Cuando yo era pequeño, recuerdo a mi madre abrir la nevera. Siempre faltaba algo. Así que llamaba a la tienda del barrio en la que solia comprar. Le pedía, por ejemplo, limones, o el vino que le gustaba a mi padre.
A veces, la tienda no tenía lo que le pedía mi madre, pero le decía que no se preocupara que lo conseguiría. Supongo que iba a buscarlo a otras tiendas del barrio, el caso es que siempre lo conseguía.
Muchas veces, me mandaba a por ello a la tienda, pero otras muchas veces, al poco tiempo de que mi madre hubiera hecho el pedido por teléfono, llamaban a la puerta y era el repartidor de la tienda.
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Más tarde, unos días después, mi madre le pagaba a la dueña de la tienda.
Acabo de explicarles la omnicanalidad, el “pick up” o recogida en tienda , la logística urgente de última milla o “last mile” , eso del “customer centric” o «poner al cliente en el centro», lo de las «tiendas experienciales», y el “buy now pay later”.
Luego, muchos años después, caminamos en medio de una tormenta de palabras y de términos «disruptivos» y biensonantes, que nos explican que todo es revolucionario y N-U-E-V-O.

