la moda, sino su motor constitutivo: la sustancia de la que está hecha la cultura contemporánea, capaz de desplazarse, transformarse y, a veces, evaporarse, dejando tras de sí la huella de una experiencia compartida y un aprendizaje sobre cómo nacen, se difunden y desaparecen las tendencias en un mundo que ya no distingue con claridad entre lo que es novedad y lo que es moda. En última instancia, entender Labubu nos ayuda a entender, un poco mejor, la lógica de la saliencia en la cultura popular: aquello que logra desplazarnos a todos, aunque solo sea por un instante, para luego dejarnos con la pregunta de qué llegará después y qué significa, exactamente, pertenecer a una generación que vive en un fluido continuo de signos, símbolos y objetos que hacen de la moda una experiencia colectiva más que una colección de piezas aisladas.


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Source: The conversation
Tags: algoritmosbrandingcultura de consumoinfluencersInfluenciainnovaciónMarketingmoda líquidaobjetos de deseoPhDSandra Bravo Durántendencias
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