El ecosistema comercial español ha sufrido una sacudida que, aunque predecible, no deja de ser profundamente reveladora. El anuncio del cierre definitivo de la tienda online de Worten en la Península Ibérica marca el capítulo final de una era. Lo que comenzó como una retirada gradual —con el cierre de sus tiendas físicas en 2023— se ha convertido ahora en un repliegue absoluto hacia el archipiélago canario, un movimiento que suena más a una huida estratégica que a una expansión operativa.
Este no es un hecho aislado, sino un síntoma de una dolencia sistémica que afecta a todo el tejido empresarial europeo. Cuando un icono de la electrónica, una enseña que llegó a presumir de músculo digital en los escenarios del eShow de IFEMA, se ve obligada a bajar la persiana frente al vendaval del comercio electrónico, debemos detenernos a analizar qué está ocurriendo realmente en nuestras pantallas y en nuestras calles.
Para profundizar en este análisis, os invito a leer la valiente y certera reflexión de Borja Fernández Algarra, quien pone el dedo en la llaga sobre el poder desmedido que están acumulando las grandes plataformas. Puedes leer su artículo completo aquí.
La paradoja del crecimiento y la concentración
Nos bombardean constantemente con cifras que celebran la salud del comercio electrónico en España. Y, sobre el papel, los números son mareantes: 18 trimestres consecutivos de crecimiento por encima del 10%. En apenas cuatro años, el volumen de negocio del e-commerce ha escalado un 99,3%. Es una expansión brutal, una transformación digital que ha cambiado los hábitos de consumo de millones de ciudadanos.
Sin embargo, el crecimiento total del mercado esconde una realidad mucho más cruda: el reparto del pastel. Mientras el mercado crece, la competencia se reduce. Estamos asistiendo a una centralización asfixiante. El éxito del comercio electrónico en España tiene nombre propio, y no es el de las pymes ni el de las grandes cadenas nacionales que intentaron, con desigual fortuna, competir bajo sus propias reglas. Es el nombre de Amazon.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí más acelerado. Ya vimos el caso de Saturn, que abandonó la Península en 2013, consciente de que intentar pelear contra el gigante de Seattle era una batalla perdida de antemano. Hoy, Worten es la última víctima que confirma la regla: si no eres una superapp con una logística de eficiencia inhumana o un ecosistema que capture todos los datos del usuario, tu relevancia es efímera.
El retorno de los monopolios: De lo público a lo privado
La historia es cíclica. Hace décadas, luchábamos contra los monopolios públicos, empresas estatales que dictaban los precios y servicios sin competencia posible. Hoy, los monopolios han mutado. Ya no visten corbata de funcionario, sino ropa informal de Silicon Valley.
La diferencia es que estos nuevos monopolios privados poseen un poder que supera, en muchos casos, al de los Estados nacionales. Amazon, Google, Meta y ahora la explosión de la Inteligencia Artificial con ChatGPT, no solo nos venden productos o servicios; nos venden el mundo. Han diseñado una realidad a medida para cada usuario a través de la minería masiva de datos.
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Estamos entregando la llave de nuestras decisiones —qué compramos, qué leemos, qué votamos— a algoritmos que tienen una única prioridad: la optimización de sus propias plataformas. La pregunta es: ¿es este el futuro que queremos?
¿Existe espacio para la supervivencia?
La reflexión que propone Fernández Algarra es incómoda pero necesaria: ¿estamos destinados a que estas superapps decidan nuestro futuro? La desaparición de Worten es el aviso de que la especialización, e incluso la digitalización, ya no son suficientes. Cuando una empresa depende de la infraestructura ajena para sobrevivir, es solo cuestión de tiempo que esa misma infraestructura la devore.
Quizás el problema no sea la tecnología, sino la falta de regulación efectiva. Mientras los Estados permanecen impasibles observando cómo se desmantela el comercio local, los gigantes globales se consolidan como las nuevas arquitecturas de nuestra vida cotidiana.
La caída de Worten no es el final de una tienda de electrónica; es un recordatorio de que estamos perdiendo la soberanía sobre nuestros mercados. Si queremos evitar un escenario donde toda la oferta comercial y el acceso a la información esté en manos de tres o cuatro corporaciones globales, necesitamos algo más que una reflexión; necesitamos una política activa que fomente la competencia real, la protección de los datos y, sobre todo, una alternativa tecnológica que no pase inevitablemente por los mismos dueños de siempre.
La era de los monopolios digitales no ha hecho más que empezar. La pregunta sigue en el aire, esperando una respuesta que, de momento, parece estar siendo decidida por el algoritmo más cercano.


