El metano ganadero entra en la agenda fiscal y genera fricciones en Argentina
La discusión sobre cómo enfrentar el cambio climático suele avanzar entre tensiones, intereses contrapuestos y propuestas que generan tanto adhesiones inmediatas como rechazo casi automático. Ese es el caso del reciente proyecto que plantea la creación de una tasa específica sobre las emisiones de metano generadas por la ganadería en la provincia de Buenos Aires. La iniciativa, impulsada por una legisladora provincial, abrió un debate que combina cuestiones ambientales, económicas, productivas y metodológicas, revelando la complejidad de aplicar políticas de sostenibilidad en sectores altamente sensibles para la economía argentina.
Una propuesta que busca gravar las emisiones del ganado
El eje central del proyecto es la creación de la llamada Tasa Ambiental sobre el Metano (TAMBA). Esta figura impositiva estaría dirigida a las empresas ganaderas bonaerenses y se calcularía en función del volumen de dióxido de carbono equivalente producido por la actividad pecuaria. La medida se apoya en el principio de Responsabilidad Extendida del Productor, utilizado en varios países como marco legal para asignar obligaciones ambientales adicionales a determinados sectores económicos.
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Los fondos recaudados se destinarían a la creación de un fideicomiso orientado a financiar mejoras en la gestión de residuos sólidos urbanos, con el argumento de que estas acciones contribuirían a compensar el impacto del metano liberado por la actividad ganadera. En términos conceptuales, la propuesta pretende instalar la idea de que quienes generan parte de las emisiones deben contribuir económicamente a mitigar sus efectos.
Fundamentos ambientales: la ganadería en el mapa de las emisiones
La iniciativa parte de un diagnóstico que considera a la provincia de Buenos Aires como una de las regiones con mayor contribución al inventario nacional de gases de efecto invernadero. Según los datos expuestos en la argumentación del proyecto, el territorio bonaerense participa en aproximadamente una cuarta parte de las emisiones totales del país. Dentro de ese conjunto, el metano representa el 27 %, un gas cuyo origen se concentra en gran medida en la actividad ganadera, especialmente en la fermentación entérica del ganado bovino y en el manejo del estiércol.
La agricultura y la ganadería se han consolidado como el principal foco emisor de metano en Argentina, superando a la industria energética y a los residuos urbanos. Este contexto refuerza la idea de que cualquier estrategia climática integral debe incluir políticas vinculadas al sector agropecuario. Sin embargo, el modo de implementarlas es lo que genera controversia.
Rechazo inmediato del sector productivo
La sola propuesta de establecer un impuesto ambiental específico encendió alarmas en las entidades que representan a los productores. Las organizaciones rurales argumentaron que el sector ya soporta una carga impositiva elevada y que añadir un tributo adicional afectaría la competitividad, reduciría márgenes de rentabilidad y pondría en riesgo empleos vinculados a la cadena ganadera.
Las asociaciones plantearon que la medida no sería eficaz para reducir emisiones y que terminaría convirtiéndose en un nuevo costo fijo para una actividad que tiene un papel estratégico en la economía regional. Para muchos dirigentes agrarios, la iniciativa refleja un enfoque punitivo que no contempla alternativas de mitigación ni incentivos para la adopción de prácticas más sostenibles.
Incluso se advirtió que, en un mercado global en el que la carne enfrentará crecientes exigencias ambientales, aplicar un impuesto sin una transición acompañada por tecnología, capacitación y financiamiento podría perjudicar la competitividad internacional de la producción argentina.
Más allá de la discusión tributaria, uno de los puntos más cuestionados por los productores y especialistas es la factibilidad técnica de cuantificar las emisiones de cada establecimiento ganadero. A diferencia de otros sectores, donde la medición es más homogénea, en la ganadería el metano se libera principalmente a través de la digestión del animal, un proceso biológico que varía según la dieta, el sistema de pastoreo, la genética y las condiciones ambientales.
