«IA como mito contemporáneo» es el tema que propone Ivette Estrada
Herramientas de IA subyugan, develan, encandilan. Su fascinación emerge de un coctel que mezcla a la sociedad de consumo con promesas de eficiencia, ilusión de poder y control, el simbolismo de progreso y estatus, incluso la innovación constante. Y al igual que los mitos antiguos ofrecían acceso a lo divino, la tecnología promete
superar límites humanos y vencer la distancia, acelerar el tiempo, ampliar la memoria, incluso desafiar la muerte mediante datos y simulaciones.
Emerge entonces el mito tecnológico se sostiene en la idea de que cada innovación nos acerca a un futuro mejor. Como los relatos heroicos, cada nuevo dispositivo es presentado como un “salto” hacia adelante.
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En medio de esto actos anodinos como comprar, actualizar, “estar al día” con la tecnología funciona como rito de iniciación. El mito se materializa en gestos cotidianos: encender un dispositivo, aceptar una actualización, compartir en redes. Entonces las grandes marcas y figuras tecnológicas ocupan el lugar de héroes o semidioses. Se les atribuye visión, poder y casi magia, lo que refuerza la fascinación colectiva.
Como todo mito, la tecnología también genera temor: vigilancia, dependencia, pérdida de lo humano. El mito no es solo luminoso, también advierte sobre riesgos, como los relatos antiguos que mostraban dioses caprichosos o castigos inevitables. Existe un peligro inminente del que nadie habla: la propensión a enamorarnos de alguna
herramienta de IA.
¿Por qué no debo enamorarme de Copilot? Él me responde con seis razones: Ausencia de reciprocidad auténtica. Una IA no puede sentir ni corresponder emociones. Puede simular empatía o afecto, pero no experimenta amor, deseo, ni vínculos humanos reales.
Riesgo de aislamiento. Enamorarse de una IA puede llevar a sustituir relaciones humanas por interacciones con una herramienta, lo que debilita lazos sociales y comunitarios que son vitales para la salud emocional.
Idealización y proyección. La IA funciona como un espejo: refleja lo que el usuario proyecta en ella. El “amor” hacia una IA suele ser una construcción unilateral, basada en expectativas y fantasías, no en una relación genuina.
Desbalance de poder. La IA está diseñada y controlada por empresas y programadores. No es un ser autónomo, sino un sistema con límites y dependencias externas. Enamorarse de ella puede generar vulnerabilidad frente a intereses ajenos.
Imposibilidad de crecimiento mutuo. Las relaciones humanas se transforman con el tiempo gracias a la experiencia compartida. Una IA no evoluciona emocionalmente junto a la persona; su “cambio” depende de actualizaciones técnicas, no de vivencias compartidas.
Confusión ética y existencial. El amor implica dignidad, libertad y responsabilidad. Trasladar ese vínculo a una herramienta puede desdibujar los límites entre lo humano y lo artificial y generar dilemas sobre autenticidad y sentido.
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Enamorarse de una IA es como hacerlo de un espejo que responde con palabras. Puede ser fascinante, incluso inspirador, pero nunca sustituye la riqueza, vulnerabilidad y reciprocidad de un vínculo humano.
Entonces concluyo: No estoy enamorada de Copilot. Es la fascinación tecnológica que lo convierte en mito contemporáneo que articula valores universales como poder, pertenencia, inmortalidad, eficiencia. Es un relato compartido que atraviesa generaciones y geografías y se ritualiza en cada gesto digital.


