Las tendencias marcan mucho más que lo que vestimos o comemos. Definen una época, muestran qué buscamos como sociedad y reflejan gustos colectivos. Pero, ¿Qué convierte algo en tendencia? No hay una fórmula exacta, aunque se entrecruzan varios ingredientes que, juntos, aceleran su propagación. Puedes leer el artículo de original aquí.
En el marco de la conversación sobre consumo y experiencias, el artículo de Leticia Fenoglio ofrece una lente interesante: las tendencias no nacen en un solo lugar, sino que emergen de una red de estímulos que conectan ciudades, plataformas y personas. Para entenderlo mejor, repasemos los elementos clave que, según Fenoglio, alimentan lo que llamamos “tendencia”.
- Ciudades como radar cultural Ciudades emblemáticas como París, Nueva York, Tokio o Dubái funcionan como focos de atracción para ideas que luego se difunden a otros rincones del mundo. Su vida cultural, gastronómica y de consumo actúa como un termómetro social: lo que se prueba, se discute y se replica en diferentes contextos y mercados. Este fenómeno no solo se da en la moda; se observa también en la gastronomía, el diseño y, específicamente, en productos alimentarios innovadores que combinan sabor, experiencia y storytelling.
- Medios y redes sociales La velocidad de la viralización hoy es una de las fuerzas más potentes. Un post, un video o una reseña puede multiplicar una idea en cuestión de horas, transformando un pequeño experimento en un fenómeno global. Esta aceleración obliga a las marcas a pensar en narrativa, formato y distribución desde la concepción del producto, para que la historia acompañe y no contradiga la experiencia de consumo.
- Líderes de opinión y creadores Chefs, influencers, artistas o incluso marcas que interpretan el momento juegan un rol decisivo. Su credibilidad y alcance pueden convertir una propuesta en una referencia de calidad o en una simple curiosidad. La idea es que la innovación tenga “voz” y que esa voz conecte con valores y aspiraciones de audiencias específicas.
- Un público curioso Quizá el ingrediente más importante sea el público. Un consumidor que está abierto a experimentar, que comparte experiencias y que, al hacerlo, cataliza la viralidad. La curiosidad se convierte en exploración y, después, en adopción colectiva.
- La palabra trendy y el viaje de una idea La etiqueta “trendy” nació en inglés para describir lo que está de moda, pero la tendencia real es un fenómeno que viaja de boca en boca y de ciudad en ciudad. Es un “fenómeno colectivo” que se socializa y se transforma a medida que llega a nuevos contextos.
Un ejemplo concreto que el artículo cita para ilustrar esta dinámica es el pistacho. Este fruto, que durante años fue visto como ingrediente más, ha pasado a ocupar el centro de postres, helados y chocolates en múltiples mercados. Es una demostración de cómo un sabor o producto puede migrar de ser un ingrediente a convertirse en una experiencia de consumo.
La historia de Chocolates & Helados Rapanui, con su versión de pistacho, sirve como microcosmos de este fenómeno:
- Tableta Dubái
- Helado Dubái
- Crema de pistacho (destacada) Esto ilustra cómo una marca puede capitalizar una tendencia global y, al mismo tiempo, adaptar su oferta a mercados y paladares locales, generando una narrativa de innovación que es a la vez local y global.
La clave para las empresas que buscan capitalizar tendencias es, por un lado, reconocer que estas son dinámicas y cambiantes, y por otro, entender que la autenticidad y la calidad deben sostenerse incluso cuando la moda pasa. Las tendencias pueden impulsar ventas y notoriedad, pero si la experiencia no llega a cumplir con las promesas, la confianza del consumidor puede verse afectada a largo plazo.
En este marco, es útil preguntarse:
- ¿Qué nuevas combinaciones de sabor, textura o experiencia pueden convertirse en tendencia, sin sacrificar la calidad?
- ¿Cómo comunicar de forma honesta y clara el valor de una propuesta que pretende ser “la próxima gran cosa”?
- ¿Qué papel juegan la sostenibilidad y la ética en la construcción de una narrativa de tendencia duradera?
La experiencia de Rapanui, con su énfasis en pistachos y productos que conectan con la cultura de lugares icónicos, sugiere una ruta: fusionar curiosidad gastronómica con storytelling convincente, sin perder de vista la integridad del producto. En un mundo donde las tendencias pueden surgir de cualquier rincón y propagarse casi instantáneamente, la responsabilidad de las marcas es doble:
- Entregar una experiencia tangible y de calidad que sostenga la promesa de la tendencia.
- Mantener una visión ética y sostenible que respalde el crecimiento a largo plazo.
En la economía del dinamismo actual, las tendencias también deben ser replicables y escalables. No basta con lanzar una edición limitada o una idea llamativa; es necesario construir una base de consumidores que, además de probar, recomiende y repita. Ello implica inversión en innovación de producto, en calidad de ingredientes, en seguridad alimentaria y en canales de distribución que permitan una experiencia consistente en distintos mercados.
El artículo de Leticia Fenoglio nos recuerda que las tendencias son un espejo de nuestra curiosidad colectiva, de nuestra búsqueda de novedad y de nuestras aspiraciones como sociedad. Cada vez que una ciudad, un influencer o una marca interpretan el momento, se abre la posibilidad de que esa interpretación se convierta en una nueva forma de disfrutar, consumir y compartir. Y ese es, quizá, el aspecto más fascinante de estas dinámicas: lo efímero que puede ser una moda, y lo duradero que puede resultar el aprendizaje que dejamos a partir de ella.


