Vivimos en la era de la infoxicación. Un ecosistema donde el ruido digital, los titulares altisonantes y el clip de video de quince segundos dictan, en gran medida, el termómetro social. En este escenario, la política se ha convertido en un ejercicio de seducción permanente. Puedes leer el artículo de Fernando Carbajal Sánchez original aquí.
Hemos desplazado el análisis de la gestión pública hacia la estética de la comunicación, olvidando que, al final del día, el Estado es la estructura más compleja y determinante que gestiona nuestros recursos, nuestra seguridad y nuestras oportunidades de futuro.
A menudo nos preguntamos por qué la calidad de vida parece estancarse, por qué los servicios públicos no alcanzan el nivel de excelencia que exigimos en otros sectores o por qué la burocracia se siente cada vez más lejana de la realidad cotidiana. La respuesta no siempre reside en la ideología, sino en la competencia profesional de quienes ostentan el poder.
La brecha entre la gestión privada y el servicio público
Existe una paradoja inquietante en nuestra sociedad. Para cualquier puesto de mando medio en una empresa, se nos exige demostrar un historial: años de experiencia, indicadores de desempeño, capacidad para liderar equipos multidisciplinarios y una hoja de ruta clara para resolver crisis. Sin embargo, para asumir la dirección de un país, el filtro de entrada es, fundamentalmente, la popularidad.
No se trata de defender una visión tecnocrática donde solo los especialistas gobiernen, sino de rescatar la importancia de la competencia operativa. Gobernar implica tomar decisiones bajo presión con información incompleta, asignar presupuestos limitados a necesidades infinitas y mediar entre intereses contrapuestos. Estas son, en esencia, habilidades de gestión de alto nivel. Cuando el criterio principal de elección es la capacidad de persuasión, corremos el riesgo de llenar los pasillos del poder de expertos en discurso, pero analfabetos en ejecución.
La dictadura del relato frente a la tiranía de los hechos
El filósofo griego Platón ya advertía sobre los peligros de la demagogia. En su alegoría de la caverna y sus reflexiones sobre el buen gobernante, sugería que el mando debería recaer en quien posee el conocimiento necesario para navegar el barco, no en quien mejor sabe gritar a los marineros para convencerlos de que la tormenta no existe.
Hoy, ese «buen gobernante» es aquel que entiende que la gestión pública requiere:
-
Visión a largo plazo: La capacidad de trascender los ciclos electorales y sembrar proyectos que no darán frutos en una foto de campaña, sino en una mejora estructural del país.
-
Transparencia radical: No basada en anuncios, sino en resultados auditables.
-
Gestión de talento: La valentía de rodearse de personas más capaces que uno mismo, algo que requiere un ego controlado y un sentido de responsabilidad inmenso.
Cuando la política se reduce a un duelo de comunicadores, el perjudicado siempre es el ciudadano. La retórica puede ganar elecciones, pero no puede construir hospitales, no puede estabilizar una economía ni puede reformar un sistema educativo.
Una invitación a la reflexión necesaria
Recientemente, Fernando Carbajal Sánchez ha publicado una pieza breve pero contundente que pone el dedo en la llaga sobre esta disyuntiva. Nos invita a dejar de lado la simplificación de «izquierda contra derecha» para preguntarnos si lo que realmente estamos haciendo es premiar el envoltorio del regalo en lugar de cuestionar el contenido.
Su reflexión es una bofetada necesaria en un momento donde el electorado parece anestesiado por el espectáculo. Los invito a leer su artículo original, el cual comparto a continuación, para profundizar en esta necesaria autocrítica democrática:
Hacia una nueva cultura de exigencia
La pregunta que plantea Carbajal Sánchez nos obliga a mirar hacia adentro. Como sociedad, tenemos parte de la responsabilidad. ¿Exigimos programas de gobierno basados en evidencia o nos dejamos seducir por las promesas vacías? ¿Castigamos la mala gestión en las urnas o premiamos al candidato más simpático?
Es imperativo elevar el nivel del debate. Debemos pasar de ser espectadores pasivos de un show de televisión a ser auditores activos de la gestión pública. La política no debe ser un concurso de popularidad; debe ser el ejercicio más noble de servicio y administración.
Si queremos resultados distintos, no podemos seguir utilizando los mismos criterios de selección. La gestión es la verdadera prueba de fuego del liderazgo. Aquel que no puede demostrar una capacidad demostrada de gestión antes de llegar al cargo, difícilmente aprenderá a hacerlo mientras lo ocupa. El Estado es demasiado importante para dejarlo en manos de quienes solo saben vender humo, mientras las casas de los ciudadanos se están quedando frías.
Es hora de cambiar el paradigma: menos oratoria, más ejecución. Menos eslóganes, más indicadores. Menos política de relato y, por fin, más política de gestión.


