Odio a Sugarfina. Sus tiendas. Su concepto. Siempre que he ido a Estados Unidos, de una forma u otra, me topo con una de sus tiendas. Me es imposible no entrar. Entro.
Por lo visto, son tiendas dirigidas (sobre todo) a adultos que nunca superaron su amor a los dulces. Y por lo visto yo soy uno de ellos. Ya sé que en estos tiempos profilacticamente fitness es pecado decir lo que voy a afirmar: debería estar prohibida una infancia sin caramelos. Azucarada. Dulce. De colores chillones. Chocolate y Chicles. Y también una madurez sin que de vez en cuando entre por tu boca un pecado dulce.
En mi infancia no había tiendas Sugarfina, pero sí cuernos rellenos de chocolate, y Frigopies, y Tronkitos, y Bucaneros, y Tigretones y Panteras Rosas y chicles Bazoka, y sugus, y caramelos Chimos…
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Las tiendas Sugarfina son como los Tiffany de los dulces. Chucherías Gourmet por si quieres resucitar eso queda del goloso y golosa que fuiste, pero esta vez más elegant.
Puedes comprar golosinas por unos pocos $, o puedes comprar ositos de champan, elaborados con Dom Pérignon Vintage, a $ 10 la bolsita: siempre podrás fardar en tu fiesta si los pones de aperitivo.
Conceptual y estéticamente, Sugarfina son extraordinarios. Un retail tres estrellas Michelin.
He oído que Sugarfina, en verdad, vende dulces al niño o la niña que fuiste.

