En Argentina crece la presión por sostener la desinflación pese a tensiones cambiarias
En medio de un escenario económico frágil y políticamente sensible, el Gobierno argentino se enfrenta a un nuevo reto: evitar que se interrumpa el proceso de desinflación que comenzó a consolidarse a mediados de 2024 y que había mostrado resultados alentadores en los primeros meses de 2025.
El último dato del Índice de Precios al Consumidor (IPC) correspondiente a julio muestra luces y sombras. Si bien la inflación núcleo —que excluye precios regulados y estacionales— se mantuvo en 1,5%, la cifra general fue de 1,9%, marcando así el segundo incremento mensual consecutivo después del mínimo de 1,5% alcanzado en mayo.
El “vaso medio lleno” y la realidad detrás de los números
Para los analistas más optimistas, la lectura de los datos no es del todo negativa. El aumento del 14% en el tipo de cambio durante julio apenas tuvo impacto en los precios, algo inusual en la economía argentina. Esto sugiere que las medidas para contener la inercia inflacionaria han tenido cierto éxito, al menos en el corto plazo.
Sin embargo, la tendencia preocupa. Después de mayo, la inflación mensual subió 0,1 puntos en junio y otros 0,3 puntos en julio, acercándose al umbral psicológico del 2% mensual. Este ritmo, de mantenerse, podría poner en riesgo las expectativas de desinflación que sostienen tanto las empresas como los inversores.
Agosto: el mes que podría marcar un cambio de tendencia
Las proyecciones para agosto no son alentadoras. Diversas consultoras estiman que el índice de precios tendrá como piso un 2% y que difícilmente se ubique muy por encima de esa cifra. Los principales factores detrás de esta aceleración serían los aumentos en combustibles —derivados de la suba del dólar— y remarcaciones en productos de consumo masivo.
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Si se cumple este escenario, agosto se convertiría en el tercer mes consecutivo con inflación en alza, un dato que encendería las alarmas en el Ministerio de Economía. Más preocupante aún es que algunas consultoras reconocidas ya anticipan que será difícil volver a perforar el piso del 2% mensual en septiembre o incluso en octubre.
Este cambio de tendencia, de consolidarse, podría alterar el comportamiento del mercado: las empresas tenderían a remarcar precios con mayor frecuencia y los inversores podrían ajustar sus carteras anticipando que la inflación futura será superior a la actual.
La estrategia oficial: defender el peso a cualquier costo
Consciente del riesgo, el Gobierno adoptó una estrategia agresiva para frenar cualquier presión adicional sobre los precios. Una de las medidas más visibles ha sido la reducción del tipo de cambio oficial, que pasó de $1.380 a fines de julio a $1.325 al cierre de ayer, acumulando nueve caídas consecutivas.
Esta apreciación cambiaria fue acompañada por una política monetaria contractiva:
Disminución drástica de la liquidez en pesos.
Suba de las tasas de interés para incentivar inversiones en instrumentos en moneda local.
El Tesoro llegó a pagar tasas cercanas al 70% anual en la última licitación de Letras de Capitalización (Lecap) para refinanciar vencimientos de corto plazo. Además, anunció una nueva licitación destinada a absorber los pesos que no se lograron captar en la operación anterior.
Tasas altísimas en un contexto de inflación moderada: el dilema
La magnitud de las tasas de interés llama la atención si se considera que la inflación proyectada para los próximos 12 meses se ubica entre 20% y 25%. Esto significa que las tasas reales —descontando la inflación— superan en más de 40 puntos porcentuales a la suba esperada de precios, un rendimiento extraordinario para los inversores.
¿Por qué el Tesoro estaría dispuesto a pagar semejantes rendimientos? La respuesta la dio el ministro de Economía, Luis Caputo, al atribuir la actual tensión financiera al llamado “riesgo kuka”, una referencia al temor de los mercados a un eventual regreso del kirchnerismo al poder. Bajo esta lógica, el objetivo inmediato es frenar la presión sobre el dólar atrayendo capitales hacia instrumentos en pesos, buscando que “la codicia venza al miedo”, tal como expresó en 2002 el entonces presidente del Banco Central, Mario Blejer.
Los costos ocultos de esta política
Aunque la estrategia de tasas altas puede ser efectiva en el corto plazo para estabilizar el mercado cambiario, sus efectos colaterales son potencialmente graves:
Enfriamiento de la actividad económica: el crédito se encarece, lo que limita las inversiones y el consumo.
Aumento de la morosidad: familias y empresas con deudas enfrentan mayores dificultades para cumplir con sus compromisos.
Incremento de los costos empresariales: las compañías que necesitan financiamiento deben absorber tasas elevadas, lo que en muchos casos se traduce en subas de precios.
Crecimiento insostenible de la deuda pública en pesos: mantener rendimientos reales tan altos implica que el stock de deuda se expanda a un ritmo muy superior al de la economía.
Un escenario condicionado por la política
La proximidad de las elecciones legislativas introduce un factor adicional de incertidumbre. Es probable que el Gobierno mantenga su postura actual al menos hasta que pase la contienda electoral, evitando movimientos bruscos en el tipo de cambio o cambios sustanciales en la política monetaria.
El desafío es doble: controlar la inflación sin ahogar la actividad económica y mantener la estabilidad cambiaria sin acumular desequilibrios que exploten más adelante. La experiencia argentina muestra que ambas tareas son difíciles de lograr simultáneamente, especialmente en un año marcado por tensiones políticas.
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El proceso de desinflación iniciado el año pasado ha sido uno de los logros más destacados de la actual gestión económica. Sin embargo, los datos de los últimos meses muestran señales de fatiga. Si agosto confirma la aceleración inflacionaria prevista, el Gobierno deberá decidir si profundiza su estrategia de tasas altas y apreciación cambiaria o si ajusta el rumbo para evitar un deterioro en la actividad y en las expectativas.
En definitiva, la clave estará en mantener la confianza de los inversores y de la sociedad, evitando que el temor a una inflación más alta se convierta en una profecía autocumplida. Para lograrlo, será fundamental que las políticas actuales se acompañen de medidas que impulsen la producción, fortalezcan el crédito productivo y mejoren la competitividad de la economía.

