En la experiencia contemporánea, la religión y la moda se cruzan en un punto donde lo sagrado se vuelve lenguaje, símbolo y experiencia estética. Lo que sucedió en el Jubileo 2025 en Roma y, en particular, del desfile de Dolce & Gabbana en el Castillo de Sant’Angelo, propone entender la pasarela no solo como vitrina de lujo, sino como un escenario en el que se reescriben significados atávicos para adaptarlos a un presente caracterizado por la aceleración, la diversidad de identidades y un deseo profundo de sentido. La escena es, a la vez, provocadora y profundamente reflexiva: la moda toma prestados signos litúrgicos y, en lugar de vaciar su simbolismo, los transforma en instrumentos para explorar identidades colectivas, memoria y espiritualidad secular.
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Para comprender este fenómeno, conviene recordar que moda y religión comparten una serie de estructuras que las hacen, en apariencia, opuestas y, sin embargo, profundamente compatibles: ambas codifican el cuerpo, organizan lo visible y crean comunidad. Existen reglas, autoridades, símbolos, calendarios y vestimentas rituales que, cuando se observan con detenimiento, revelan que la moda puede funcionar como un archivo simbólico tan denso como cualquier texto sagrado. En ese sentido, la idea de que la ropa es capital simbólico, formulada por Pierre Bourdieu, encuentra resonancia en la forma en que la Iglesia Católica ha construido a lo largo de siglos un archivo visual imponente: colores litúrgicos, prendas y objetos rituales que siguen apareciendo en colecciones de moda y que son reconocibles incluso cuando se trasladan a contextos contemporáneos.
La Met Gala de 2018 y la exposición Heavenly Bodies ofrecen una cartografía clara de este diálogo entre lo sagrado y lo profano, mostrando cómo piezas de alta costura se entrelazan con ornamentos litúrgicos cedidos por el Vaticano para crear una experiencia que es a la vez espectáculo y reflexión. En esas lecturas, personajes como Rihanna vestida de papa barroco o Zendaya como Juana de Arco revelan una capacidad de la moda para convertir signos religiosos en actos performativos que invitan a repensar la religión como archivo emocional y como lenguaje. Pero mi enfoque va más allá de la provocación. Cuando la moda adopta símbolos de lo sagrado, los resignifica, no sólo como cita estética, sino como experiencia compartida que reinterpreta rituales y símbolos para llenar de actualidad una herencia histórica. Es, en este sentido, una liturgia laica: un marco ritual que opera fuera de los templos, en pasarelas, redes sociales y vitrinas.
El Jubileo de 2025, celebrado en Roma, ofrece un marco concreto para entender este fenómeno: en tiempos de incertidumbre acelerada, con inquietudes ambientales, crisis institucionales y una sensación general de desbordamiento, muchos buscan anclajes simbólicos que aporten solemnidad y continuidad. La religión, como lenguaje visual, conserva una potencia que no depende necesariamente de la práctica devota cotidiana; su capacidad de generar símbolos, rituales y narrativas estructuradas continúa siendo una fuente de sentido. En las pasarelas y en las plataformas de redes sociales, ese lenguaje se desenvuelve como una experiencia estética que, lejos de ser mera exhibición, invita a una reflexión sobre la trascendencia y la memoria. Vestir lo sagrado, entonces, se convierte en un acto de conexión intergeneracional: una forma de recordar que, incluso en una cultura dominada por la inmediatez, pueden sostenerse relatos que den sentido a la experiencia humana.
La presencia de una estética litúrgica en un evento de alta moda de temporada alta no es aislada ni fortuita. Es, más bien, un síntoma de una necesidad cultural profunda: la búsqueda de continuidad ante una realidad líquida. En el mundo contemporáneo, donde la velocidad de las imágenes y la volatilidad de las tendencias dominan, la elección de vestirse con motivos y códigos religiosos puede entenderse como una tentativa de anclar la identidad, de afirmar pertenencia y de propiciar una experiencia compartida de lo trascendente. No se trata de fe doctrinal, sino de una movilidad simbólica que otorga a la cultura un lugar para asimilar lo espiritual como una experiencia estética y emocional que trasciende lo meramente temporal.
