La industria del entretenimiento está viviendo un cambio de guardia que va mucho más allá de un simple relevo generacional en sus despachos. Recientemente, Marina Specht Blum compartió una reflexión profunda sobre los desafíos que enfrenta Josh D’Amaro al frente de The Walt Disney Company, analizando cómo los tropiezos con OpenAI y Epic Games son síntomas de una transformación estructural. Puedes leer el artículo original aquí.
La paradoja del contenido en la era del algoritmo
Históricamente, el poder en el mundo del entretenimiento residía en la capacidad de crear historias universales. Disney, bajo el mando de figuras como Bob Iger, perfeccionó la fórmula de la propiedad intelectual (IP) adquiriendo gigantes como Marvel, Lucasfilm y 21st Century Fox. Sin embargo, como bien señala Specht Blum, el tablero de juego ha cambiado. Hoy, ser el dueño de la historia no garantiza ser el dueño del negocio.
La transición de Disney hacia un modelo direct-to-consumer (DTC) con Disney+ fue el primer paso para intentar recuperar el control del usuario. Pero el ecosistema actual exige algo más que una plataforma de streaming; exige una infraestructura tecnológica que Hollywood, por naturaleza, no posee. Aquí es donde surge la fricción: Disney necesita a Silicon Valley para sobrevivir, pero al integrarse en sus ecosistemas, corre el riesgo de convertirse en un simple proveedor de «relleno» para los algoritmos de otros.
El tropiezo con la Inteligencia Artificial y el Gaming
Dos eventos recientes subrayan esta vulnerabilidad. Primero, el fin del acuerdo con OpenAI para integrar el catálogo de Disney en Sora. Esta alianza, valorada en 1.000 millones de dólares, no era solo una cuestión de eficiencia operativa, sino un intento de Disney por liderar la nueva cadena de valor creativa. Al caerse el acuerdo, queda en evidencia que, aunque Disney tiene las imágenes, OpenAI tiene el motor. Sin el motor, las imágenes permanecen estáticas en un mundo que se mueve hacia la generación de video instantánea.
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Por otro lado, la inversión de 1.500 millones de dólares en Epic Games para llevar el universo Disney a Fortnite ha arrojado resultados agridulces. El problema aquí es la soberanía. En Fortnite, las reglas las pone Epic. El usuario interactúa con Mickey Mouse o Iron Man, pero los datos de comportamiento, el tiempo de permanencia y la pasarela de pago pertenecen a la plataforma. Disney está «alquilando» un espacio en el metaverso de otro, lo que diluye su capacidad de gestionar la relación directa con su audiencia.
De Creadores a Dependientes Tecnológicos
La reflexión de Marina Specht nos lleva a una conclusión inquietante: el algoritmo pesa más que el guion. Durante décadas, el éxito de una película se medía por la calidad de su narrativa y su alcance en taquilla. Hoy, el éxito depende de la capacidad de retención de un algoritmo que decide qué ve el usuario en cada segundo de su día.
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La pérdida de la capa tecnológica: Disney ha intentado transformarse en una empresa tecnológica, pero sigue operando con la mentalidad de un estudio de cine. Al depender de terceros para la IA o el entorno de juego, pierde la autonomía para pivotar rápidamente.
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El usuario ya no es cautivo: En el modelo lineal, el espectador iba al cine o encendía la televisión. En el modelo interactivo y distribuido, el usuario habita plataformas. Si Disney no controla la plataforma, pierde el control sobre la experiencia del consumidor.
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La crisis de la linealidad: Incluso sus activos tradicionales, como la cadena ABC, enfrentan crisis de contenido que parecen anacrónicas frente a la agilidad de las redes sociales. La cancelación de temporadas completas por escándalos de producción es un lujo que una industria bajo asedio apenas puede permitirse.
El Futuro: ¿Contenido o Infraestructura?
El gran desafío para Josh D’Amaro no es solo producir el próximo éxito de taquilla, sino decidir qué quiere ser Disney en la próxima década. Si continúa por la senda de las alianzas donde no posee la tecnología, se arriesga a una «comoditización» de sus marcas. Marvel y Star Wars son activos poderosos, pero su valor disminuye si la vía de acceso a ellos está controlada por términos y condiciones impuestos por gigantes tecnológicos.
El entretenimiento ya no es un producto que se consume, es un servicio interactivo. La liga en la que juega Disney ahora tiene reglas dictadas por el procesamiento de datos y la capacidad de cómputo. Para volver a marcar las reglas, la compañía de Burbank necesitará algo más que magia; necesitará una soberanía digital que, por ahora, parece estar en manos de Silicon Valley.

