La conversación sobre desfiles sin móviles, que impulsó The Row de Mary-Kate y Ashley Olsen al inicio de 2025 y ha seguido resonando en las semanas de la moda y en los escaparates de firmas como Sophie et Voilà y Martine Rose, pone sobre la mesa una pregunta central para la industria: ¿puede el lujo y la experiencia en vivo resistir la tentación de convertir todo en contenido para redes y, al hacerlo, abrir o clausurar caminos hacia una nueva tendencia? Este análisis propone acercarse a la cuestión desde varios ángulos: el significado cultural y estético de la prohibición, las tensiones entre exclusividad y accesibilidad, las posibles consecuencias para la identidad de marca y para el negocio, y el horizonte que se abre para una industria que convive entre lo analógico y lo digital, entre el silencio de una pasarela y el ruido de la viralidad.
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En primer lugar, cabe situar el gesto de The Row dentro de una tradición no escrita de la moda: la experiencia de presentación como ritual. Las invitaciones, la ambientación, la duración y la narrativa del desfile siempre han sido más que la mera exhibición de prendas; son contratos simbólicos entre la marca y su público. En ese marco, la decisión de pedir a los asistentes que eviten capturas o compartir contenido durante la experiencia funciona como una señal clara: el valor reside en lo que ocurre en el espacio y momento presentes, no en la posibilidad de convertirlo en un material difundible de inmediato. Es decir, se trata de convertir la pasarela en un acontecimiento irrepetible, donde la atención del público se dirige hacia el objeto, el diseño, la sastrería y la realización técnica de las prendas, más que hacia la construcción de una narrativa social alrededor de la experiencia. Esta postura no es exclusivamente estética; también es una declaración de principio sobre el trato con el consumidor y la relación entre el creador y el público: el desfile se vuelve una experiencia de inmersión en la que la belleza, la artesanía y la concepción del producto pueden apreciarse sin la intermediación de pantallas que fragmentan la atención y despersonalizan la percepción.
Sin embargo, la lectura de esta práctica no puede limitarse a lo romántico o a lo contemplativo. Existen tensiones profundas entre esa promesa de intimidad y el tejido económico de la moda, donde el alcance, la visibilidad y la capacidad de generar demanda son componentes cruciales. En la industria actual, la viralidad puede convertirse en un motor de reconocimiento, ventas y expansión de marca. Al prescindir de móviles, The Row está presionando contra una lógica de visibilidad inmediata: la marca apuesta por una experiencia que se sostiene por sí misma, no por la capacidad de amplificarla en tiempo real. Este posicionamiento puede interpretarse como un intento de revalorizar lo que podría llamarse el “valor de la experiencia” frente al “valor de la exposición”. En términos prácticos, podría traducirse en una reducción de distracciones para los asistentes y una mayor concentración en la calidad de las prendas, la sastrería, el ajuste en maniquí y la confección. Pero también implica un costo: menor alcance orgánico inmediato, menor generación de contenido de marca que alimenta el ecosistema de influencers y la conversación pública, y una dependencia mayor de la prensa tradicional y de compradores para la diseminación de la noticia.
La cobertura mediática alrededor de esta tendencia ha sido ambivalente y, a propósito, revela una brecha entre distintos actores del sector. Por un lado, voces influyentes, como Vanessa Friedman de The New York Times, expresaron reservas respecto a la idea de que no tomar fotografías interfiera con la experiencia sensorial o con la comprensión plena de la colección. Por otro, seguidores y público general celebraron la apuesta como una señal de respeto por lo analógico y por la experiencia en vivo, valorando la promesa de que el momento presente no se diluya en segundos de vídeo o imágenes que circulan a velocidad de la red. Este choque entre corporatividad y autenticidad es, en sí, un indicio de que la moda contemporánea está interpelada por la tensión entre dos modelos de consumo: el modelo que prioriza la experiencia singular y el de la producción de contenidos que alimentan una economía de visualización y de influencia. En este sentido, la decisión de The Row no es solo un capricho estético; es una intervención en la política de consentimiento del público respecto a la información y al acceso a la experiencia de la marca. Si la marca decide que la experiencia debe permanecer en el silencio de la sala, está estableciendo una frontera de acceso que privilegia a un grupo concreto de personas —prensa, compradores y tal vez clientes selectos— y que, a su vez, mantiene un aura de exclusividad alrededor del desfile. Y esta exclusividad no es inocente: funciona como una promesa de que la experiencia de ver la colección en vivo será algo excepcional, no replicable por la mera visualización de imágenes posdesfile.
