Tiendas de barrio en Colombia, entre la tradición y la crisis que amenaza su supervivencia, las tiendas de barrio, ese negocio cercano y de confianza que ha acompañado a las familias colombianas por generaciones, atraviesan una de las etapas más críticas de su historia reciente. Aunque han sido pilar del abastecimiento diario y referentes de la economía popular, hoy se enfrentan a un panorama marcado por la caída en las ventas, el incremento de los costos de operación, las cargas tributarias y la competencia feroz de distintos canales de comercialización.
De acuerdo con la encuesta más reciente realizada por Fenalco, a través de su programa Fenaltiendas, cerca del 30 % de los tenderos consideró cerrar su negocio durante 2024, una cifra alarmante que refleja la fragilidad del sector. Estos pequeños comercios, que históricamente se han caracterizado por su cercanía con el consumidor, están perdiendo terreno frente a cambios en los hábitos de consumo, mayores regulaciones y un entorno económico cada vez más desafiante.
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Una disminución constante en las ventas
El informe de Fenalco reveló que en el segundo semestre de 2024 el 82 % de las tiendas de barrio reportó una disminución en sus ventas, mientras que un 29 % dijo haberlas mantenido estables y solo un 17 % manifestó un incremento. Estos datos muestran un deterioro preocupante en el dinamismo comercial de este tipo de negocios.
El descenso en las ventas no es homogéneo, sino que afecta principalmente a productos de consumo rápido, que antes eran los de mayor rotación: galletas, snacks, mecato, embutidos, productos de panadería y alimentos preparados como empanadas, tintos y otros antojos tradicionales. Para muchos tenderos, la reducción de las compras diarias es un reflejo del ajuste que los hogares colombianos hacen frente a la inflación y a la pérdida de poder adquisitivo.
Un tendero en Medellín lo resumió de manera sencilla: “Antes, los clientes llegaban todos los días por su gaseosa y su paquete de galletas. Ahora compran menos, o buscan opciones más económicas. Eso para nosotros significa una gran pérdida porque vivimos de la rotación constante”.
El peso de los impuestos y la regulación
Uno de los factores que más impacto ha tenido en la operación de las tiendas es el llamado impuesto saludable, que elevó el costo de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados. De acuerdo con Fenalco, mientras que en 2024 la inflación general fue del 5,22 % y la de alimentos y bebidas alcanzó el 4,49 %, algunos productos gravados registraron incrementos mucho más altos: las golosinas subieron un 53,48 % y las gaseosas un 3,27 % solo en enero de 2025, cifra que triplica la inflación mensual promedio.
Estos aumentos encarecen directamente la canasta de los consumidores y reducen la capacidad de compra en tiendas de barrio. Al mismo tiempo, ponen en aprietos a los tenderos, quienes deben asumir la difícil tarea de explicar a sus clientes por qué los precios suben tanto, sin que ellos obtengan márgenes adicionales significativos.
Fenalco ha advertido que estas medidas, aunque buscan incentivar hábitos de consumo más saludables, golpean de manera desproporcionada a los pequeños comercios, que dependen en gran medida de este tipo de productos para sostener su operación.
El costo de la energía y el gas: otra amenaza silenciosa
A la presión fiscal se suma el aumento en los servicios públicos, especialmente la energía y el gas, que afectan de manera directa a panaderías, pastelerías y tiendas que ofrecen productos preparados. En muchos casos, los tenderos reportan que la factura de servicios públicos se lleva una porción cada vez mayor de sus ingresos, lo que disminuye la rentabilidad del negocio y limita su capacidad de invertir o innovar.
En sectores populares, donde la tienda suele ser el único espacio de abastecimiento cercano, esta situación pone en riesgo la permanencia de negocios familiares que no cuentan con márgenes para absorber los incrementos.
Competencia en todos los frentes
La encuesta de Fenalco también reflejó que el 70 % de los tenderos identifica como su principal competencia a otras tiendas de barrio. La saturación en ciertas zonas, donde hay varias tiendas en pocas cuadras, ha generado una especie de “guerra de precios” que reduce aún más la rentabilidad.
