La industria de la moda atraviesa un momento de disonancia cognitiva sin precedentes. Por un lado, las campañas de marketing saturan el ecosistema digital con promesas de circularidad, fibras orgánicas y procesos de fabricación éticos. Por otro, la realidad macroeconómica de los consumidores dicta una sentencia tajante: la intención de compra no es sinónimo de capacidad de pago.
Recientemente, Javier Pérez de Leza Eguiguren, experto en estrategia de retail, ha puesto el dedo en la llaga con un análisis crudo sobre la situación en el mercado español. Su reflexión, que puedes leer íntegramente en el artículo original LA MODA SOSTENIBLE, SÍ. MÁS CARA, NO, desmantela la narrativa romántica del sector para enfrentar a las marcas con sus propios datos. Puedes leer el artículo original aquí.
La Brecha entre el Discurso y el Ticket de Compra
El análisis de Pérez de Leza revela un dato que debería actuar como una alarma para cualquier director de estrategia: el gasto medio en ropa en España ha caído un 8,5% desde 2019, situándose en apenas 551 euros anuales por persona. En un contexto de inflación persistente y pérdida de poder adquisitivo, la «conciencia ecológica» se enfrenta a un muro infranqueable: el bolsillo.
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Resulta fascinante —y a la vez preocupante— observar cómo el segmento demográfico más vocal respecto a la crisis climática, los jóvenes de entre 15 y 34 años, es precisamente el que menos está dispuesto a asumir el sobrecoste de las prendas sostenibles. Casi un 33% de este grupo rechaza directamente pagar más. Esto nos lleva a una conclusión inevitable: el activismo digital no se traduce automáticamente en conversión en el punto de venta.
El Error de la Estrategia Basada en el Sentimiento
Muchas firmas de moda han cometido el error estratégico de construir su propuesta de valor exclusivamente sobre el argumento del «bien común». Si bien es un componente ético necesario, han olvidado la regla de oro del retail: el cliente no paga por la virtud de la marca, paga por el valor que esa prenda le aporta.
Cuando una marca justifica un precio elevado basándose solo en el origen orgánico del tejido, está apelando a una minoría que, según los datos compartidos por Pérez de Leza, solo gasta un 4,5% por encima de la media. Es un nicho rentable, sí, pero es insuficiente para transformar una industria que depende del volumen y la escala para ser realmente sostenible.
De la Conciencia a la Supervivencia: La Segunda Mano como Refugio
Si bien la disposición a pagar más es baja, hay un indicador que sí muestra una evolución positiva: la durabilidad. Hoy, el 53% de los consumidores prioriza prendas que duren, frente al 31% que lo hacía hace una década. Además, más de la mitad de los españoles ya otorga una «segunda vida» a su ropa.
Este cambio no es solo una victoria del ecologismo; es una respuesta pragmática a la economía. El consumidor está aprendiendo que la sostenibilidad más efectiva es la que ya tiene en su armario. Para el retail tradicional, esto significa que el competidor ya no es solo la otra marca de fast fashion, sino el mercado de reventa y la propia resistencia del cliente a comprar algo nuevo si no percibe una mejora sustancial en calidad-precio.
El Desafío de la Propuesta de Valor Real
La moda sostenible no morirá por falta de demanda, sino por una deficiencia en la oferta. El reto para 2026 y los años venideros es democratizar lo verde. Si la sostenibilidad sigue siendo un lujo de nicho, la industria seguirá operando bajo un modelo extractivo mientras el planeta y los márgenes de beneficio se agotan.
Las empresas que liderarán el mercado serán aquellas capaces de optimizar sus cadenas de suministro y aplicar tecnologías de inteligencia operativa para absorber los costes de los materiales sostenibles, en lugar de trasladarlos íntegramente al consumidor final. La sostenibilidad debe dejar de ser un «plus» en la etiqueta de precio para convertirse en un estándar operativo invisible.
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El mercado no cambia por discursos ni por manifiestos en redes sociales; cambia cuando la propuesta de valor es real, tangible y, sobre todo, accesible. Como bien señala Javier Pérez de Leza, el problema no es que el consumidor no quiera salvar el mundo; el problema es que muchas marcas le están pidiendo que financie la transición energética de su negocio sin ofrecerle una ventaja competitiva en el producto.
Es hora de dejar de culpar al consumidor por no «ser lo suficientemente verde» y empezar a cuestionar si los modelos de negocio son lo suficientemente eficientes para ser sostenibles sin ser prohibitivos.



