«Por razones de piedad humana, la familia Adolf Dassler no hará comentario alguno sobre la muerte de Rudolf Hassler», esta fría y elocuente declaración, emitida por Adidas tras el fallecimiento del fundador de Puma, encapsula la intensidad de una rivalidad que transformó la industria del deporte y cuyo escenario más emblemático ha sido, históricamente, la Copa del Mundo del Fútbol, lo que comenzó como un conflicto cainita entre dos hermanos alemanes se ha escalado hasta convertirse en una batalla global multipolar, donde Nike desafía el antiguo duopolio europeo.
La saga nace en la pequeña localidad bávara de Herzogenaurach, un pueblo tradicionalmente dedicado a la fabricación de calzado, aquí, los hermanos Rudolf y Adolf Dassler unieron sus talentos complementarios tras la Primera Guerra Mundial. Adolf, introvertido y genial para el diseño, concibió la idea de especializarse en calzado deportivo. Rudolf, extrovertido y hábil para las ventas, manejó el negocio, juntos fundaron en 1924 la «Gebrüder Dassler Schuhfabrik», una empresa familiar que logró sobrevivir a la hiperinflación de la República de Weimar y que encontró un inesperado impulso en la maquinaria de propaganda nazi, que exaltaba el culto al cuerpo ario.
El punto de inflexión que catapultó la empresa familiar al estrellato mundial ocurrió en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, Adolf convenció al entrenador del equipo alemán de atletismo para que probaran sus zapatillas con clavos, y logró que el mismísimo Jesse Owens, la estrella estadounidense, las usara, las cuatro medallas de oro de Owens, calzado con Dassler, se convirtieron en la mejor campaña global imaginable, validando la visión de Adolf de que el futuro estaba en el deporte de élite, este éxito, sin embargo, sembró las semillas de la ruptura.
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La relación fraternal se fracturó irrevocablemente durante la Segunda Guerra Mundial, en un conflicto alimentado por sospechas mutuas de traición y ambiciones personales, en 1948, la separación fue total: Adolf fundó Adidas (a partir de su apodo, «Adi», y su apellido) y Rudolf creó Puma, inicialmente llamada Ruda, el pueblo de Herzogenaurach se dividió literalmente en dos bandos, dando inicio a una de las rivalidades comerciales más personales y encarnizadas de la historia, donde cada Mundial de Fútbol se convertía en el campo de batalla por la supremacía.
Durante décadas, el fútbol mundial fue un duelo binario entre las dos marcas alemanas, Adidas, con su icónica triple banda, se consolidó como el proveedor oficial de la FIFA y equipó a leyendas como Pelé, Puma respondió vistiendo a estrellas de igual calibre, como Maradona. Cada Mundial era una medición de fuerza: cuántas selecciones nacionales y cuántos jugadores estrella llevaban cada logo, esta pugna definió la estética y la economía del fútbol durante la segunda mitad del siglo XX.
El panorama cambió radicalmente con la entrada agresiva de Nike a finales de los años 90, la empresa estadounidense, con un presupuesto de marketing monumental y una comprensión magistral de la cultura pop, no buscó solo patrocinar equipos; buscó poseer el imaginario del fútbol moderno, su estrategia se centró en fichar a los iconos globales emergentes, como Ronaldo Nazário y, posteriormente, Cristiano Ronaldo, desafiando la hegemonía europea en su propio juego.
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Hoy, la guerra en los Mundiales es un conflicto global de tres frentes, Adidas y Puma mantienen su poderío y herencia, arraigados en la tradición futbolística europea y sudamericana, Nike, por su parte, ha redefinido las reglas del engagement, fusionando fútbol con streetwear, música y activismo social, atrayendo a una nueva generación de aficionados, el campo de batalla ya no es solo el césped, sino también las redes sociales, las calles y las colecciones de moda inspiradas en los uniformes.
La Copa del Mundo del 2022 en Qatar fue un microcosmos de esta lucha triangular, se vio a Adidas con sus contratos federativos históricos, a Nike con su ejército de influencers deportivos individuales, y a Puma apostando fuerte por selecciones africanas en ascenso, la final, disputada entre una Argentina de Adidas y una Francia patrocinada por Nike, fue la culminación perfecta de este choque de titanes, con millones de dólares en visibilidad en juego en un solo partido.
Mirando hacia el futuro, la rivalidad evoluciona más allá del producto físico, la próxima frontera es digital: la personalización de botines mediante NFT, la experiencia en metaversos y el análisis de datos de jugadores, la guerra por calzar a las estrellas y vestir a las selecciones sigue viva, pero ahora se libra también en el dominio de los datos y la identidad digital del aficionado, asegurando que el Mundial seguirá siendo, más que un torneo deportivo, el escaparate definitivo del poder, la innovación y la narrativa de las mayores marcas de sportswear del planeta.
Fuente: elmundo


