La reciente adquisición de Everlane por parte del gigante de la fast fashion Shein —por una cifra cercana a los 100 millones de dólares— ha sacudido los cimientos de la industria de la moda. Para una marca que construyó su imperio sobre el lema de la «transparencia radical», terminar en manos del máximo exponente del consumo hiperacelerado parece una ironía cruel. Sin embargo, este movimiento es solo el síntoma de un cambio tectónico mucho mayor.
En su reciente análisis titulado ¿Se puede «comprar» la sostenibilidad a golpe de talonario?, Marina Specht Blum, especialista en comunicación y marca, plantea una radiografía cruda pero necesaria sobre el estado actual de la responsabilidad ambiental en el entorno corporativo. Su reflexión, motivada por este hito y por la compleja realidad del mercado actual, nos invita a hacernos la pregunta incómoda: ¿Ha muerto la sostenibilidad o simplemente ha madurado? Puedes leer el artículo original completo aquí.
A continuación, expandimos y analizamos las tesis de este debate indispensable para entender el futuro del negocio y el consumo.
De la bandera verde a la permacrisis
Durante la última década, muchas empresas emergentes descubrieron que el propósito ambiental era un excelente motor de arranque. Decir que ibas a salvar el planeta no solo atraía miradas, sino también capital riesgo. Era la era del «romanticismo verde», donde la narrativa cotizaba al alza.
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Pero el panorama global cambió drásticamente. La pandemia del año 2020 y la posterior situación de permacrisis —un estado de crisis económica, geopolítica y social casi permanente— obligaron a un baño de realidad. Cuando las cadenas de suministro se rompen, la inflación se dispara y la supervivencia financiera se vuelve una batalla diaria, las prioridades cambian.
El consumidor actual está:
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Angustiado por la incertidumbre económica.
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Empobrecido por la pérdida de poder adquisitivo.
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Hiperconectado pero profundamente infiel a las marcas.
En este contexto, la lealtad basada puramente en el estatus ecológico se desmorona. Las empresas ya no compiten solo por ser las más éticas; compiten por seguir siendo relevantes y accesibles para un bolsillo que ya no da para más.
La Gen Z y el factor precio: El mito desmontado
Existe la falsa creencia de que las nuevas generaciones (Generación Z y Generación Alfa) compran exclusivamente basándose en los valores éticos de las empresas. Los datos recientes pintan una imagen muy distinta. Según un estudio de GlobalData Retail, estos consumidores sitúan la sostenibilidad en el séptimo lugar (de un total de once factores) al decidir la compra de una marca.
¿Qué va antes? El precio, la disponibilidad, el diseño y la conveniencia.
Esto explica el auge descomunal de plataformas como Shein o Temu. Los jóvenes entienden el cambio climático y les preocupa, pero la realidad económica individual manda. No se le puede exigir a un consumidor actual un «impuesto a la conciencia» o un extra desmedido por el simple hecho de que un producto lleve una etiqueta verde. El romanticismo se ha roto: escalar un negocio apoyándose únicamente en el activismo de fachada ya no es sostenible a nivel financiero.
El viaje del marketing al barro operativo
La sostenibilidad está sufriendo el mismo proceso de transformación que en su día vivió la transformación digital. Al principio, la digitalización era un departamento aislado, casi un experimento de marketing con páginas web vistosas. Hoy, es el tejido conectivo de cualquier empresa.
Con el compromiso ambiental está pasando exactamente lo mismo:
[Etapa Infantil] [Etapa Adulta]
Altar del Marketing -------> El Barro Operativo
(Discursos y logos) (Logística, compras y KPIs)
Ya no se trata de lo que las marcas dicen en sus campañas de publicidad o en sus publicaciones de redes sociales; se trata de lo que realmente hacen. La sostenibilidad ha bajado del altar del marketing para mancharse las manos en:
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Las compras: Selección rigurosa y ética de materias primas.
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La logística: Optimización de rutas para reducir la huella de carbono real, no compensada artificialmente.
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El punto de venta: Reducción real de residuos y empaques.
El consumidor y los reguladores exigen ahora objetivos específicos, acciones concretas y resultados medibles. Las declaraciones de intenciones vacías ya no salvan reputaciones, y el escrutinio es cada vez más feroz.
La desaparición del Director de Sostenibilidad estrella
Hubo un tiempo en que el Chief Sustainability Officer (CSO) o Director de Sostenibilidad era la figura estrella en la foto del comité de dirección. Su presencia validaba el compromiso de la organización ante los inversores y la galería.
Sin embargo, la tendencia organizativa actual avanza hacia la integración transversal. El éxito de la sostenibilidad radica en que deje de existir como un departamento estanco. Si la sostenibilidad no está integrada en el diseño del producto, en la matriz de riesgos financieros, en la cadena de operaciones y en la gestión de marca, es solo maquillaje (greenwashing).
Al diluirse de forma transversal en el corazón del negocio, la función adquiere su verdadera mayoría de edad. Deja de ser un gasto accesorio para convertirse en un parámetro de viabilidad empresarial.
El salto definitivo: Del coste al valor de negocio
El verdadero punto de inflexión ocurrirá cuando el impacto sostenible deje de verse en las hojas de cálculo como un coste regulatorio o un gasto de relaciones públicas. El cambio de mentalidad definitivo vincula el impacto ambiental y social directamente con los activos intangibles más valiosos de una compañía:
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Brand Equity (Valor de marca): La reputación sólida construye resiliencia ante las crisis.
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Atracción de talento: Los profesionales más jóvenes y cualificados eligen trabajar en entornos que no contradigan sus valores éticos fundamentales.
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Valoración del negocio: En los procesos de fusiones y adquisiciones (M&A), las auditorías de cumplimiento ambiental y social determinan de forma directa el precio final de una compañía.
¿Tiene credibilidad Everlane en manos de Shein?
El caso de Everlane es paradigmático. Su fundador, Michael Preysman (desvinculado de la gestión desde 2025), ha acusado a los nuevos accionistas de abandonar el ADN fundacional de la empresa y ya ha anunciado el lanzamiento de una nueva firma, Still Radical, buscando recuperar la esencia perdida sin la presión del capital riesgo tradicional.
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La pregunta que queda en el aire es obligatoria: ¿Tiene alguna credibilidad una marca sostenible cuando sus beneficios van a parar a las arcas del gigante de la moda ultra-rápida?
La respuesta corta es que el consumidor difícilmente perdonará la disonancia cognitiva. La respuesta larga es que este movimiento demuestra que la sostenibilidad no se puede comprar a golpe de talonario si se vacía de contenido. La sostenibilidad no ha muerto; simplemente se ha hecho mayor, ha perdido la inocencia y ahora se enfrenta a las duras leyes de la gravedad económica.

