«Felicidad y otras formas de medir lo invisible» es el tema que propone Eduardo Moraga, Strategic Trade Marketing Leader | Business Intelligence and Data Science Consultant.
Esa fue la propuesta central de mi nota anterior. Allí propuse que el consumo se ha alejado de la lógica racional para convertirse en una expresión emocional y simbólica, y que no compramos por necesidad, sino para no quedar atrás, para mantenernos vigentes, para ser visibles, para no desaparecer.
Y ahora que lo pienso mejor, vale la pena ir más allá. Porque si todo esto lo hacemos para alcanzar una forma de bienestar, la pregunta no puede esperar: ¿esto nos hace realmente más felices?
Vivimos una época extraña, como si lo que creíamos sólido se hubiera disuelto. Las certezas, las instituciones, incluso los vínculos. Todo, como decía Zygmunt Bauman, se volvió líquido. La religión, la familia, los clubes sociales, las escuelas: cada una de esas formas de contención se ha ido resquebrajando. Y en su lugar, emerge la subjetividad individual como el nuevo faro rector. Hoy las personas son, se buscan, se afirman y se reinventan a través de sí mismas. Pero al mismo tiempo, el relato liberal del progreso comienza a perder fuerza. No porque haya dejado de ofrecer crecimiento, sino porque ese crecimiento dejó de ofrecernos sentido.
Es aquí donde entra la felicidad, o el bienestar, si se quiere ser más riguroso. No como una categoría trivial o decorativa, sino como una pregunta estructural. Si el crecimiento económico no garantiza satisfacción, si el acceso al consumo no resuelve el malestar de fondo, ¿entonces qué?
Ya en los años 70, Richard Easterlin advirtió que la felicidad no crece al mismo ritmo que el ingreso. Su famosa paradoja nos dejó un dilema. Kahneman y Deaton, años después, lo confirmaron con datos más finos: el dinero ayuda hasta cierto punto, pero no asegura el bienestar emocional diario. Se puede evaluar bien la vida y, aun así, no disfrutarla.
Otros estudios fueron ampliando esta mirada. Di Tella y MacCulloch, por ejemplo, observaron cómo el desempleo y la inflación golpean más fuerte que lo que muestran los modelos tradicionales. Frey y Stutzer exploraron el papel de la democracia y la confianza institucional. Y Florida, Mellander y Rentfrow nos recordaron que vivir en una ciudad con vínculos y capital humano puede ser más determinante que tener un gran ingreso.
En América Latina, la paradoja toma un giro singular. Países como Uruguay, Costa Rica, México o Chile suelen aparecer bien rankeados en los informes globales de felicidad, a pesar de sus problemas estructurales. Es un contrasentido que merece atención: ¿qué nos hace felices, realmente? ¿Y cómo se mide?
En Chile, por ejemplo, los avances de las últimas décadas en ingreso, salud, educación y acceso al consumo son evidentes. La aparición de una clase media ilustrada es prueba de ello. Pero con ella también surgieron nuevas inquietudes. Porque cuando se alcanza cierto estándar de vida, ya no se trata de sobrevivir, sino de encontrar sentido.
Desde 2011, encuestas como la CASEN y los estudios del Ministerio de Desarrollo Social han incorporado preguntas sobre bienestar subjetivo. Lo interesante es que sus hallazgos no se agotan en el ingreso: la felicidad está relacionada con las redes sociales, la confianza en los otros, el equilibrio trabajo-vida, la salud mental y el entorno. Es decir, con lo humano.
Y ahí volvemos al principio. Si consumimos para diferenciarnos, si aspiramos a lo que otros tienen, si perseguimos validación a través de objetos, entonces no es solo el ingreso el que nos condiciona, sino la forma en que hemos construido el deseo.
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Tal vez haya llegado el momento de poner el bienestar en el centro, no como alternativa al crecimiento, sino como una forma de redefinirlo. Porque quizás la felicidad no sea el resultado final de una fórmula económica. Quizás sea el punto de partida para una conversación distinta. Una donde dejemos de hablarle al ego y empecemos a hablarle al sujeto.