La afirmación de que la exclusividad puede ser la cara visible de una “redefinición del lujo” no es nueva, pero toma aquí un matiz particular: el lujo silencioso. Este concepto sugiere un alejamiento de la ostentación y del ruido para privilegiar una experiencia centrada en la calidad, la contención y la precisión de cada detalle. En el horizonte, podría leerse como una señal de que ciertas casas buscan posicionarse como guardianes de una tradición artesanal que, paradójicamente, debe defenderse de la sobreexposición digital para no verse corrompida por la velocidad de la inmediatez. The Row, en este marco, no solo está diciendo “no graben” sino articulando una ética de consumo que invita a la calma, a la reflexión y a la valoración lenta de la prenda. Este giro podría, a corto plazo, limitare la difusión espontánea, pero a medio y largo plazo podría cimentar una narrativa de marca basada en la exclusividad y la sofisticación discreta, diferenciado de una industria que, como tendencia dominante, busca capturar cada momento para monetizarlo de inmediato.
La aparición de otras firmas en la misma línea —Sophie et Voilà en Barcelona, Martine Rose en Londres— aporta claridad sobre un fenómeno que podría interpretarse como un movimiento de resistencia frente a la saturación de contenidos en redes. Sophie et Voilà, con su desfile sin móviles como “secreto” y “resistencia”, reubica la moda nupcial en un terreno que valora la experiencia exclusiva y la anticipación contenida. Su propuesta pretende recuperar una idea de ritual y secreto, donde el vestido de novia solo se revela en un momento concreto, creando un crescendo emocional que no puede ser capturado o replicado de forma suficiente por la experiencia mediática. Martine Rose, por su parte, enfatiza la atención en la experiencia en directo y en la autenticidad de las prendas. En ambos casos, la decisión se acompaña de un manifiesto que defendía un nuevo paradigma: silencio, diseño puro y emoción contenida. Esta retórica, que apela a una especie de purismo estético, sugiere que, para ciertas firmas, la moda no es solo un objeto de consumo sino un acto de comunión entre la prenda y el espectador, una experiencia que merece ser vivida sin intermediarios. En este sentido, el movimiento podría interpretarse como un esfuerzo por restablecer un vínculo más directo, menos mediatizado, entre el creador y el usuario final, un tipo de relación que parece haber quedado eclipsada por la omnipresencia de las plataformas sociales.
La cuestión de la accesibilidad es central en este debate. A primera vista, la prohibición de dispositivos parece contradecir el ideal de democratización de la moda: más personas podrían acceder a la experiencia a través de redes, más voces podrían participar en la conversación, y más universidades, estudiantes, periodistas independientes y aficionados podrían involucrarse. Sin embargo, los detractores señalan que estas políticas refuerzan una barrera social y económica: limitan la audiencia a quienes ya tienen un contacto directo con la industria, a aquellos que pueden atender el coste y el esfuerzo de asistir a un desfile en un lugar y momento específicos. En un mundo donde la moda es una industria de masas que genera grandes volúmenes de datos, análisis de tendencias y estrategias de marketing basadas en el alcance, la decisión de reducir el alcance mediático puede percibirse como una táctica de elitismo. En este marco, la crítica de expertos como Rian Phin resalta una preocupación legítima: al potenciar un acceso restringido, se podría promover una forma de superioridad cultural, desviando la industria de su misión de innovación y transparencia. El debate, pues, no se cierra con la mera evaluación estética de una pasarela sin móviles; se abre a preguntas sobre qué tipo de consumidor quiere la industria construir, qué significa exactamente “participación” en la moda y si el valor de una colección se mide por el número de pantallas que la muestran o por el impacto que tiene en la experiencia de quienes pueden asistir.
Otro capítulo de la discusión se refiere a la identidad de marca y al largo plazo. The Row, Sophie et Voilà y Martine Rose no son sólo firmas; son declaraciones de identidad que se posicionan frente a un paisaje donde la velocidad de difusión de las imágenes y la viralidad en redes parecen, para muchos observadores, el motor principal de la moda contemporánea. Al optar por la clandestinidad de la experiencia, estas marcas están enviando un mensaje claro sobre quiénes son y a quiénes quieren dirigir su discurso: a una audiencia selecta, que valora el proceso de creación, que busca experiencias que vayan más allá de la mera exposición de las tendencias y que está dispuesta a invertir en una experiencia que, por su naturaleza, no estará disponible para todos. Este posicionamiento puede reforzar la percepción de una moda más consciente, menos consumista y más centrada en la calidad y la atemporalidad, pero también podría acarrear riesgos. Si la demanda y la relevancia social de una marca dependen de su capacidad para generar conversación, visibilidad y viralidad, entonces una estrategia que restringe la difusión podría debilitar su presencia en el largo plazo, especialmente ante un público joven que está habituado a experimentar la moda a través de pantallas, filtros y algoritmos. Además, existe el riesgo de que la experiencia en vivo se convierta en un evento de nicho, que no transcende el círculo de insiders, lo cual podría erosionar, con el tiempo, su atractivo como arte y como forma de expresión para un público más amplio.
