Alertan sobre los peligros de adquirir medicamentos fuera del ámbito farmacéutico
En los últimos meses ha vuelto a instalarse en el debate público una preocupación que atraviesa a profesionales de la salud, autoridades sanitarias y asociaciones farmacéuticas: la compra de medicamentos en comercios que no están habilitados para su expendio. Aunque para muchas personas adquirir una pastilla en un kiosco, una estación de servicio o incluso un supermercado puede parecer una práctica cotidiana o inocua, los especialistas advierten que esta conducta encierra riesgos significativos para la salud individual y colectiva. Por este motivo, distintas entidades del sector farmacéutico impulsaron una campaña de concientización para visibilizar un problema que, lejos de disminuir, se mantiene como un hábito frecuente en la sociedad.
El objetivo central de esta iniciativa es recordar que la venta de medicamentos fuera del circuito regulado no solo carece de sustento legal en muchos casos, sino que elimina un eslabón esencial en la cadena de seguridad sanitaria: la intervención del profesional farmacéutico. Quien compra un medicamento en un lugar no habilitado se priva del asesoramiento técnico, la verificación de dosis y la orientación necesaria para prevenir errores o complicaciones prevenibles. Esta ausencia de control puede derivar en uso indebido, tratamientos incompletos o efectos adversos que podrían haberse evitado con una simple consulta adecuada.
Una problemática que persiste pese a los fallos judiciales
A principios de año, el sistema judicial dispuso frenar la comercialización de ciertos analgésicos y antiácidos en comercios ajenos al ámbito farmacéutico. Esta decisión se fundamentó en el riesgo sanitario que supone permitir la venta indiscriminada de fármacos sin una supervisión profesional. Aunque la normativa había sido flexibilizada previamente por una disposición ejecutiva, distintas entidades de salud alertaron sobre los peligros que esto implicaba y promovieron su revisión.
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Sin embargo, y pese a la medida judicial, en la práctica muchos establecimientos continúan ofreciendo productos medicinales sin cumplir con las condiciones necesarias para garantizar su uso seguro. La naturalización social de esta conducta, sumada a la falta de controles suficientes, hace que la problemática se mantenga vigente. De allí la necesidad de reforzar campañas informativas que orienten al consumidor y destaquen la importancia de recurrir siempre a profesionales habilitados.
La mirada farmacéutica: seguridad, eficacia y acompañamiento
Para los farmacéuticos, la venta de medicamentos fuera de su ámbito profesional implica un retroceso en términos de seguridad sanitaria. Uno de ellos advierte que la falta de estadísticas no impide identificar un problema evidente: cuando los medicamentos se comercializan sin intervención de personal capacitado, se pierde la posibilidad de guiar al paciente, detectar errores o prevenir combinaciones riesgosas. La seguridad y la eficacia dependen tanto de la molécula como de su uso adecuado, y esto solo puede garantizarse mediante una interacción profesional-paciente.
El especialista subraya que una parte esencial del rol farmacéutico consiste en despejar dudas, orientar sobre principios activos y verificar que el paciente comprende cómo, cuándo y durante cuánto tiempo debe tomar un medicamento. Este acompañamiento se pierde cuando el medicamento se convierte en un producto de góndola. Por ello, muchos profesionales consideran que el expendio por fuera del circuito regulado no solo es inconveniente, sino directamente peligroso.
Consecuencias reales: cuando la falta de asesoramiento produce errores
Para ilustrar la gravedad del problema, el farmacéutico menciona casos que ha enfrentado en su práctica diaria. Uno de ellos involucra a un paciente que había recibido la indicación de tomar un analgésico por un período breve, pero terminó consumiéndolo durante tres semanas, con frecuencia fija, sin advertir los riesgos asociados a su uso prolongado. Recién al consultar por molestias estomacales, surgió la cadena de errores: la falta de supervisión, la automedicación extendida y la ausencia de seguimiento del tratamiento.
Este tipo de situaciones, según el profesional, no suelen llamar la atención en comercios sin formación sanitaria. Allí, la persona que vende no tiene herramientas para identificar un posible abuso, para advertir interacciones con otros medicamentos o para reconocer signos que requieran derivación médica. La diferencia entre comprar en una farmacia o en un establecimiento no habilitado, señala, no es menor: es la diferencia entre una compra acompañada y una compra a ciegas.
