«La utilidad como consuelo» es el tema que propone Eduardo Moraga, Strategic Trade Marketing Leader | Business Intelligence and Data Science Consultant.
Siempre me ha parecido fascinante cómo intentamos darle sentido a lo que hacemos. Nos pasamos la vida buscando explicaciones: por qué actuamos así, por qué sentimos lo que sentimos o por qué tomamos ciertas decisiones y no otras.
Por suerte, no estamos solos en esa búsqueda. La economía, la sociología, la psicología —y últimamente la neurociencia y el mundo de los datos— han tratado de responder esas mismas preguntas. Y han llegado lejos.
Pero lo que me trae de nuevo aquí es algo más simple, más concreto: el ingreso.
En la teoría económica clásica, el ingreso se presenta como la gran llave. Es lo que nos permite ampliar nuestra frontera de consumo, acceder a nuevas combinaciones de bienes y, en teoría, maximizar nuestra utilidad.
Suena convincente. Aunque, claro, ya lo hemos cuestionado antes —y vale la pena insistir—: ¿y si no fuera suficiente?
Aunque los ingresos promedio en muchos países de América Latina siguen siendo bajos, basta con experimentar el paso de un salario mínimo a un ingreso más cómodo para notar algo evidente: el bienestar mejora.
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Pero hasta cierto punto. Como si hubiera una especie de “fatiga del goce”. Un momento en el que el ingreso ya no trae consigo más felicidad. Ni siquiera más satisfacción.
Entonces, ¿qué pasa con esa supuesta utilidad?
Volvamos a lo clásico: Keynes decía algo muy simple pero poderoso: cuando una persona gana un poco más, suele gastar un poco más. No todo, pero sí una parte. A eso le llamó propensión marginal a consumir.
Años más tarde, el economista Gujarati hizo un análisis con datos de EE.UU., desde 1960 hasta 2005. ¿El resultado? Por cada dólar extra que las personas ganaban, aumentaban su consumo en unos 72 centavos. Ese número, aunque parezca pequeño, sirve para entender cómo se mueve toda una economía cuando cambia el ingreso.
También permite pensar en políticas públicas: ¿qué pasa si el Estado inyecta dinero?, ¿cuánto se activa el consumo?, ¿cómo se retroalimenta la economía?
Pero volvamos al plano individual. ¿Ese mayor consumo implica realmente más felicidad?
Desde la microeconomía aprendemos que los bienes, por sí solos, no tienen valor. La utilidad no está en el objeto, sino en nosotros. Es una proyección personal.
Podemos preferir un bien sobre otro, sí. Pero no sabemos cuánto más lo valoramos. La utilidad, al final, es ordinal. No existe una regla exacta para medir cuán feliz me hace A respecto de B.
Además, está el efecto del acostumbramiento. Cada peso adicional da menos satisfacción que el anterior: eso se llama utilidad marginal decreciente. Y se vuelve aún más evidente con la llamada adaptación hedónica.
Lo que ayer nos deslumbraba, hoy pasa desapercibido. Me compro un celular nuevo y me emociona… por dos días. Después, ya forma parte del paisaje.
La felicidad que viene del ingreso parece tener un techo. Pero no uno fijo: un techo móvil. Porque, a medida que mejoran nuestras condiciones, también suben nuestras expectativas.
Y como no vivimos aislados, nos comparamos (ya lo escribí en una nota anterior). No se trata solo de cuánto tengo yo, sino de cuánto tienen los demás.
Ya lo decía Marx: una casa puede parecer enorme… hasta que construyen una mansión al lado. El ingreso se vuelve relativo.
Su valor no está solo en lo que nos permite comprar, sino en lo que simboliza frente a los otros.
La teoría marginalista ya lo anticipaba: la utilidad es una experiencia humana.
Los objetos no contienen felicidad. La felicidad está en las personas. Son ellas quienes le dan sentido, placer o identidad a lo que consumen.
Frente a una misma camisa, una persona puede ver estilo y deseo; otra, simplemente un trapo.
Y aunque los modelos clásicos insistan en que tomamos decisiones racionales y maximizamos el bienestar, la realidad nos muestra otra cara.
¿Cómo medimos ese bienestar? ¿Cómo sabemos si, efectivamente, estamos mejor?
Estudios de personas como Easterlin, Kahneman o Deaton nos enfrentan a una verdad incómoda: en promedio, los más ricos suelen reportar más satisfacción.
Pero cuando se analiza la felicidad a lo largo del tiempo, incluso cuando todos ganan más, la felicidad no sube igual. Se estanca. ¿La razón? Somos criaturas comparativas. Nos importa, siempre, el punto de referencia.
Entonces, ¿y si la utilidad no fuera suficiente?
Durante décadas, la economía ha usado la utilidad como una especie de atajo para hablar de felicidad. Pero los datos y la experiencia nos dicen otra cosa.
La satisfacción no es una estación de llegada. Es un proceso. Una meta que se desplaza cada vez que creemos haberla alcanzado.
Quizás el dilema no sea solo la utilidad. Ni siquiera el ingreso. Tal vez, el problema esté en cómo hemos ido construyendo nuestras aspiraciones.
Como comentaba al inicio, creo que hoy, más que nunca, distintas disciplinas están intentando entender qué es realmente el bienestar. Se están sumando miradas sociales, culturales y relacionales.
Y también estamos empezando a aceptar que muchas veces elegimos mal.
Decidimos desde la emoción, desde el cansancio, desde la ansiedad.
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Y no siempre somos tan racionales como cree nuestra planilla de Excel (si es que alguna vez lo fuimos).
Quizás, lo importante no sea cuánto tengo ni cuánto podría tener… sino cuánto podría dejar de necesitar.
