Sonder y la industria textil argentina: Innovación, resistencia y futuro posible
La industria textil argentina se encuentra en un momento decisivo. Tras años de altibajos, este sector —uno de los más emblemáticos del entramado industrial nacional— enfrenta hoy una combinación de desafíos que ponen a prueba su capacidad de adaptación. Altos costos productivos, pérdida de competitividad frente a importaciones, caída en el consumo y una economía imprevisible han configurado un escenario adverso. Sin embargo, en medio de la incertidumbre, algunas empresas apuestan a la innovación tecnológica y a la diferenciación como herramientas para sostener su lugar.
Una de esas compañías es Sonder, fundada en Rosario y con décadas de experiencia en el diseño y fabricación de indumentaria deportiva. Su titular, Silvana Dal Lago, ofrece una mirada lúcida sobre el presente y el porvenir del sector, combinando autocrítica, realismo y esperanza. Según la empresaria, “la clave para sobrevivir está en no quedarse quietos: la tecnificación, la eficiencia y el valor agregado son los únicos caminos posibles para sostener la industria textil argentina”.
El sector textil en Argentina se caracteriza por su alta dependencia del mercado interno, su estructura intensiva en mano de obra y su exposición a las fluctuaciones macroeconómicas. En los últimos años, la combinación de inflación elevada, caída del consumo, presión tributaria y encarecimiento del crédito ha reducido la rentabilidad y la capacidad de inversión de las empresas del rubro.
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A esto se suma la competencia con los productos importados, en especial los provenientes de Asia, que ingresan al país a precios considerablemente más bajos. Dal Lago advierte que “Argentina no está preparada para esa competencia desmedida, sobre todo con China, que maneja escalas de producción y costos laborales imposibles de igualar”.
El fenómeno del “puerta a puerta”, que permite la compra directa de artículos del exterior por parte de los consumidores, también ha tenido un impacto silencioso pero profundo. Aunque pueda parecer marginal, la empresaria resalta que representa “millones de dólares que se van en importaciones minoristas, afectando directamente a la producción nacional y al empleo”.
Los costos internos, una barrera estructural
Uno de los puntos más críticos señalados por los industriales es la estructura de costos locales. En palabras de Dal Lago, “el sueldo de un operario acá es carísimo a nivel dólar”, una afirmación que refleja la pérdida de competitividad de las empresas argentinas frente a sus pares internacionales. A la presión salarial se suman los altos costos de la energía, el transporte y la carga impositiva, elementos que dificultan cualquier intento de planificar a mediano o largo plazo.
En este contexto, muchas firmas optan por estrategias defensivas: reducir producción, achicar plantillas o buscar nichos más rentables. Pero, para Sonder, el camino ha sido otro. “Nos tecnificamos muchísimo. Apostamos a la maquinaria de última generación y a procesos más eficientes”, explica Dal Lago. La empresaria considera que la inversión en tecnología no es un lujo, sino una condición para sobrevivir.
La tecnificación permite optimizar tiempos de confección, mejorar la calidad del producto final y reducir los márgenes de error. Además, ayuda a compensar el alto costo laboral con una mayor productividad. “Hoy estamos muy preparados para competir, incluso en un entorno tan difícil como este”, afirma con convicción.
Diferenciación y valor agregado: las claves de la competitividad
En un mercado saturado y globalizado, donde el precio suele ser el factor determinante, Sonder apuesta por la diferenciación. La marca busca destacarse por la calidad de sus telas, la durabilidad de sus prendas y la innovación en diseño. “Si sos uno más, al chino no le ganás; tenés que tener una particularidad, algo que te haga distinto”, sostiene Dal Lago.
Esta filosofía se traduce en una estrategia basada en la identidad nacional y la personalización del producto. Sonder mantiene una fuerte presencia en clubes, federaciones deportivas y equipos locales, fabricando indumentaria a medida con estándares profesionales. Ese contacto directo con los consumidores le permite conocer sus necesidades reales y adaptarse rápidamente a las tendencias.
En los últimos años, además, la empresa ha incorporado procesos sostenibles, reduciendo el desperdicio textil y promoviendo el uso responsable de recursos. En un contexto global en el que los consumidores valoran cada vez más el impacto ambiental de las marcas, este enfoque se convierte en un diferencial competitivo clave.
La empresaria reconoce que la falta de previsibilidad económica es otro de los grandes problemas del sector. “Cuando no podés prever, tenés que ganar por las dudas. Y eso no sirve para construir una industria sólida”, reflexiona. En su visión, la Argentina necesita reglas claras que permitan planificar inversiones y generar confianza tanto entre los empresarios como entre los trabajadores.
Dal Lago considera que el foco debe estar en la estabilidad y la constancia, más que en la rentabilidad inmediata. “Hoy no se puede pretender grandes márgenes de ganancia; mantenerse en pie ya es un logro”, admite. Su mirada refleja la realidad de muchas pymes industriales argentinas, que sobreviven gracias al esfuerzo cotidiano, la reinvención constante y el compromiso con sus equipos de trabajo.
La innovación como respuesta a la adversidad
A pesar del panorama desafiante, el sector textil argentino ha demostrado una notable capacidad de adaptación. Muchas empresas, al igual que Sonder, apuestan a la innovación tecnológica como estrategia de resistencia. La incorporación de maquinaria automatizada, software de diseño 3D, sistemas de gestión de stock digitalizados y canales de venta online se ha acelerado en los últimos años, impulsada también por el cambio en los hábitos de consumo.
La pandemia fue un punto de inflexión: obligó a repensar modelos de negocio y abrió la puerta al comercio electrónico como canal de crecimiento. Hoy, la mayoría de las marcas nacionales combinan venta presencial con plataformas digitales, lo que amplía su alcance y reduce costos operativos.
Para Sonder, este proceso ha sido clave para sostenerse. La marca diversificó su producción, ampliando su oferta hacia ropa urbana y deportiva con diseño funcional. De esta manera, logró captar nuevos públicos sin perder su identidad original.
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El futuro del sector textil argentino dependerá de su capacidad para reconvertirse sin perder su esencia. Si bien las dificultades son estructurales —y en muchos casos, históricas—, también existen oportunidades para quienes apuesten a la calidad, la sostenibilidad y la innovación.
Dal Lago representa una generación de industriales que entienden que el desafío no está solo en producir más, sino en producir mejor. En su análisis, el camino es claro: “No hay que competir por precio, sino por valor. El consumidor argentino sabe reconocer la diferencia entre un producto bien hecho y uno que no lo es. Y ahí es donde tenemos que ganar”.
El caso de Sonder demuestra que, aun en entornos adversos, es posible construir un modelo industrial basado en el trabajo local, la tecnología y la diferenciación. La combinación de experiencia, visión y adaptabilidad puede convertirse en el motor que mantenga viva una de las tradiciones productivas más emblemáticas del país.


