El ritmo de la industria de la moda actual es insostenible. Con decenas de microtendencias naciendo y muriendo cada semana en TikTok, las grandes firmas se enfrentan a un enemigo silencioso pero devastador: el vacío de ideas. En su carrera desesperada por mantenerse relevantes y llenar el apetito voraz del consumidor hiperconectado, las marcas han encontrado una mina de oro que no les pertenece. El problema es que la línea entre homenajear una identidad y saquearla es cada vez más delgada, y la paciencia de las comunidades locales se está agotando.
No se trata de un fenómeno aislado, sino de un síntoma sistémico. Cuando la maquinaria del ‘fast fashion’ y el lujo accesible se queda sin narrativa propia, el radar corporativo se gira hacia lo auténtico, lo ancestral y lo periférico. Es ahí donde el debate se enciende.
Sobre esta encrucijada global ha reflexionado magistralmente la estratega y comunicadora Fátima Aït Zahrire en su perfil de LinkedIn. En su texto, que puedes leer completo aquí, la autora desentraña cómo el lanzamiento de unas zapatillas destapa una realidad incómoda: la crisis de originalidad de la moda y la apropiación cultural podrían ser, en realidad, las dos caras de la misma moneda.
El algoritmo de la copia: Cuando el éxito penaliza la diversidad
El análisis de Aït Zahrire pone el dedo en una llaga sangrante: la preocupante homogeneización del diseño masivo. El hecho de que Puma replique una estrategia ejecutada por Adidas apenas doce meses antes utilizando al mismo creativo, Itsmeddcom, demuestra que los departamentos de marketing ya no buscan tendencias en las subculturas urbanas o en la experimentación artística, sino en los gráficos de rendimiento de la competencia. Si funcionó una vez, se vuelve a empaquetar.
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Esta falta de riesgo corporativo es la que empuja a la industria a la飽turation (saturación). Cuando las marcas sufren de pereza creativa, el «homenaje» se convierte en el recurso más fácil. Sin embargo, extraer un elemento sagrado, tradicional o histórico de su contexto para colocarlo en un escaparate de la Quinta Avenida no es democratizar la cultura; es despojarla de su alma para convertirla en un activo financiero transaccional.
Las tres caras del espejo: No todo es apropiación, pero todo es negocio
Como bien desglosa el texto introducido, los enfoques comerciales varían drásticamente, y el resultado final depende de la ética de la ejecución:
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El extractivismo puro (El caso Prada): Diseñar desde una torre de marfil europea imitando la artesanía de la India sin contar con sus creadores. Es el modelo colonial clásico adaptado al capitalismo del siglo XXI. El beneficio es unilateral y el reconocimiento, nulo.
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La representación incompleta (El caso Willy Chavarría x Adidas): Tener la ascendencia o la intención no siempre valida el proceso si los colectivos que preservan la tradición (en este caso, las comunidades indígenas mexicanas y sus huaraches) quedan fuera de la toma de decisiones económicas y autorales.
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La co-creación nativa (El caso Itsmeddcom): Cuando el impulso nace del propio guardián de la cultura. Aquí, la globalización funciona como un altavoz legítimo. La herencia marroquí se expande porque hay un puente real, no un muro de apropiación.
La diferencia crucial reside en una tríada que la industria del ‘lifestyle’ suele ignorar deliberadamente: ¿Quién narra, quién firma el cheque y quién se lleva el dividendo?
El peligro del «turismo cultural» en las pasarelas
Cuando el calzado tradicional como la babouche o el huarache se transforma en un accesorio de tendencia efímera, corremos el riesgo de devaluar su significado histórico. Para un consumidor occidental, una babouche estilizada por Puma puede ser simplemente «el calzado ‘cool’ del verano». Para la cultura del norte de África, representa siglos de identidad, artesanía textil y herencia social.
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El peligro real de este bucle estético es que los países occidentales sigan actuando como árbitros del gusto global: dictaminando qué elementos de las culturas del Sur Global son «elegantes» hoy y cuáles serán «obsoletos» mañana.
La moda necesita urgentemente un parón reflexivo. Si para innovar es obligatorio mirar hacia fuera, las corporaciones deben entender que la cultura no es un banco de imágenes de libre acceso ni una paleta de tendencias estacionales. Es un ecosistema vivo de personas que merecen respeto, derechos de autoría y, sobre todo, una silla permanente en la mesa donde se decide el negocio.



