El tejido empresarial y deportivo de Alemania parece estar atravesando una metamorfosis tan profunda como desconcertante. Para el observador externo, resulta casi imposible conciliar dos realidades que conviven en el mismo país: el gigante automovilístico Volkswagen anunciando despidos masivos y el cierre de fábricas ante la presión china, y, paralelamente, el resurgir glorioso de una marca icónica como adidas en el escenario global del fútbol.
Esta dualidad no es solo un fenómeno económico; es una radiografía de los desafíos que enfrenta la vieja Europa en un mundo donde la competitividad se mide en velocidad de adaptación y relevancia cultural. Puedes leer el artículo de Dimas Gimeno Álvarez original completo aquí.
En su reflexión, Gimeno no solo observa los marcadores de los partidos del Mundial 2026, sino que utiliza el deporte como un espejo de la salud corporativa. La eliminación de la selección alemana a manos de Paraguay no es solo un tropiezo deportivo; es el cierre de una era simbólica. Que la tetracampeona del mundo deje de vestir adidas para abrazar a Nike a partir de 2030 suena, hace unos años, a herejía. Hoy, es la confirmación de que ninguna marca, por muy nacional o histórica que sea, tiene el derecho garantizado a la permanencia si no logra conectar con las nuevas audiencias.
El fenómeno de la resiliencia: Adidas y el valor de la marca
Lo más fascinante de este análisis es la capacidad de adidas para desafiar su propia «amortización». Mientras la industria pesada alemana parece estar contra las cuerdas, la marca de las tres bandas ha demostrado que el diseño y la cultura urbana —con el éxito sin precedentes de sus modelos Gazelle y Samba— son activos tan potentes como una cadena de montaje.
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El dato que aporta Gimeno es demoledor para los escépticos: adidas no solo ha sobrevivido, sino que ha liderado el Mundial 2026, vistiendo a 14 selecciones frente a las 12 de su gran rival, Nike. En un terreno donde Nike juega «en casa» por su fuerte vinculación con el mercado norteamericano, adidas ha demostrado una capacidad de fuego táctica envidiable.
¿Dónde queda España en este tablero?
La reflexión también abre un espacio necesario para la autocrítica y el orgullo industrial español. Es notable cómo firmas como KELME, bajo capital extranjero, logran colarse en el podio global de la presencia deportiva. Sin embargo, surge una duda razonable: ¿por qué empresas con la solidez y el ADN deportivo de Joma permanecen ausentes en esta vitrina internacional? La falta de presencia de marcas locales en eventos de esta magnitud es, quizás, un síntoma de que todavía nos falta dar un salto cualitativo en el posicionamiento de marca a gran escala, más allá del producto.
Reflexión final
El artículo de Gimeno nos obliga a preguntarnos si lo que ocurre en Alemania es un síntoma de fin de ciclo o simplemente la dolorosa transición hacia un modelo donde la «marca país» ya no es suficiente para competir. La industria del automóvil, con Volkswagen a la cabeza, parece estar en la cara oscura de esta moneda, enfrentándose a un mercado global que no perdona la ineficiencia.
Sin embargo, el éxito de adidas nos enseña una lección valiosa: el mercado puede dar por amortizada a una institución, pero la relevancia cultural y el buen hacer comercial siempre tienen una oportunidad de retorno. El fútbol es, al final, el negocio de las emociones, y Alemania, a pesar de sus crisis actuales, sigue siendo el epicentro donde se dirime quién será el próximo gigante del futuro.
¿Estamos ante el fin de la hegemonía industrial alemana o estamos simplemente presenciando su obligada transformación hacia una economía más ágil y culturalmente conectada? Como bien apunta Dimas Gimeno, el terreno de juego ha cambiado y las reglas del partido las dicta, ahora más que nunca, la velocidad con la que sepamos reinventar nuestra identidad.

