En el universo de la alta relojería, existen piezas que trascienden su función para convertirse en símbolos históricos, modelos como el Daytona “Paul Newman”, el “Bao Dai” o el Oyster Perpetual que acompañó la expedición al Everest son ejemplos de relojes que marcaron época, sin embargo, mucho antes de que estos íconos salieran de la cadena de producción de Rolex, un discreto reloj de oro protagonizó un momento decisivo que transformó para siempre la industria relojera, su historia está ligada a una mujer pionera y a una hazaña que desafió los límites humanos.
A principios de los años 20, Mercedes Gleitze, una joven secretaria británica de ascendencia alemana, comenzó a nadar largas distancias en el río Támesis como parte de su entrenamiento personal, inspirada por el logro de Gertrude Ederle, quien en 1926 se convirtió en la primera mujer en cruzar a nado el Canal de la Mancha, Gleitze decidió intentar la misma travesía, el 7 de octubre de 1927, partiendo desde Cap Gris-Nez en la costa francesa, logró completar el cruce en 15 horas y 15 minutos, convirtiéndose en la primera mujer británica en lograrlo.
Su hazaña fue rápidamente puesta en duda por una nadadora rival que afirmó haberla superado, aunque la acusación resultó ser falsa, Gleitze decidió repetir la travesía el 21 de octubre para defender su título, fue entonces cuando su historia llegó a oídos de Hans Wilsdorf, fundador de Rolex, quien vio en ella la oportunidad perfecta para demostrar la resistencia de su nueva creación: el Rolex Oyster, el primer reloj de pulsera verdaderamente impermeable.
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Wilsdorf había estado trabajando durante años en el desarrollo de una caja hermética que protegiera el mecanismo del reloj de la humedad y el polvo, en 1926, obtuvo la patente de la caja Oyster, que más tarde se combinaría con el movimiento automático Perpetual para dar vida al Oyster Perpetual, base de los relojes Rolex modernos, para la segunda travesía de Gleitze, Wilsdorf le entregó un Oyster, convirtiéndola en la primera embajadora oficial de la marca.
Aunque Gleitze no logró completar el segundo cruce debido a las bajas temperaturas, el reloj que llevaba en su muñeca funcionó perfectamente durante todo el intento, este hecho fue ampliamente publicitado por Rolex, que colocó anuncios en los principales periódicos británicos destacando la resistencia del Oyster, así nació una estrategia de marketing que cambiaría para siempre la forma en que se promocionaban los relojes de lujo.
El Rolex de Gleitze no solo demostró la eficacia técnica de la caja Oyster, sino que también posicionó a la marca como sinónimo de innovación y fiabilidad, su historia se convirtió en el punto de partida de una narrativa que ha acompañado a Rolex durante casi un siglo, consolidando su reputación como líder en relojería de precisión y aventura.
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Hoy, ese humilde reloj de oro está valorado en 1,1 millones de euros, no por sus materiales, sino por su legado, es considerado uno de los relojes más importantes de la historia, no solo por su papel en el desarrollo técnico de la marca, sino por su conexión con una mujer que desafió las normas de su tiempo, Mercedes Gleitze no solo abrió camino en el deporte, sino también en la historia de la relojería.
La historia del Rolex Oyster de Gleitze es un recordatorio de que la innovación no siempre nace en laboratorios, sino en momentos de coraje y determinación, su travesía marcó el inicio de una nueva era para Rolex, que desde entonces ha acompañado a exploradores, atletas y visionarios en sus desafíos más extremos, ese reloj, hoy convertido en pieza de museo, sigue contando una historia que va mucho más allá de las horas.
Con su valor actual y su impacto histórico, el Rolex Oyster de Mercedes Gleitze se ha ganado un lugar privilegiado en la relojería mundial, no es solo un reloj, es el testimonio de una alianza entre tecnología, aventura y visión empresarial que cambió para siempre la forma en que entendemos el tiempo.