No obstante, los tenderos también enfrentan la competencia del canal moderno, representado por minimercados, autoservicios, grandes superficies y cadenas de descuento duro que han ganado espacio con estrategias de bajos precios y formatos de proximidad. A esto se suma la venta ambulante, que en algunos casos ofrece productos similares sin cumplir con la carga de impuestos o regulaciones que asumen los tenderos formales.
El resultado es un entorno hostil en el que los pequeños comercios deben competir en desventaja frente a jugadores más grandes y frente a prácticas informales que erosionan su base de clientes.
El efectivo, aún dominante, pero con cambios
Otro hallazgo de la encuesta es que el efectivo sigue siendo el principal método de pago en las tiendas de barrio. Sin embargo, cada vez es más común que los tenderos ofrezcan alternativas digitales como Nequi, Daviplata o datafonos. Esta transformación, aunque positiva, también implica costos adicionales en comisiones y en la gestión de plataformas tecnológicas que muchos pequeños negocios no estaban preparados para asumir.
Por otro lado, la crisis económica también ha reducido la práctica del fiado, un mecanismo tradicional en el canal de barrio. Según el informe, el crédito informal otorgado por los tenderos disminuyó en un 54 %, lo que refleja tanto la menor capacidad de pago de los clientes como la falta de margen de maniobra de los comerciantes.
El rostro social de las tiendas de barrio
Más allá de su función comercial, las tiendas de barrio son un espacio social y comunitario. Según el informe, el 96 % de estos negocios pertenece a los estratos 1, 2 y 3, lo que evidencia su papel fundamental en sectores populares.
Un dato relevante es que el 64,7 % de las tiendas son propiedad de mujeres, muchas de ellas cabeza de hogar, que han encontrado en este modelo de negocio una fuente de ingresos y sustento familiar. Sin embargo, la informalidad sigue siendo un reto: el 60 % de los tenderos no realiza aportes a la seguridad social, ni para ellos ni para sus empleados, y solo el 17 % contribuye a pensión.
Esta falta de protección social no solo los expone a riesgos en materia de salud y retiro, sino que también limita las posibilidades de acceder a créditos formales y programas de apoyo empresarial.
¿Qué se necesita para salvar a las tiendas de barrio?
El panorama crítico que enfrentan las tiendas de barrio plantea la necesidad de acciones urgentes y coordinadas para garantizar su supervivencia. Algunas de las medidas propuestas por gremios y expertos incluyen:
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Revisar la carga tributaria y regulatoria para evitar que los impuestos afecten de manera desproporcionada a los pequeños comercios.
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Incentivar la formalización con programas que faciliten los aportes a seguridad social y ofrezcan beneficios tangibles a quienes ingresen al sistema.
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Fortalecer la capacitación y digitalización, de modo que los tenderos puedan implementar herramientas de gestión, marketing y canales de pago modernos sin que eso implique costos excesivos.
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Generar programas de apoyo financiero, como créditos blandos o subsidios temporales, que permitan a los tenderos enfrentar los altos costos de operación.
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Promover alianzas entre tenderos para compras conjuntas que mejoren su poder de negociación frente a proveedores y competidores más grandes.
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Un futuro incierto, pero no imposible
Las tiendas de barrio han demostrado una enorme capacidad de resiliencia a lo largo de los años. Sobrevivieron a crisis económicas, a la llegada de grandes superficies y a la transformación digital que cambió los hábitos de consumo. Sin embargo, la situación actual exige un replanteamiento profundo del modelo de negocio y un mayor apoyo del Estado y del sector privado para preservar su rol en la economía popular.
Al final, no se trata solo de defender un negocio, sino de proteger una institución social y cultural que ha acompañado a millones de colombianos en su vida cotidiana. La tienda de barrio no es solo un lugar para comprar lo necesario: es un espacio de encuentro, de confianza y de tejido comunitario.
Si no se toman medidas oportunas, el país corre el riesgo de perder parte de su identidad económica y cultural, dejando atrás a los tenderos que han sido, durante décadas, el corazón de los barrios.

