Una ley en Nueva York busca legalizar a los gatos en bodegas
En Nueva York, una ciudad tan vibrante como caótica, los gatos han ocupado un lugar peculiar pero fundamental en el entramado cotidiano: el de guardianes silenciosos contra las ratas. Aunque su presencia ha sido hasta ahora informal y hasta ilegal en muchos comercios, una nueva propuesta legislativa podría cambiar eso. El proyecto de ley presentado recientemente no solo legalizaría a los conocidos “gatos de bodega”, sino que además establecería un marco de protección sanitaria para estos animales y para los locales donde conviven.
Gatos en bodegas: De costumbre popular a política pública
La ciudad que nunca duerme ha recurrido por décadas a métodos tradicionales y modernos para lidiar con sus problemas de plagas, especialmente la población de ratas. Sin embargo, uno de los métodos más orgánicos —y con gran carga cultural— ha sido la adopción de gatos en pequeñas tiendas de barrio, conocidas como bodegas.
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Estos felinos, aunque técnicamente en infracción de las normativas sanitarias actuales, han sido parte de la estética y funcionalidad de muchos negocios. Pasearse entre góndolas, subirse a estanterías o simplemente dormir junto a la caja registradora, son escenas comunes en muchos barrios neoyorquinos. Pero el Código de Salud de la ciudad, en su artículo 271-7.30, prohíbe explícitamente la presencia de animales vivos en establecimientos donde se preparen o vendan alimentos, salvo excepciones muy específicas como perros guía o peces en acuarios.
La iniciativa que puede cambiar las reglas del juego
Ante esta contradicción entre ley y práctica social, el concejal Keith Powers decidió intervenir. Su propuesta legislativa apunta a permitir oficialmente la tenencia de gatos en bodegas, no solo por su eficacia en el control de plagas, sino por su valor simbólico dentro de la cultura urbana de Nueva York. En palabras del propio edil, estos gatos “representan el espíritu neoyorquino: amigables, acogedores y antiratas”.
El proyecto no se limita a levantar restricciones, sino que introduce un sistema de protección animal con una dimensión sanitaria: contempla un programa de vacunación gratuito para los gatos registrados, y plantea la creación de un Programa de Certificación Voluntaria de Bodega Cat (BCCP, por sus siglas en inglés). Esta certificación sería una forma de garantizar que los animales reciban atención veterinaria, estén esterilizados y tengan zonas seguras dentro de los comercios.
Una parte fundamental del impulso detrás de esta iniciativa ha sido la presión ciudadana. Más de 13.000 personas firmaron una petición lanzada por Dan Rimada, creador del proyecto Bodega Cats of New York, una comunidad digital que retrata la vida de estos felinos en las redes sociales. Su cuenta de Instagram, con más de 48.000 seguidores, ha sido clave para visibilizar la relación especial entre los gatos y las tiendas locales.
Rimada ha celebrado la propuesta como un paso histórico, afirmando que, aunque aún se están definiendo los detalles del proyecto, representa el primer intento serio de transformar una práctica común en una política pública. Para él, los gatos no solo protegen los productos de los roedores, sino que fortalecen el tejido comunitario, creando vínculos entre comerciantes, vecinos y visitantes.
La iniciativa legislativa contempla beneficios múltiples. Para los gatos, significaría el acceso a atención veterinaria y condiciones mínimas de bienestar, como zonas designadas dentro de las bodegas y la obligación de ser esterilizados si tienen acceso al exterior, tal como ya lo establece la Oficina de Bienestar Animal de Nueva York.
Para los dueños de tiendas, la medida podría representar una ventaja económica y de imagen. Legalizar la presencia de gatos eliminaría el riesgo de multas por infracción al código sanitario y, además, podría mejorar la percepción del negocio. Muchos clientes ya valoran positivamente la compañía felina, y formalizar esta relación les daría mayor confianza.
Por último, desde una perspectiva pública, el reconocimiento oficial de los gatos como parte del ecosistema urbano podría servir como herramienta complementaria a las campañas tradicionales de control de plagas, con la ventaja adicional de que no implica el uso de venenos ni productos químicos.
Más allá del aspecto sanitario o funcional, el debate también toca una fibra emocional y cultural. Los gatos de bodega son parte del imaginario colectivo de Nueva York, del mismo modo que los taxis amarillos o los puestos de hot dogs. Reconocerlos legalmente es, en cierto sentido, abrazar una tradición urbana que ha sobrevivido pese a las restricciones.
Algunos críticos podrían ver la propuesta como menor o anecdótica, especialmente en una ciudad con desafíos tan complejos como la vivienda, el transporte o la seguridad. Pero lo cierto es que las políticas públicas también se construyen a partir de símbolos, y este proyecto es un ejemplo de cómo una costumbre local puede transformarse en legislación, sin perder su esencia comunitaria.
El concejal Powers aún no ha conversado con el alcalde Eric Adams sobre la propuesta, pero asegura contar con el respaldo de otros miembros del Concejo Municipal. Si la medida avanza, se espera que en los próximos meses se someta a votación y se discutan los detalles técnicos: cómo será el registro, quién supervisará las condiciones sanitarias y cómo se aplicará el programa de vacunación.
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Mientras tanto, la comunidad sigue expectante. Activistas, comerciantes y amantes de los animales ven esta posible ley como una forma de proteger una práctica que durante años se mantuvo en la sombra legal. De aprobarse, se trataría de un triunfo para todos los que entienden que las ciudades no solo se construyen con edificios y leyes, sino también con vínculos, hábitos y seres vivos que las habitan.


