La pregunta que debería guiar cualquier estrategia comercial en retail es simple, pero innegociable: ¿Qué tan sensible es tu cliente al precio? En un mercado donde cada centavo cuenta y cada promoción compite por la atención, entender la elasticidad precio de la demanda deja de ser una cuestión de teoría para convertirse en la columna vertebral de la rentabilidad. Este concepto, que mide cuánto cambia la cantidad vendida cuando ajustas el precio, no es nuevo, pero su aplicación práctica está evolucionando a una velocidad que obliga a replantear traditional pricing. En 2025, la toma de decisiones ya no se apoya en corazonadas o reglas de oro inmutables; se apoya en datos vivos, en capacidades analíticas y, cada vez más, en inteligencia artificial que procesa miles de tickets y transacciones para estimar elasticidades a nivel SKU y casi en tiempo real. Para profundizar en la versión original de esta reflexión y el contexto completo, recomiendo leer el artículo original de Joakin Pérez: “¿Qué tan ‘sensible’ es tu cliente al precio?” enlace original aquí.
La elasticidad no es un dato abstracto que circula entre proveedores y economistas. Es una radiografía del comportamiento del consumidor, que nos dice dónde un precio puede actuar como una palanca de ingresos y dónde podría convertirse en un lastre que expulsa clientes hacia la competencia o a la búsqueda de alternativas más baratas. En mercados y categorías diferentes, la elasticidad varía notablemente. En supermercados, por ejemplo, productos como refrescos y botanas pueden presentar elasticidades cercanas a -1.3, lo que indica alta sensibilidad a cambios de precio. Un incremento discreto en el precio puede traducirse en una caída considerable de ventas. Por el contrario, bienes básicos como la sal o el papel higiénico suelen exhibir elasticidades alrededor de -0.3, lo que significa que los consumidores seguirán comprando incluso ante ligeros aumentos, gracias a su carácter esencial y a la falta de sustitutos cercanos.
Ver también: Alucinar, convencer y confiar: ¿Quién supervisa a la IA?
Estas cifras no deben leerse de forma aislada. La elasticidad está intrínsecamente ligada a estacionalidad, promociones, competencia, y, cada vez más, a las dinámicas de la cadena de suministro y la experiencia de compra. Una campaña de descuentos intensos en una categoría elástica puede ser una poderosa palanca de volumen, pero podría erosionar el margen si el incremento de ventas no compensa la pérdida de precio. En categorías inelásticas, el mismo incremento de precio, si está bien calibrado, puede aumentar el margen sin un descenso significativo en volumen. En otras palabras, la clave no es “bajar precios por bajar” sino identificar dónde el precio tiene mayor impacto y dónde podría destruir valor.
Numerosos estudios refuerzan esta intuición. Un estudio de McKinsey, citado en distintas lecturas de gestión comercial, sugiere que optimizar precios basados en elasticidad puede mejorar el margen bruto en 2–5% para retailers de gran envergadura. Este rango, que puede parecer modesto en términos absolutos, representa una diferencia sustancial cuando se traduce en miles de millones de euros o dólares en ingresos anuales. Pero para que ese beneficio se materialice, la ejecución debe ser precisa: no se trata de aplicar descuentos indiscriminados ni de imponer aumentos sin analizar el impacto real en demanda y en la satisfacción del cliente.
La verdadera revolución, sin embargo, está en la capacidad de transformar datos en decisiones rápidas y responsables. En 2025, los líderes en retail están conectando datos de ventas, inventario, promociones y comportamiento del cliente para estimar elasticidades a nivel de SKU. Esta granularidad permite ajustar precios de forma dinámica, casi en tiempo real, y de manera que se equilibre el objetivo de rentabilidad con la experiencia del cliente. Ya no es suficiente “conocer la elasticidad” a nivel macro; es imprescindible entender qué ocurre en cada artículo, en cada tienda y en cada periodo de demanda. La inteligencia artificial facilita este nivel de detalle, automatizando la simulación de escenarios, evaluando respuestas de demanda ante diferentes precios y recomponiendo el portfolio en función de resultados probables.
Ver también: Alucinar, convencer y confiar: ¿Quién supervisa a la IA?
Pero, ¿Qué significa esto para el negocio diario del retail y para el consumidor? En primer lugar, implica un cambio de mentalidad: el precio ya no debe definirse de forma estática ni basarse en una experiencia pasada que podría no repeatirse. El precio se convierte en una variable dinámica que necesita gobernanza, medición y revisión continua. En segundo lugar, implica una revisión de procesos operativos: desde la gestión de inventarios, que debe responder a picos o caídas de demanda inducidos por cambios de precio, hasta la comunicación con el cliente, que debe ser transparente para mantener la confianza cuando las ofertas cambian con frecuencia.
La dimensión humana de la elasticidad también merece atención. Los consumidores no solo responden a precios; responden a valor percibido, a la conveniencia, a la confianza en la marca y a la claridad de la oferta. Un precio bajo que se perciba como engañoso o que no vaya acompañado de una experiencia de compra consistente puede dañar la lealtad a largo plazo. Por ello, la elasticidad debe estar integrada en una estrategia de valor que combine precio, disponibilidad, servicio, velocidad de entrega y calidad percibida. En otras palabras, la elasticidad no debe verse solo como una herramienta de optimización de márgenes, sino como un componente de una experiencia de compra holística.
El artículo de Joakin Pérez que acompaña a este análisis aporta una visión contemporánea y refrescante sobre el tema: la necesidad de basar las decisiones de precios en datos reales y en la capacidad de traducir esas elasticidades en acciones concretas que impulsen ingresos sin sacrificar la lealtad del cliente. En un entorno donde la competencia se ha globalizado y las opciones para el consumidor son infinitas, la agilidad para ajustar precios de manera informada puede convertirse en una ventaja competitiva decisiva. Sin embargo, esta agilidad debe ir acompañada de una gobernanza robusta, de métricas claras y de una comprensión profunda de la rentabilidad por SKU, tienda y canal.
Ver también: ¿México copiará el modelo Brasil-Shein? El giro ya empezó y la factura podría ser para todos
Al cierre de este análisis, la pregunta que debemos hacernos como líderes de negocio no es si queremos apostar por datos o por intuición, sino cómo combinamos ambos mundos de manera responsable y rentable. Los datos ofrecen precisión; la intuición aporta experiencia y visión. La clave está en un marco que permita experimentar con rapidez pero que mantenga el foco en la propuesta de valor central. Si la elasticidad de la demanda nos dice que en ciertas categorías una reducción de precio puede generar mayores ingresos por volumen, entonces esa inversión debe estar acompañada de una estrategia de comunicación que enfatice el valor real para el cliente y de una logística capaz de sostener el incremento de demanda. Si, por el contrario, la elasticidad señala que un pequeño ajuste de precio en una categoría inelástica puede incrementar el margen sin pérdida de ventas, ese cambio debe implementarse con transparencia y con un plan de continuidad que asegure la disponibilidad del producto y la experiencia de compra.