El rol del farmacéutico como filtro sanitario
El entrevistado remarca que la formación universitaria no prepara a los farmacéuticos para reemplazar al médico, sino para actuar como un puente que garantiza la continuidad segura del tratamiento. Detectar inconsistencias en recetas, advertir sobre errores de comprensión o orientar sobre posibles efectos adversos forma parte del ejercicio diario de su profesión.
Cuando ese filtro desaparece, el paciente queda expuesto a decisiones guiadas por recomendaciones informales, experiencias ajenas o información incompleta. La frase “me dijo un amigo” se vuelve frecuente en estos casos, y muchas personas recurren a la compra directa sin verificar si lo que consumen es adecuado para su situación actual, para su estado de salud o para los tratamientos previos que hayan realizado. El riesgo crece cuando se reutilizan medicamentos que antes funcionaban, pero cuya pertinencia puede haber cambiado con el tiempo.
Medicamentos de venta libre: accesibles, pero no inocuos
La mayor parte de los casos problemáticos involucra medicamentos de venta libre, justamente porque su acceso está facilitado y su uso se considera generalmente seguro. Sin embargo, esta percepción suele llevar a minimizar los riesgos asociados a una automedicación no guiada. El farmacéutico explica que, en condiciones normales, los medicamentos de venta libre pueden ayudar a aliviar síntomas comunes como dolor leve, congestión o malestar general. El problema surge cuando el diagnóstico del propio paciente es equivocado.
Creer tener un cuadro gripal cuando en realidad se trata de otra afección puede derivar en tratamientos ineficaces o incluso contraproducentes. Y en comercios no especializados, nadie detectará esta diferencia. La ausencia de un criterio profesional convierte al medicamento en un simple producto más, despojado de la orientación necesaria para evitar malos usos.
A esto se suma una cuestión ética: los farmacéuticos no trabajan bajo la lógica de maximizar ventas, sino de garantizar seguridad. Otros establecimientos, en cambio, pueden priorizar el movimiento comercial sin advertir los riesgos de despachar productos que requieren conocimiento técnico.
Efectos adversos y toxicidad: información que no se puede omitir
Quienes venden medicamentos sin formación desconocen aspectos esenciales como dosis mínimas y máximas, rangos de toxicidad, mecanismos de acción y posibles interacciones con patologías preexistentes. Esta falta de perspectiva clínica hace que los consumidores queden desprotegidos ante un producto que, aunque pueda comprarse sin receta, sigue siendo un compuesto químico con potencial para causar efectos secundarios o complicaciones si se utiliza de forma incorrecta.
Los farmacéuticos subrayan que esta información no es un detalle accesorio, sino parte de la base para un uso seguro. Una dosis mal administrada, un consumo prolongado o la combinación con otros medicamentos puede producir desde molestias menores hasta eventos de gravedad, dependiendo del caso. Por eso, la venta indiscriminada es considerada una práctica riesgosa desde cualquier perspectiva sanitaria.
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La reiteración de campañas de concientización busca revertir un hábito arraigado en la vida cotidiana de muchos consumidores. Para lograr cambios sostenidos, no solo se necesita regulación y control, sino también educación. Explicar por qué un medicamento no es un producto más, por qué requiere acompañamiento profesional y por qué cada organismo reacciona de manera distinta es parte de un proceso de alfabetización sanitaria necesario.
Elegir una farmacia no es una cuestión burocrática, sino un acto de responsabilidad personal. Implica adquirir un producto seguro, conservado de manera adecuada, con orientación profesional y bajo estándares regulados. Cada vez que un consumidor opta por comprar un medicamento fuera de este circuito, asume riesgos que podrían evitarse.
La salud es un área donde la información precisa, la supervisión y la orientación profesional marcan la diferencia entre un tratamiento adecuado y una complicación evitable. Recuperar esta perspectiva es fundamental para construir un sistema más seguro y responsable.
Fuente: La verdad online