La pregunta de si este fenómeno podría convertirse en “una nueva tendencia” o permanecer como una tendencia marginal depende, entre otros factores, de la continuidad de estos posicionamientos y de la capacidad de la industria para equilibrar dos polos aparentemente opuestos: el deseo de una experiencia íntima y la necesidad de abrirse a un público que evoluciona hacia una moda cada vez más participativa y compartible. En su forma más optimista, este movimiento podría enriquecer la conversación sobre moda, invitando a una reflexión más profunda sobre el valor del diseño, la técnica y la experiencia sensorial frente a la cultura de la inmediatez digital. En su forma más pesimista, podría verse como una maniobra de marketing que, disfrazada de posicionamiento ético o estético, refuerza barreras de acceso y alimenta un aura de elitismo que contraviene la idea de la moda como un fenómeno democratizante. En cualquier caso, el fenómeno ha puesto sobre la mesa un tema de gran actualidad: la relación entre presencia física y presencia digital, entre el silencio de una sala y la inagotable circulación de imágenes en redes, y el modo en que estas dos realidades pueden coexistir o entrar en conflicto dentro de una misma temporada.
La discusión también invita a preguntarse por el papel de la critica especializada y de la prensa en la evaluación de estas prácticas. Si bien, como se ha visto, no todas las voces acaban en la misma dirección, lo significativo es que la conversación ha adquirido una tonalidad más amplia: no se trata solo de si las colecciones son vestibles, sino de qué tipo de experiencias la moda está dispuesta a sacrificar o preservar para sostener una ética de marca, de calidad, de autenticidad. Los comentaristas que apuestan por la continuidad de estas políticas argumentan que, al privilegiar la experiencia en vivo, se promueve una forma de arte que exige atención sostenida y que no puede reducirse a la mera mercancía o a la simple excusa para la creación de contenidos. Los críticos de estas políticas, por su parte, advierten que la moda no puede reinventarse a costa de su capacidad de comunicar, de su accesibilidad y de su capacidad para mantener un diálogo con un público que, de otro modo, quedaría fuera de la conversación.
En definitiva, lo que está en juego no es una simple discusión sobre si hay que permitir o prohibir dispositivos en un desfile, sino una discusión sobre qué tipo de relación quiere sostener la moda con su público en una era marcada por la hiperconectividad y la saturación de contenidos. Es, quizá, una lectura de la moda como una práctica cultural que busca sostenerse entre dos fuerzas que a veces parecen irreconciliables: la necesidad de silencio, de pausa y de contemplación, y la necesidad de visibilidad, de accesibilidad y de participación colectiva. Si el sector logra tejer un equilibrio que permita, por un lado, la experiencia íntima y de calidad de un desfile con un grupo selecto de asistentes y, por otro, la posibilidad de que esa experiencia resuene más allá de la sala, a través de contenidos bien curados y accesibles, podría estar sentando las bases para una nueva forma de entender la moda: una moda que no depende exclusivamente del ruido de las redes, sino que encuentra su fuerza en la singularidad del momento compartido, en la artesanía que se aprecia con la mirada directa y en la capacidad de inspirar una conversación que trascienda el instante de la pasarela.
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A modo de cierre, conviene recordar que las próximas Semanas de la Moda serán un laboratorio natural para observar si estas apuestas se consolidan o si se diluyen ante la presión de un ecosistema que opera con dos velocidades casi opuestas: la velocidad de las redes, que exige actualizaciones continuas y contenidos constantes, y la velocidad de la experiencia física, que recompensa la paciencia, la atención y el valor de lo irrecuperable. En ese cruce, la moda podría encontrar una vía de equilibrio, una ruta que combine el lenguaje del silencio con la necesidad de comunicar, la preservación de una experiencia íntima con la apertura a un público cada vez más diverso. De ser así, Desfiles sin móviles no solo abriría una nueva tendencia de la que se hablaría durante una temporada; podría convertirse en una piedra angular para un nuevo marco ético y estético de la moda contemporánea, donde el valor de la prenda ya no se mida únicamente por la visibilidad mediática que genera, sino por la intensidad de la experiencia que propone, por la manera en que invita a mirar, a sentir y a recordar, y por la capacidad de sostenerse en el tiempo como una promesa de calidad y de autenticidad frente a la velocidad que lo invade todo. En última instancia, la pregunta que persiste es si la industria logrará sostener esa promesa ante la tentación de convertir cada desfile en un evento altamente compartible, o si, por el contrario, se verá obligada a ajustar sus apuestas para seguir siendo relevante en un mundo que parece demandar siempre más contenidos, siempre en tiempo real.