El movimiento hacia el modest fashion amplía la conversación desde la haute couture hacia escenarios de consumo más amplios y variados. Este giro global, impulsado por mujeres de distintas tradiciones religiosas que desean expresar su fe a través de la vestimenta, evidencia que la relación entre fe, ética y estilo no es marginal ni exclusiva de una élite, sino que se ha institucionalizado de manera relevante. Marcas y plataformas han respondido a esta sensibilidad con colecciones y categorías específicas que permiten vestir con un lenguaje que concilia convicciones, estética y comodidad. El modest fashion —con sus comunidades, sus debates sobre decoro y su foco en la agencia personal— muestra que la moda puede ser una arena de negociación social y de afirmación identitaria. En este marco, la cobertura y el diseño de prendas dejan de ser simples decisiones estéticas para convertirse en actos de reconocimiento y pertenencia.
La conversación sobre la relación entre fe y espectáculo, a menudo acusada de ser superficial, adquiere una profundidad nueva cuando se la sitúa en el marco de la modernidad líquida descrita por Lipovetsky: una cultura obsesionada con lo nuevo, en la que lo efímero tiende a dominar. Cuando lo sagrado y lo fashion se cruzan, surge un espacio en el que la moda busca algo que la excede: solemnidad, arraigo, sentido. En esa intersección, la abyecta de la cultura contemporánea —la saturación de contenidos, la multiplicidad de identidades y la velocidad de la circulación de imágenes— se contrasta con la necesidad humana de profundidad y de un marco de significado que permita a las personas sentir que no todo se desvanece sin dejar rastro. Un crucifijo bordado, una paleta de dorados, una silueta que evoca liturgia: estos elementos no son simples adorno; son signos que remiten a una posibilidad de experiencia compartida, de memoria y de identidad colectiva que persiste pese a la volatilidad de la era digital.
Vistos así, los desfiles ya no son simples desfiles. Se convierten en rituales performativos que, aun sin una adhesión religiosa formal, proponen una experiencia de lo sagrado como archivo común. Esta lectura no niega la complejidad de los límites éticos y de la tensión entre apropiación y respeto; más bien la sitúa en el centro de la conversación, invitando a una vigilancia crítica sobre qué dinámicas de poder se sostienen cuando símbolos religiosos circulan de manera global en la ropa, el marketing y la cultura popular. ¿Qué significa, en ese contexto, que una prenda lleve bordados litúrgicos o que una colección se inspire en rituales e imaginería sagrada? La respuesta no se reduce a una pregunta de buena o mala intención: se trata de comprender cómo se negocian, reinterpretan y sostienen sentidos que pueden ser a la vez personales, comunitarios y culturales a gran escala.
En definitiva, la estética litúrgica en el Jubileo no es una moda pasajera: es una pista de una necesidad estructural de la cultura contemporánea. La gente busca continuidad, memoria y un marco simbólico que permita sentir que lo trascendente no ha desaparecido ante la velocidad de la modernidad. Vestir lo sagrado, en este sentido, funciona como un acto de conexión intergeneracional y como una forma de sostener narrativas que den sentido a la experiencia humana en un mundo cada vez más líquido. El Jubileo se convierte en una metáfora de redención y renovación que ilumina la capacidad de la moda para reinterpretar lo antiguo y otorgarle nuevas formas de significación, sin perder esa voluntad de solemnidad que resiste la trivialización. En esa lectura, las pasarelas dejan de ser escenarios de lujo para convertirse en archivos vivos donde se negocian valores y se comunican ideas de identidad, comunidad y trascendencia a través de la estética.
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Si se mira con atención, esta dinámica revela una visión amplia y matizada de la relación entre religión y moda: no se agota en provocaciones o tendencias aisladas, sino que se sitúa dentro de una lógica cultural mayor, en la que símbolos históricos pueden ser reapropiados y resemantizados en contextos contemporáneos para comunicar identidad, pertenencia y sentido de lo trascendente. En última instancia, la moda, cuando dialoga con lo sagrado, se convierte en un catalizador de reflexión colectiva sobre lo que significa creer, pertenecer y vivir con un sentido de lo eterno en una realidad marcada por la volatilidad. Este marco de lectura invita a mirar las pasarelas no solo como escenarios de lujo, sino como archivos vivos donde se negocian y comunican valores que, a través de la estética, siguen dando forma a la experiencia humana.


