En la industria de la moda contemporánea, donde el ruido mediático a menudo eclipsa la sustancia, resulta refrescante volver la vista atrás para encontrar lecciones que siguen vigentes. Durante décadas, hemos visto cómo las grandes casas de lujo han apostado por la figura del «diseñador-estrella», el arquitecto de espectáculos que transforma desfiles en eventos de cultura pop. Sin embargo, existe una lección fundamental, a menudo ignorada, que nos recuerda que la longevidad de una marca no se construye a través de la estridencia, sino de la coherencia.
Invito a todos los profesionales del branding, la estrategia corporativa y el diseño a profundizar en esta visión que cuestiona la obsesión por la novedad constante y reivindica la maestría del producto. La reflexión completa de Bárbara Salus sobre este caso, y cómo continúa desafiando nuestra percepción actual de la moda, puede leerse el artículo completo aquí.
El factor Hermès: La apuesta por la invisibilidad
A finales de los años 90, la moda vivía en una espiral competitiva. Los nombres de John Galliano, Tom Ford o Alexander McQueen dominaban los titulares. La estrategia parecía clara: si querías relevancia, necesitabas a un director creativo capaz de acaparar los focos. En este contexto, Hermès ejecutó un movimiento que, visto hoy, se siente como una genialidad táctica: la contratación de Martin Margiela.
¿Por qué fue una decisión disruptiva? Porque Margiela, el enfant terrible de la moda, el hombre que cuestionaba los cimientos del sistema, parecía incompatible con la sobriedad artesanal de Hermès. La gran lección no fue solo de diseño, sino de gestión estratégica: Margiela entendió que su rol no era imponer su ego, sino potenciar la identidad de la casa. Mientras otros diseñadores gritaban para ser escuchados, Margiela susurró elegancia a través de materiales, patrones y una funcionalidad técnica impecable.
La dictadura de la imagen frente a la política de producto
La reflexión que nos propone Bárbara Salus sobre este episodio es vital para cualquier estratega de negocios actual. En un mercado saturado de contenido, donde la comunicación digital parece ser el único pilar que sostiene a las marcas, olvidamos la máxima de Jean-Louis Dumas: “Hermès no tiene una política de imagen. Tiene una política de producto”.
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¿Cuántas empresas hoy están intentando resolver con marketing lo que deberían solucionar con una mejor estrategia de colección? La construcción de una marca comienza mucho antes del primer anuncio en redes sociales. Comienza en la mesa de diseño, en la selección meticulosa de proveedores, en la arquitectura de las categorías que se deciden potenciar y, sobre todo, en la valentía de definir qué elementos son innegociables.
El liderazgo como ejercicio de identidad
El verdadero desafío de un líder no es dejar una huella indeleble que cambie la esencia de una organización, sino lograr lo opuesto: que la empresa sea, cada vez más, la mejor versión de sí misma. Esta «paradoja de la marca» sugiere que la excelencia no es aditiva —no se trata de ponerle más capas a la identidad—, sino sustractiva. Es limpiar, pulir y enfocar hasta que el núcleo de la empresa brille con total claridad ante el consumidor.


