Para entender el pulso del consumo actual, basta con mirar a la esquina más cercana: el supermercado de proximidad. En España, este formato vive un momento dorado, impulsado por tres factores clave: conveniencia, rapidez y cercanía. Son tres atributos que, en el mundo de hoy, pesan más que la bandera de una marca centenaria. En este contexto, el caso de El Corte Inglés (ECI) emerge como un estudio de caso fascinante: una marca que todavía resuena con calidad y confianza, pero que parece dudar cuando la brújula señala rumbo hacia la proximidad. Puedes leer el artículo de original aquí.
El análisis es inequívoco: el año de la consolidación del formato de proximidad no es un año cualquiera para El Corte Inglés. La compañía anunció un plan ambicioso que preveía la apertura de hasta 30 supermercados de proximidad. Sin embargo, la realidad ha sido otra. A día de hoy, solo cinco de esas tiendas han visto la luz. Y si esa proyección parecía un puente hacia la cercanía que demanda el cliente moderno, la caída de intensidad no podría ser más elocuente: la venta de 47 tiendas Supercor a Carrefour supuso reducir la red alimentaria en casi un 20 %. Un golpe en seco para una estrategia que —según se decía— iba a reforzar la presencia del grupo en el día a día del consumidor, no solo en grandes ocasiones de compra.
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En paralelo, las señales del mercado no mienten: la competencia corre, y corre rápido. Carrefour planea abrir más de 100 tiendas en 2025; Mercadona continúa expandiéndose y ya supera los 1.600 supermercados; Lidl España mantiene un ritmo de crecimiento sostenido y ambicioso. A nivel regional, Ahorramas S.A y Consum refuerzan su apuesta y perfilan un mapa de competencia que ya no es sólo de precio, sino de experiencia. En este contexto, la afirmación de que el cliente quiere “cercanía, precios competitivos y una experiencia de compra ágil” deja de ser un cliché para convertirse en una exigencia diaria en la cesta de la compra.
Y es aquí donde el debate se pone interesante: ¿puede una marca que se asienta en la calidad y la confianza (virtudes indiscutibles) permitirse seguir a la defensiva cuando la propia naturaleza del negocio empuja hacia la cercanía? Muchos lectores se harán esta pregunta con el sabor agridulce de una contradicción: por un lado, El Corte Inglés es sinónimo de excelencia; por otro, la realidad comercial actual premia a quien está en la calle, cerca del cliente, a quien entiende que la rapidez y la conveniencia son tan importantes como el producto en sí.
La presión del entorno no perdona. La fortaleza de ECI reside en su historia, en su reputación y en la fidelidad de una clientela que ha crecido con la marca. Pero la fidelidad basada en la experiencia de compra y la confianza se pone a prueba cuando el cliente es cada vez más sensible al tiempo, a la proximidad y al precio. En ese sentido, la estrategia de expansión en proximidad —o la falta de ella— no es una cuestión de moda, sino una cuestión de supervivencia y de coherencia con el nuevo ADN del consumidor.
La pregunta que muchos empresarios y analistas se plantean es si este rezago puede rectificarse a tiempo sin sacrificar la propia identidad. El Corte Inglés tiene dos caminos: afianzar su propuesta de valor basada en calidad, servicio y experiencia premium, o adaptar de forma ágil su formato para competir en el ecosistema de proximidad sin perder lo que le ha permitido sostenerse durante décadas. Es una disyuntiva que no admite medias tintas: o se redefine como una opción de proximidad viable y rentable, o corre el riesgo de desvanecerse en el ruido de una competencia que, en el corto plazo, parece entender mejor la dinámica del día a día del consumidor.
La óptica del cliente también es reveladora. En la encuesta informal de mercado, se aprecia un consumidor que valora la experiencia ágil: tiendas cercanas, renovación constante de surtido, precios competitivos y una digitalización que simplifique la compra sin perder el toque humano que caracteriza a una marca confiable. Esa mezcla de cercanía y eficiencia no es fácil de lograr, pero es precisamente el tipo de equilibrio que distingue a los líderes de los seguidores. ¿Podrá El Corte Inglés encontrar ese equilibrio sin renegar de su esencia, o será más fácil desplegar una estrategia de proximidad desde cero que intentar reconquistar un terreno ya ocupado por la competencia?
Otra dimensión a considerar es la lealtad y la fidelización. En una era en la que el cliente “prueba y compara” entre un número creciente de formatos, la fidelidad se sostiene en la capacidad de entregar valor de forma consistente en cada visita. El Corte Inglés podría apostar por un programa de fidelización que vaya más allá de las promociones, integrando experiencias en tienda, servicios añadidos y una propuesta de valor que combine lo premium con lo cercano. Es, quizá, la vía para convertir la proximidad en una extensión natural de la marca, no en una desviación que diluya su identidad.
No obstante, el análisis no debe caer en simplificaciones. La relación entre marca y formato de proximidad no es lineal: hay escenarios en los que el propio tamaño de la superficie, la logística de abastecimiento y la gestión de precios pueden convertirse en aliados o en impedimentos. En ciudades grandes, la proximidad tiene un matiz distinto al de una población de menor tamaño. El Corte Inglés puede aprovechar su capacidad de negociación, su poder de compra y su experiencia en gestión de producto para crear un formato de proximidad que no solo compita en precio, sino que ofrezca una experiencia de compra robusta y diferente a la de sus rivales. Pero para ello requiere una visión estratégica clara, recursos dedicados y, sobre todo, una comunicación convincente hacia el cliente.
En este punto, un punto de vista personal: la gran oportunidad de El Corte Inglés en el universo de proximidad no reside solamente en “cuántas tiendas abrirá” sino en “cómo las integrará” dentro de su ecosistema. La marca puede, y debe, convertir la proximidad en una extensión natural de su propuesta de valor, aprovechando la sinergia entre tiendas físicas, comercio electrónico, servicios de valor añadido y un programa de fidelización que premie la repetición de visitas. Si logra hacerlo, la pregunta dejará de ser si El Corte Inglés debe entrar en proximidad y pasará a ser cómo lograr una experiencia de compra que combine lo mejor de su legado con la agilidad y la accesibilidad que demanda el consumidor actual.
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En definitiva, la oportunidad está ahí. No se trata de abandonar la historia de calidad y confianza que ha construido El Corte Inglés, sino de reconfigurarla para que el cliente de proximidad perciba que la marca está presente, activa y comprometida en su día a día. La conclusión es clara: el reto no es solo abrir tiendas; es tejer una experiencia de compra que haga que la cercanía sea una promesa cumplida. Si El Corte Inglés logra esa transición, no solo recuperará terreno, sino que podría convertir la proximidad en una ventaja competitiva sostenible.