En la actualidad, no existe una tecnología accesible, económica y masiva que permita medir de manera individual y precisa el metano emitido por cada res. Para implementar un sistema de monitoreo confiable se necesitaría equipamiento especializado, certificaciones, personal capacitado y protocolos estrictos, todo lo cual elevaría los costos operativos sin asegurar mejoras ambientales proporcionales.
Frente a esta limitación, las entidades del agro sostienen que la tasa funcionaría de hecho como un impuesto general sin vinculación directa con niveles reales de emisión, lo que iría en contra del espíritu de responsabilidad ambiental pretendido.
La matriz argentina: entre la producción y la sostenibilidad
La contribución de la ganadería al metano nacional no es menor, pero tampoco es una particularidad argentina. La fermentación entérica es una de las principales fuentes de metano a nivel global, especialmente en países con fuerte desarrollo ganadero. En el caso argentino, la actividad pecuaria se combina además con basurales a cielo abierto, rellenos sanitarios y procesos energéticos que también aportan a las emisiones totales, lo que plantea la necesidad de políticas integrales.
No obstante, el sector rural señala que la ganadería argentina se desarrolla mayoritariamente en sistemas pastoriles, considerados menos intensivos y con menor impacto por unidad producida en comparación con modelos industriales de otros países. Este argumento refuerza la idea de que cualquier política ambiental debe reconocer la diversidad de sistemas productivos y evitar soluciones uniformes que no contemplen las particularidades territoriales.
El antecedente internacional que marca el ritmo: Dinamarca
El debate argentino se inscribe en una conversación global sobre cómo reducir las emisiones del sector agropecuario. Un ejemplo reciente es el caso de Dinamarca, que avanza hacia la implementación del primer impuesto mundial sobre el metano emitido por el ganado vacuno y porcino. La medida comenzará en 2030 con una aplicación gradual.
Sin embargo, el contexto danés difiere notablemente del argentino. Allí, la creación del impuesto fue resultado de un acuerdo entre gobierno, oposición, entidades rurales, sindicatos y organizaciones ambientales. Se definieron metas, compensaciones y mecanismos de acompañamiento, lo que permitió construir un consenso amplio que legitima la política. Es decir, no se trata solo de un impuesto, sino de una estrategia integral de transición.
En Argentina, en cambio, la propuesta surgió sin un proceso previo de diálogo multisectorial, lo que alimentó la percepción de improvisación y falta de consenso.
Una tensión que expone dos urgencias
El proyecto de la TAMBA refleja un choque entre dos preocupaciones legítimas: por un lado, la urgencia de reducir los gases de efecto invernadero; por otro, la necesidad de sostener una de las actividades económicas más importantes del país sin sobrecargarla de nuevas obligaciones fiscales.
Mientras los defensores de la tasa sostienen que la ganadería debe integrarse plenamente a las políticas climáticas, sus detractores consideran que la propuesta no resuelve el problema central: la ausencia de herramientas eficientes para medir y reducir el metano de manera realista.
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La discusión no gira solo en torno a un impuesto, sino sobre cuál debe ser el camino para compatibilizar producción y sostenibilidad. Algunos especialistas sugieren alternativas como incentivos a la adopción de dietas que reduzcan la fermentación entérica, inversiones en investigación biotecnológica, programas de manejo de pasturas y sistemas de certificación ambiental voluntaria. Estas estrategias podrían tener un impacto más concreto que una tasa de difícil implementación.
Por ahora, la propuesta continúa generando debate y no parece contar con apoyo suficiente para avanzar. No obstante, puso sobre la mesa una discusión inevitable: el rol de la ganadería frente a los compromisos climáticos globales.
La clave será encontrar soluciones que combinen rigor ambiental con viabilidad productiva. Cualquier avance dependerá de un proceso serio de diálogo entre el Estado, los productores, los investigadores y los consumidores. Solo así será posible diseñar políticas que reduzcan emisiones sin comprometer miles de empleos y la base económica de las regiones rurales.
Fuente: La Razón


