«El liderazgo se construye en lo cotidiano» es el tema que propone Alé Baza, socio de PGX.
En el mundo de los negocios solemos hablar de grandes estrategias, inversiones millonarias o planes a diez años. Sin embargo, la verdadera diferencia entre un liderazgo exitoso y uno que se estanca está en aspectos cotidianos. Tres de ellos, en particular, marcan el rumbo de una organización.
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El primero es escuchar. Parece obvio, pero en la práctica es un desafío enorme. Muchos líderes creen que su responsabilidad es tener todas las respuestas. La realidad es otra: escuchar de verdad significa abrirse a las ideas de jefes, pares y colaboradores, lo que permite “ampliar el observador”. Eso sí, escuchar no equivale a democratizar todas las decisiones. El liderazgo exige equilibrio: dar espacio a las voces distintas, pero también tomar definiciones claras y oportunas. Un gerente que escucha a sus equipos sobre cómo mejorar un proceso productivo gana legitimidad, pero si intenta resolver cada dilema por consenso eterno termina paralizado.
El segundo detalle es contar con el talento adecuado. Ninguna visión se sostiene sin las personas correctas para ejecutarla. El asunto es que las personas no son solo adecuadas por su capacidad técnica, sino también por su estado de ánimo: convicción, determinación o serenidad, según lo que se requiera en cada momento. El rol del líder es generar condiciones para que sus equipos aprendan y se desafíen, pero también monitorear e intervenir en su estado de ánimo.
El tercer aspecto —y quizá el que es menos valorado en su real impacto— es cumplir con los compromisos. Una empresa puede tener un plan estratégico impecable, pero si su gente no honra sus compromisos, todo se desploma. El cumplimiento es la base de la confianza, pero no es solo un tema de voluntad: requiere un lenguaje claro y estándares compartidos. Para un trabajador, “rápido” puede ser dos días, mientras que para su jefa puede ser dos horas. Ahí el líder debe marcar la pauta, definiendo tiempos, estándares y expectativas con precisión para evitar ambigüedades.
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Un líder que escucha, que incorpora y desarrolla el talento y que cumple sus compromisos está mucho mejor orientado a lograr cambios de alto impacto en su organización.


