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Home Opinion

El espejismo del promedio: cómo una cifra gobierna nuestras comparaciones

Imagine una mesa de asado con amigos o una charla en el almuerzo del trabajo.

by España-Moda-Opinion
septiembre 22, 2025
in Opinion
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El espejismo del promedio: cómo una cifra gobierna nuestras comparaciones

El espejismo del promedio: cómo una cifra gobierna nuestras comparaciones

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«El espejismo del promedio: cómo una cifra gobierna nuestras comparaciones» es el tema que propone Eduardo Moraga Ortega, Business Intelligence and Data Science Consultant

Surgen los temas de siempre: cuánto se gastó en las vacaciones familiares, quién estrenó auto, qué colegio eligieron para los hijos. En silencio, cada cual hace la misma operación mental: compara lo suyo con lo que imagina que es el promedio del grupo. Y ahí ocurre lo esencial: ese promedio funciona como punto de referencia. Estar por encima puede sentirse ostentoso o dominante; estar por debajo, un signo de austeridad o incluso de carencia. Nadie lo dice, pero todos miden su vida con esa regla invisible del promedio.

La economía conductual muestra que estos cálculos no son neutros. Richard Thaler lo ilustró con una de sus anécdotas más citadas: un examen con promedio 72/100 generó frustración, pero al recalibrarlo experimentalmente a 96/137, los estudiantes respiraron aliviados, aunque el rendimiento era objetivamente peor (Nudge, 2008). La cifra no describe: prescribe emociones. Kahneman lo explicó con la teoría de la prospectiva: interpretamos pérdidas y ganancias en función de un punto de referencia. Y ese punto, en la vida cotidiana, suele ser el promedio.

El promedio como empujón invisible

La media no solo moldea comparaciones individuales; también disciplina conductas colectivas. En California, Schultz y colaboradores (2007) probaron qué pasaba al mostrar en la boleta eléctrica el consumo del hogar junto al promedio de los vecinos. El resultado fue claro: quienes estaban por encima redujeron su gasto, mientras que quienes estaban por debajo aumentaron el consumo: un efecto boomerang. La solución fue ingeniosa: añadir un gesto normativo —una carita feliz— junto a los más austeros.

Allcott (2011) replicó el experimento a gran escala: más de 80.000 hogares en EE. UU. redujeron en torno a un 2% mensual su consumo al verse enfrentados a la comparación con la media. Nadie se sintió obligado: el promedio, como nudge, operó como un verdadero cirujano de la conducta.

El espejismo estadístico: más allá de la campana de Gauss

El problema es creer que la media representa al “ciudadano común”. No existe tal ciudadano. La campana de Gauss es apenas un modelo, útil para describir fenómenos simétricos como la altura o el peso. En economía, facilita ciertos cálculos, pero la realidad rara vez obedece a esa forma.

  • En distribuciones asimétricas, el promedio termina favoreciendo a unos y castigando a otros. Imagine un grupo que divide la cuenta de un restaurante “a la romana”. Uno pide un plato sencillo y no prueba el vino; otro se deja tentar por la mejor botella y un postre sofisticado. El promedio, al repartir la cuenta, diluye la sobriedad del primero y subsidia el hedonismo del segundo.
    La media, ahí, no refleja la realidad de nadie: maquilla la diferencia y la vuelve regla colectiva.
  • En las leyes de potencias, pocos concentran casi todo: en un supermercado, el 20% de los productos explica el 80% de las ventas; en e-commerce, el 10% de clientes puede representar más de la mitad de los ingresos. Aquí el promedio es un espejismo: no se puede equiparar al cliente ocasional con el heavy user.
  • En procesos exponenciales, la media engaña con una falsa linealidad. Pregúntese: ¿en cuánto tiempo duplica su riqueza un país que crece al 2% anual? La intuición lineal sugiere 50 años. La realidad es otra: aplicando la regla del 70 (70 dividido por la tasa de crecimiento), el resultado es apenas 35 años. La diferencia no es un detalle: cambia el horizonte de políticas públicas, de inversiones y de expectativas ciudadanas.

El mismo error lo cometemos en la economía doméstica. Una tarjeta de crédito al 2% mensual parece inofensiva… hasta que se convierte en un monstruo que devora el presupuesto familiar. Con la inflación ocurre algo similar: si un producto cuesta $10.000 y la inflación promedio es de 1,5% mensual, muchos estiman que tras un año valdrá $11.800. La realidad compuesta es otra: casi $12.000. Esa diferencia, aparentemente mínima, erosiona salarios, pensiones y deudas con la paciencia de un ácido invisible.

El promedio, usado sin contexto, convierte lo complejo en caricatura. Es cómodo porque simplifica, pero en esa comodidad fabrica ilusiones y, como ya he escrito antes, sesgos.

Héroes y fracasados frente a la media

La psicología cognitiva suma otra paradoja. La mayoría cree estar por encima de la media en dimensiones deseables: conducir, comprar con racionalidad, ser generoso. Es el célebre efecto mejor que el promedio. Pero en habilidades difíciles o poco comunes, ocurre lo contrario: la gente se ubica por debajo de la media, el llamado efecto peor que el promedio (Chambers & Windschitl, 2004; Moore, 2007).

Lo interesante es que no siempre se trata de vanidad o inseguridad. Muchas veces son simples artefactos estadísticos. Tenemos más información sobre nosotros que sobre los demás, por lo que tendemos a ubicar al otro más cerca de la media que a nosotros mismos. Es lo que los psicólogos llaman regresividad diferencial. El resultado: el promedio nos convierte, según la ocasión, en héroes o en fracasados.

El poder invisible de la media

La media no es inocente. Es un dispositivo cultural que define lo normal, lo deseable, lo tolerable. En la mesa del asado, en la boleta de la luz, en la comparación de sueldos, el promedio opera como un juez silencioso. Žižek recordaría que el verdadero poder se ejerce precisamente cuando no lo vemos. El promedio es ese poder invisible: gobierna nuestras emociones y comparaciones bajo la apariencia de neutralidad.

Más allá del promedio

El reto no es criticar el promedio como tal —sería absurdo renunciar a una herramienta estadística tan útil—. Mi interés es explorar un concepto que, siendo genuinamente técnico, también es interpretativo. La tarea es domesticarlo: aprender a leerlo junto con su varianza, su distribución y su contexto social. Entender que la media puede empujar conductas, maquillar desigualdades o engañarnos frente a lo exponencial.

Ver también: Hornear con paciencia: el valor de la constancia frente a la inmediatez

Solo entonces podremos escapar del espejismo y reconocer que no existe un “hombre promedio”: solo una constelación de diferencias que la estadística aplana para tranquilizarnos.


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Tags: cifracomparacionesEduardo MoragaEl espejismoOpinionpromedioventas
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