«La política del liderazgo: lo que los empresarios deben aprender del poder bien —y mal— ejercido» es el tema que propone Willem F. Schol, Presidente de AmericaMalls & Retail y Director de Empresas.
En medio del clima político que se vive hoy en Chile —y que resuena también en muchos otros países de América Latina, marcado por la polarización, la desconfianza y la falta de visión compartida—, en un reciente directorio en el que participé surgió una pregunta que dio pie a una conversación profunda:
¿Qué podemos aprender los empresarios y directores de empresas de la buena y de la mala política?
La inquietud no es menor. En la medida en que observamos cómo los liderazgos políticos se desgastan, cómo los consensos se rompen y cómo el corto plazo domina la agenda pública, resulta inevitable preguntarse cuánto de eso ocurre también en el mundo empresarial. Porque, al final, dirigir una empresa también es ejercer poder, y la forma en que ese poder se usa define su destino.
La buena política: el arte de construir propósito colectivo
La buena política enseña que liderar no es mandar, sino inspirar y sumar. Los grandes líderes —en la historia y en los negocios— entienden que su rol no es imponer una visión personal, sino convocar voluntades en torno a un propósito compartido.
En la empresa, esto se traduce en una dirección clara, en decisiones que equilibran intereses y en la capacidad de alinear equipos diversos hacia un mismo norte.
Los buenos políticos, como los buenos empresarios, saben escuchar. Entienden que el disenso no es una amenaza, sino una fuente de riqueza intelectual. El arte de construir consensos —tan escaso hoy en la esfera pública— debería ser también una habilidad esencial en los directorios y las gerencias.
Y la buena política también nos recuerda la importancia de la rendición de cuentas. Así como los sistemas democráticos se sostienen sobre la transparencia, las empresas con cultura sólida se fortalecen con gobernanza, indicadores claros y coherencia entre discurso y acción. No hay liderazgo legítimo sin responsabilidad.
La mala política: lecciones desde el poder mal entendido
La mala política, en cambio, ofrece un espejo que incomoda pero enseña.
El populismo —esa obsesión por el aplauso inmediato— tiene su versión corporativa: decisiones pensadas para agradar a corto plazo, sacrificando la sostenibilidad. Cuando un líder empresarial actúa para proteger su imagen o mantener una falsa armonía interna, termina debilitando la cultura y la confianza.
También existe el clientelismo corporativo, ese favoritismo que premia la lealtad personal por sobre el mérito o el desempeño. Es la antesala de las culturas tóxicas y del estancamiento.
Y está la manipulación de la información, práctica tan destructiva en política como en la empresa: ocultar datos, maquillar resultados o silenciar voces críticas. El engaño puede sostener una narrativa temporal, pero la verdad siempre llega con factura.
La peor expresión de la mala política, sin embargo, es el aislamiento del líder. Cuando el poder deja de ser cuestionado, cuando las decisiones se toman en soledad o rodeado de aduladores, el error se vuelve inevitable. En política, esto conduce a crisis de gobernabilidad; en la empresa, a la pérdida de competitividad y visión.
El liderazgo como ejercicio político
Dirigir una empresa es, en definitiva, gobernar una comunidad de intereses, emociones y expectativas.
El buen líder, como el buen político, equilibra lo urgente con lo importante, lo individual con lo colectivo, y el presente con el futuro. Comprende que su autoridad no proviene del cargo, sino de la confianza que inspira.
Ver también: Alpina: La Fusión de Tradición Suiza y Sabor Colombiano que Redefinió la Nutrición Regional
Los empresarios que entienden la dimensión política de su rol desarrollan un liderazgo más humano, transparente y estratégico. Saben que su legado no se mide por los resultados trimestrales, sino por la huella que dejan en las personas, la organización y la sociedad.
Porque tanto en la política como en la empresa, el poder solo vale cuando se usa para construir, no para dominar.


